martes, octubre 19, 2010

thefacebook.com

Innecesario, y rayando lo ridículo, resultaría a estas alturas tratar de minimizar el alcance de las redes sociales en el mundo de la globalización, y vaya por delante que yo me paseé unos meses por ella y el pánico se instaló en mí al ver el alcance de las cosas…demasiada exposición, vaya!...si saben contar, ¡no cuenten conmigo en esto! Pero en la línea de lo que hoy me ocupa, no es baladí que se cree una película sobre este fenómeno, porque tal y como podemos escuchar en el nuevo film de David Fincher, “en Bosnia no tienen carreteras, pero tienen Facebook”. Huelga explicar que la afirmación es exagerada, pero en Bosnia, al igual que en otros países, Facebook ha logrado ya mayor popularidad que, ¡oh sorpresa! el omni- Google.
Así, en “La red social” somos espectadores de excepción del descenso a los infiernos del joven Mark Zuckerberg, quien bien pudiera ser considerado el Bill Gates del siglo XXI. El padre de Facebook se nos presenta como un chico introvertido que intenta superar sus frustraciones sociales dejando en evidencia a quienes lo rodean. De hecho, la creación de Facebook tiene su origen, precisamente, en la envidia y la venganza. Pero ese ser, en muchos aspectos deleznable, tiene también una cara B. Y es que Zuckerberg puede ser visto como un chico solitario cuya única meta es, a fin de cuentas, querer y ser querido. Ese tipo multifacético es interpretado de forma solvente y, bueno, extraordinaria, por Jesse Eisenberg, que carece de carisma y garra para el público, pero que en esta ocasión, creo que nos brinda una interpretación soberbia: su papel está pensado para que caiga mal y cuando parece que lo va arreglando sentirte más cercano a él, y cuando parece que lo arregla, es para que la vuelva a cagar y volver a distanciarse.
“La red social” tiene ritmo, dinamismo, gancho. Todos sabemos cómo va a acabar la película antes de que empiece, principalmente, porque el final de Facebook y de Zuckerberg aún están por escribir. Pero, a pesar de eso, el film engancha al espectador gracias, entre otras cosas, a la armonía del binomio drama-humor y al oportuno uso de una estructura no lineal que remarca los puntos de giro del relato. Hay, además, algún que otro brillante recurso técnico; apunten, apunten: escena de la regata de los hermanos Winklevoss. Por cierto, los papeles de esos hermanos gemelos los interpreta un único actor: Armie Hammer. Pero desde mi óptica, el papel más sobresaliente de todos es el de Andrew Garfield, alias “Nuevo Spiderman”, interpretando al co-creador de Facebook, Eduardo Saverin. Una interpretación redonda, llena de emoción y fuerza en cada escena en la que el joven actor participa. Todo el carisma que no posee Eisenberg, lo desborda a raudales este tío. También hay que desatacar a Timberlake que, quizás por los prejuicios, a mí me parece que sorprende y mucho…el “vendehumo” Parker de Timberlake es brillante y solvente en cada fotograma. No me olvido del guión, impecablemente adaptado por Sorkin, el cuál desarrolla unos diálogos impecables, mordaces y que definen a los personajes en cada palabra. Si a esto, le sumamos el buen uso de la banda sonora, tenemos en la coctelera lo que parece ser una firme candidata a los Oscar de este año.
La trama nos presenta al creador de Facebook que no deja de trabajar durante todo el transcurso de la historia, un film que no habla sobre el empresario, la película trata sobre la empresa. Sería un DVD corporativo perfecto para repartir a aquellos que quieran saber qué demonios es eso de Facebook. Todos los datos numéricos, origen de las ideas (algunos demasiado absurdos o forzados) los regates de todos los problemas en el camino, un constante seguimiento del crecimiento en el número de usuarios registrados a la página de Facebook y la sensación final de que la masa de esta popular red social sigue expandiéndose.
Este último trabajo de Fincher merece ser alabado también por su valentía. No puede ser fácil retratar a alguien como Zuckerberg y salir airoso. De la misma manera, “La red social” hace un retrato colectivo de nuestra cibersociedad y de sus mecanismos. Desde luego, una película tan osada no deja indiferente ni al nativo digital ni al inmigrante digital y, tras verla, tanto unos como otros se preguntarán qué más fenómenos nos deparará el revolucionario mundo virtual. Si he de ponerle algún pero, sería que Fincher insiste en rodar las escenas ‘intimas’ con colores ocres y niveles bajos de iluminación, ofreciendo una atmósfera excesivamente ‘malrollista’ y hasta lúgubre para un relato que, a mi modo de ver, no necesita de semejante tratamiento.
David Fincher deja atrás la conmoción de su última película (El Curioso Caso de Benjamin Button, 2008) para volver a poner a su reparto en una idea laberíntica en la que los protagonistas sufren, se lucen, posan molones frente a la cámara y sacan brillo al ingenio de las personas en las que se basan sus papeles.
A pesar de todo, no llega a ser una de sus tres mejores películas. Es difícil querer centrar la atención sobre una página web en una historia donde las personas dan poca chicha. También es complicado superarse cuando eres un director como Fincher (sigo manteniendo que el cine fantástico puede descansar tranquilo mientras este tipo siga en el panorama cinematográfico). Pero era terriblemente fácil tener éxito con una película que venera una página casi omnipresente en Internet con más de 500 millones de usuarios.