En 1993 se
estrenó una de las mejores películas de la historia: Atrapado en el tiempo. Si tú, oh lector!, eres tan profundamente desgraciado que no la has visto aún, la cosa va
de un bucle temporal en el que se ve atrapado un
jactancioso presentador de TV, con el agravante de que el bucle le pilla,
además, en un recóndito pueblo de Pennsylvania en el que se celebra “El día de
la marmota” (así se tituló la película original, “Groundhog Day”). Así que Bill
Murray (que interpretaba al presentador) se ve abocado a repetir, una y otra
vez, el mismo día. Primero se horroriza (más por tener que prolongar su
estancia en el pueblo que por repetir siempre el mismo día), luego ve las
ventajas de que no haya consecuencias de sus actos, más adelante se desespera
ante su incapacidad para controlarlo todo (en concreto: para tirarse a la
productora buenorra de su canal de TV, por más que lo intenta) e intenta
suicidarse (infructuosamente: haga lo que haga, vuelve a despertar en su cama)
y finalmente asume su situación.
Es en ese momento,
cuando Bill Murray se convierte en una especie de deidad del pueblo (lo sabe
todo sobre todos, puede hacer casi todo lo que quiera y es inmortal), cuando se
dedica a hacer el Bien. Y haciendo el bien es como descubre cuál es la receta
cuántica secreta para huir de una disrupción en el continuo espacio – tiempo
tan grave como un bucle temporal infinito: follarse a la buenorra del bucle.
Bueno, pues
“Código Fuente” parte de una premisa similar a Atrapado en el tiempo, aunque
con sutiles diferencias: la principal, que la película es una mierda (a
diferencia de la majestuosa Atrapado en el tiempo). A ver cómo intentamos
explicarlo:
Un capitán de
las Fuerzas Aéreas estadounidenses es utilizado como conejillo de indias en un
experimento, el “Código fuente”, consistente en… En… Pues la verdad es que no
me enteré muy bien, pero sí que puedo decirles esto: consistente en algo que no
guarda absolutamente ninguna relación con la ciencia. Ni con la ciencia
ficción. Se supone que unos científicos chalados logran conectarle con la
memoria a corto plazo del cerebro de uno de los fallecidos en un atentado
terrorista que se ha llevado por delante un tren de pasajeros, de manera que el
protagonista puede revivir una y otra vez los últimos ocho minutos de vida de
esta persona.
Esto en sí es
fascinante. O sea, que te “conectas” a otro y te pones a revivir sus últimos
ocho minutos de vida. Así de fácil. No se explica cómo te conectas, ni cómo
puedes conectarte a alguien que ya está muerto y cuyo cerebro, al igual que él,
está carbonizado por efecto de la explosión de una bomba. Te conectas, y punto.
Pero la cosa
va mucho más allá. La persona “conectada” no sólo revive los ocho últimos
minutos de vida de otra persona. No, más bien se comporta como si estuviera en
un videojuego. En esos ocho minutos puede hacer lo que le plazca. Puede salir
del tren y quedarse en la estación. Puede pasearse por el tren a su antojo.
Puede ligarse a la buenorra de todo bucle temporal, colocada estratégicamente
en frente de él (¡Y en sólo ocho minutos! ¡Ni tercera cita ni leches! ¡Eso es
modernidad promiscua! ¡Imagínense que le colocan a una cristiana renacida
enfrente: el pobre hombre, con suerte, lograría rezar con ella los ocho
minutos!). Puede atizarse con todo el pasaje. Puede, en resumen, hacer de su
capa un sayo y comportarse como si no se limitase a revivir los recuerdos de
otro, sino a vivir esos ocho minutos todas las veces que fuera necesario, al
igual que en Atrapado en el tiempo.
Pese a lo
cual, el científico loco que está al frente del asunto (y que recuerda mucho al
Arquitecto de Matrix Reloaded, el
de “Ergo”), en la confusísima (no podía ser de otra manera) explicación que le
da al protagonista y a los espectadores sobre cómo funciona la cosa esa del
cerebro, casi lo único que aclara es: “no está Usted viajando en el tiempo; su
acción está estrechamente delimitada por los rígidos límites del código fuente”
y bla, bla, bla. Resumiendo: magia, como en Atrapado en el tiempo. Sólo que en
Atrapado en el tiempo tenían la decencia de no tratar de explicar lo
inexplicable.
A todo esto:
¿cuál es el objeto de revivir esos ocho minutos una y otra vez? Pues que se
supone que el malvado terrorista que ha puesto una bomba en el tren también
tiene previsto poner una bomba radiactiva en pleno centro de Chicago (ya saben
cómo es EE.UU. con el control de armas: la gente puede comprar plutonio en las
farmacias). Reviviendo esos ocho minutos, nuestro héroe podría descubrir alguna
pista sobre su identidad, y así parar a tiempo el atentado. Y nadie mejor para descubrirlo
que un capitán de las FFAA, inteligente y osado como pocos.
El problema es
que, en la primera ocasión en que el buen soldado revive esos ocho minutos, la
mayoría de los espectadores ya sabe perfectamente quién es el terrorista. A
ver, si alguien quiere explosionar un tren, ¿qué creen Ustedes que haría? ¿Se
quedaría dentro del tren hasta el último momento, para morir en la explosión?
¡Eso no se lo creen ni en la Cadena SER! No, el terrorista bajaría antes de la
explosión. Sobre todo si tiene la intención de cometer más atentados. Y si,
además, resulta que la única persona que baja en la estación anterior al
estallido de la bomba tiene una inmejorable cara de loco malvado, pues miren
Ustedes, uno ata cabos y dice “pues esto va a ser que este es el terrorista”;
igual que cuando sale un musulmán en una serie o película de acción
estadounidense: todos sabemos que, tarde o temprano, se revelará como un
terrorista psicópata deseoso de acabar con la civilización tal y como la
conocemos.
Pero, por
supuesto, así la película acabaría inusitadamente pronto, de manera que el
espectador ha de aguantar unos 70 tediosos y absurdos minutos hasta que, por
fin, el privilegiado Hijo de América se da cuenta de que eso de salirse del
tren en el último momento, y con esa cara, pues igual es sospechoso. Se
enfrenta al terrorista, que le vence sin demasiadas dificultades, le muestra a
nuestro héroe la fregoneta en la que lleva una bomba sucia en una caja pintada
con la bandera de EE.UU. (¡Una fregoneta! ¡Una bomba sucia en una fregoneta en
un parking! ¡Con la bandera de EE.UU.!), le suelta el clásico discurso de “voy
a cambiar el mundo” y se lo carga.
La cosa podría
terminar ahí. En el mundo real, nuestro héroe (¿se nota mucho que no me acuerdo
de su nombre, ni quiero buscarlo en Google?) comunica el resultado de sus
pesquisas a los científicos locos que han urdido el experimento (y digo yo: una
cosa es que te bases en los recuerdos del cerebro carbonizado de otro para ver
qué personas había en el tren, y eso, pero ¿cómo puedes, exactamente, salirte
del tren, perseguir al terrorista, ver su fregoneta, ver su matrícula,
memorizarla, y luego decírselo a tus jefes?).
La policía
captura al terrorista antes de que explosione la bomba radiactiva y entonces
nuestro John McClane del falso bucle temporal pide su recompensa: puesto que es
un puto cerebro defectuoso conectado a una máquina, pide que le permitan
suicidarse (no me explico cómo es posible que la comunidad católica española
haya permitido la proyección de esta película en España, con lo que ofende a aquellos que
tienen Fe. ¡Y en plena Semana
Santa!) y que antes le dejen hacer un último viajecito a los ocho minutillos de
marras: “Ejque creo que puedo salvar a la gente del tren”. Y mira que le
explican: que no, que la gente del tren ya está muerta, que te lo digo yo, que
soy un científico superimportante y lo he visto en las noticias. No puedes
cambiar nada, son sólo recuerdos.
Pero el tío se
pone farruco con una vehemencia que ni el Empecinado, así que le conceden su
último caprichito. Y… ¡Milagro! ¡Milagro científico! ¡El Capitán de las FFAA
descubre un sistema para integrar mundos dentro de mundos, generar universos
alternativos a partir del código fuente y alterar el continuo espacio-tiempo
para salvar a los pasajeros del tren en una nueva realidad alternativa! ¡Y no
sólo eso, también le da tiempo a explicárselo pormenorizadamente a los
científicos vía email (que no sabemos muy bien a qué realidad alternativa
llega) en los ocho minutos de que dispone, que hay que ver lo que dan de sí!
Para
entendernos: el mismo tío que es totalmente incapaz de descubrir quién es el
terrorista que ha puesto una bomba en el tren, a pesar de que al terrorista
sólo le falta llevar puesta una camiseta del tipo “puse una bomba sucia en el
centro de Chicago y sólo me dieron esta estúpida camiseta” para identificarlo;
el mismo tío que se deja maniatar patéticamente por el terrorista y que dedica
sus preciados ocho minutos a cuestiones personales, como ligarse a su vecina de
asiento o llamar a su padre… ¡Descubre una incongruencia en la cosa esa rara
del cerebro, en sí muy incongruente, para generar un efecto más incongruente
aún! Y todo, como ya habrán adivinado, con un único objetivo: tirarse a la
buenorra del tren, que en sólo ocho minutos no le da tiempo.