jueves, octubre 25, 2012

Código Fuente


En 1993 se estrenó una de las mejores películas de la historia: Atrapado en el tiempo. Si tú, oh lector!, eres tan profundamente desgraciado que no la has visto aún, la cosa va de un bucle temporal en el que se ve atrapado un jactancioso presentador de TV, con el agravante de que el bucle le pilla, además, en un recóndito pueblo de Pennsylvania en el que se celebra “El día de la marmota” (así se tituló la película original, “Groundhog Day”). Así que Bill Murray (que interpretaba al presentador) se ve abocado a repetir, una y otra vez, el mismo día. Primero se horroriza (más por tener que prolongar su estancia en el pueblo que por repetir siempre el mismo día), luego ve las ventajas de que no haya consecuencias de sus actos, más adelante se desespera ante su incapacidad para controlarlo todo (en concreto: para tirarse a la productora buenorra de su canal de TV, por más que lo intenta) e intenta suicidarse (infructuosamente: haga lo que haga, vuelve a despertar en su cama) y finalmente asume su situación.
Es en ese momento, cuando Bill Murray se convierte en una especie de deidad del pueblo (lo sabe todo sobre todos, puede hacer casi todo lo que quiera y es inmortal), cuando se dedica a hacer el Bien. Y haciendo el bien es como descubre cuál es la receta cuántica secreta para huir de una disrupción en el continuo espacio – tiempo tan grave como un bucle temporal infinito: follarse a la buenorra del bucle.
Bueno, pues “Código Fuente” parte de una premisa similar a Atrapado en el tiempo, aunque con sutiles diferencias: la principal, que la película es una mierda (a diferencia de la majestuosa Atrapado en el tiempo). A ver cómo intentamos explicarlo:
Un capitán de las Fuerzas Aéreas estadounidenses es utilizado como conejillo de indias en un experimento, el “Código fuente”, consistente en… En… Pues la verdad es que no me enteré muy bien, pero sí que puedo decirles esto: consistente en algo que no guarda absolutamente ninguna relación con la ciencia. Ni con la ciencia ficción. Se supone que unos científicos chalados logran conectarle con la memoria a corto plazo del cerebro de uno de los fallecidos en un atentado terrorista que se ha llevado por delante un tren de pasajeros, de manera que el protagonista puede revivir una y otra vez los últimos ocho minutos de vida de esta persona.
Esto en sí es fascinante. O sea, que te “conectas” a otro y te pones a revivir sus últimos ocho minutos de vida. Así de fácil. No se explica cómo te conectas, ni cómo puedes conectarte a alguien que ya está muerto y cuyo cerebro, al igual que él, está carbonizado por efecto de la explosión de una bomba. Te conectas, y punto.
Pero la cosa va mucho más allá. La persona “conectada” no sólo revive los ocho últimos minutos de vida de otra persona. No, más bien se comporta como si estuviera en un videojuego. En esos ocho minutos puede hacer lo que le plazca. Puede salir del tren y quedarse en la estación. Puede pasearse por el tren a su antojo. Puede ligarse a la buenorra de todo bucle temporal, colocada estratégicamente en frente de él (¡Y en sólo ocho minutos! ¡Ni tercera cita ni leches! ¡Eso es modernidad promiscua! ¡Imagínense que le colocan a una cristiana renacida enfrente: el pobre hombre, con suerte, lograría rezar con ella los ocho minutos!). Puede atizarse con todo el pasaje. Puede, en resumen, hacer de su capa un sayo y comportarse como si no se limitase a revivir los recuerdos de otro, sino a vivir esos ocho minutos todas las veces que fuera necesario, al igual que en Atrapado en el tiempo.
Pese a lo cual, el científico loco que está al frente del asunto (y que recuerda mucho al Arquitecto de Matrix Reloaded, el de “Ergo”), en la confusísima (no podía ser de otra manera) explicación que le da al protagonista y a los espectadores sobre cómo funciona la cosa esa del cerebro, casi lo único que aclara es: “no está Usted viajando en el tiempo; su acción está estrechamente delimitada por los rígidos límites del código fuente” y bla, bla, bla. Resumiendo: magia, como en Atrapado en el tiempo. Sólo que en Atrapado en el tiempo tenían la decencia de no tratar de explicar lo inexplicable.
A todo esto: ¿cuál es el objeto de revivir esos ocho minutos una y otra vez? Pues que se supone que el malvado terrorista que ha puesto una bomba en el tren también tiene previsto poner una bomba radiactiva en pleno centro de Chicago (ya saben cómo es EE.UU. con el control de armas: la gente puede comprar plutonio en las farmacias). Reviviendo esos ocho minutos, nuestro héroe podría descubrir alguna pista sobre su identidad, y así parar a tiempo el atentado. Y nadie mejor para descubrirlo que un capitán de las FFAA, inteligente y osado como pocos.
El problema es que, en la primera ocasión en que el buen soldado revive esos ocho minutos, la mayoría de los espectadores ya sabe perfectamente quién es el terrorista. A ver, si alguien quiere explosionar un tren, ¿qué creen Ustedes que haría? ¿Se quedaría dentro del tren hasta el último momento, para morir en la explosión? ¡Eso no se lo creen ni en la Cadena SER! No, el terrorista bajaría antes de la explosión. Sobre todo si tiene la intención de cometer más atentados. Y si, además, resulta que la única persona que baja en la estación anterior al estallido de la bomba tiene una inmejorable cara de loco malvado, pues miren Ustedes, uno ata cabos y dice “pues esto va a ser que este es el terrorista”; igual que cuando sale un musulmán en una serie o película de acción estadounidense: todos sabemos que, tarde o temprano, se revelará como un terrorista psicópata deseoso de acabar con la civilización tal y como la conocemos.
Pero, por supuesto, así la película acabaría inusitadamente pronto, de manera que el espectador ha de aguantar unos 70 tediosos y absurdos minutos hasta que, por fin, el privilegiado Hijo de América se da cuenta de que eso de salirse del tren en el último momento, y con esa cara, pues igual es sospechoso. Se enfrenta al terrorista, que le vence sin demasiadas dificultades, le muestra a nuestro héroe la fregoneta en la que lleva una bomba sucia en una caja pintada con la bandera de EE.UU. (¡Una fregoneta! ¡Una bomba sucia en una fregoneta en un parking! ¡Con la bandera de EE.UU.!), le suelta el clásico discurso de “voy a cambiar el mundo” y se lo carga.
La cosa podría terminar ahí. En el mundo real, nuestro héroe (¿se nota mucho que no me acuerdo de su nombre, ni quiero buscarlo en Google?) comunica el resultado de sus pesquisas a los científicos locos que han urdido el experimento (y digo yo: una cosa es que te bases en los recuerdos del cerebro carbonizado de otro para ver qué personas había en el tren, y eso, pero ¿cómo puedes, exactamente, salirte del tren, perseguir al terrorista, ver su fregoneta, ver su matrícula, memorizarla, y luego decírselo a tus jefes?).
La policía captura al terrorista antes de que explosione la bomba radiactiva y entonces nuestro John McClane del falso bucle temporal pide su recompensa: puesto que es un puto cerebro defectuoso conectado a una máquina, pide que le permitan suicidarse (no me explico cómo es posible que la comunidad católica española haya permitido la proyección de esta película en España, con lo que ofende a aquellos que tienen Fe. ¡Y en plena Semana Santa!) y que antes le dejen hacer un último viajecito a los ocho minutillos de marras: “Ejque creo que puedo salvar a la gente del tren”. Y mira que le explican: que no, que la gente del tren ya está muerta, que te lo digo yo, que soy un científico superimportante y lo he visto en las noticias. No puedes cambiar nada, son sólo recuerdos.
Pero el tío se pone farruco con una vehemencia que ni el Empecinado, así que le conceden su último caprichito. Y… ¡Milagro! ¡Milagro científico! ¡El Capitán de las FFAA descubre un sistema para integrar mundos dentro de mundos, generar universos alternativos a partir del código fuente y alterar el continuo espacio-tiempo para salvar a los pasajeros del tren en una nueva realidad alternativa! ¡Y no sólo eso, también le da tiempo a explicárselo pormenorizadamente a los científicos vía email (que no sabemos muy bien a qué realidad alternativa llega) en los ocho minutos de que dispone, que hay que ver lo que dan de sí!
Para entendernos: el mismo tío que es totalmente incapaz de descubrir quién es el terrorista que ha puesto una bomba en el tren, a pesar de que al terrorista sólo le falta llevar puesta una camiseta del tipo “puse una bomba sucia en el centro de Chicago y sólo me dieron esta estúpida camiseta” para identificarlo; el mismo tío que se deja maniatar patéticamente por el terrorista y que dedica sus preciados ocho minutos a cuestiones personales, como ligarse a su vecina de asiento o llamar a su padre… ¡Descubre una incongruencia en la cosa esa rara del cerebro, en sí muy incongruente, para generar un efecto más incongruente aún! Y todo, como ya habrán adivinado, con un único objetivo: tirarse a la buenorra del tren, que en sólo ocho minutos no le da tiempo.