martes, marzo 11, 2008

Hoy...Cruise-Cruz!

Hoy quiero colgar en el blog, la crítica de una película de 2004. La razón: porque sí, porque como el blog es mío...y porque existen indeseables personajillos que sostienen que esta película es bastante buena, entretenida y con tintes históricos muy bien traídos…ja! El film en concreto es “El último Samurái” y su protagonista, como no podía ser de otro modo, el inefable Tom Cruise.
Primero un poco de ambientación y “retrotraimiento”, lo que viene siendo ponernos en antecedentes. Meses tardó en decidir regalarnos a los españoles su última modesta contribución al arte. Al final, unas semanitas después de su estreno mundial, Tom decidió pisar tierras hispanas en aras de esa labor tan ardua como sacrificada que es la de posar ante los fotógrafos, asistir a banquetes y conceder entrevistas: es decir, la promoción de una película.
El interés que suelen despertar sus films es innegable. Y justificado: desde hace años, Tom Cruise es uno de los actores que continuamente se reinventan a sí mismos, además, recordemos que por aquél entonces vivía un momento dulce: su archiconocida y aburrida relación con Pene Cruz, exhibiendo su sonrisa idiota y siempre presto a besarse con la madrileña, eso sí, sólo cuando hubiere una cámara semi-oculta contratada para dar fe del evento.
En este proceso de reinvención al que aludo, marca un antes y un después en la carrera de Tom su película “Misión imposible 2”. Por dos (valga la redundancia) motivos:
- La sonrisa Tom Cruise. Si hasta entonces Tom había sido un guapito chulazo que salía en el cine para que las quinceañeras explotaran su acné (“Top Gun”, “Cocktail”), también es cierto que, en ocasiones y aunque me cueste un triunfo reconocerlo, se mostró como un actor incluso competente: “Nacido el 4 de julio” o “El color del dinero”. No obstante, en “Misión imposible 2”, Cruise descubre en su interior a un gran actor, y desarrolla su sonrisa idiota de poner en cualquier circunstancia, siempre sin venir a cuento.
- Además, Tom se convierte, en esa película, en el prototipo del cowboy americano, de aquél que no sabe distinguir una hamburguesa de un filete: en “Misión imposible 2” Tom se convierte en embajador de su país al mostrar cómo se la manejan los americanos con la cultura extranjera. Me refiero, claro está, a esa aberración consistente en mostrar unas fiestas españolas mezcolanza de la Semana Santa y las Fallas y en la superioridad yanqui al burlarse de un pueblo subdesarrollado como todo aquél que no esté situado entre Dakota del Norte y Texas. Se llega a decir en la película algo así como “Fíjate qué fiestas más bárbaras, sacan a pasear a sus santos para luego quemarlos”. En fin, que si se descuida, con su bagaje cultural, puede llegar a presidente de su país. Por si alguien pone alguna objeción a la responsabilidad de Tom en “Misión imposible 2”, sólo recordaros que no sólo era el protagonista de la película, sino también el productor.
Muestra ésta para ver cómo le ha influido en su vida una chica culta, formada, refinada y elegante como Pene. Esa chica que deslumbró los ojos (y los tímpanos, claro, cuando gritó el nombre de Pedrooooo en los Oscar) de Hollywood. Ese pedazo de actriz que tiene, merced a sus dotes de interpretación, la puerta de la Meca del Cine tan abierta que ha protagonizado obras de la calidad de “Woman on Top”, “All the Pretty Horses” o “La mandolina del Capitán Corelli”, sólo por listar alguna de sus grandes joyas...
Sólo Dios sabía que con una pareja así, la supervivencia de la especie no corría peligro: estaba ya sentenciada. Y el proceso no para. Qué va, al contrario, progresa. Siete minutos es lo que tarda Tom Cruise en poner su sonrisa idiota en “El último samurai”. Si bien es cierto que, en este film, Tom ha optado por la segunda vía, es decir, ver el Japón del siglo XIX desde los ojos de un americano multimillonario y cienciólogo que, cuando viaja, ve los países extranjeros como grandes parques temáticos. Porque la historia no tiene desperdicio. Vamos allá.
Tom es Nathan Algreen, un soldado yanqui que lucha en Little Big Horn (parece que en la historia de la lucha contra los indios no existió otra batalla). Eso sí, Tom es un culto cienciólogo, y, como tal, establece un fino distanciamiento moderno respecto a la mitología de la conquista del oeste: Nathan piensa que Custer era un demente. El caso es que Tom sale traumatizado y desengañado de aquella batalla, y, cual futbolista español en el ocaso de su carrera, acude a Japón para prestar sus servicios como soldado del emperador Meiji. Su cometido será acabar con un pueblecito de samuráis, unos salvajísimos luchadores que sólo cuentan con espadas y piedras para pelear contra el imperio del sol naciente. Por mucho que digan en la película, los hermanos Izquierdo de Puerto Urraco eran más peligrosos y fieros que los quinientos samuráis juntos. El caso es que a Nathan lo hacen prisionero, y los samuráis, en lugar de sodomizarlo y exponer sus testículos en la plaza del pueblo (pues tan fieros guerreros se las pintaban), optan por alojarlo en una casa de lujo, a los servicios de una hermosa japonesa que le someterá a una rehabilitación a base de masajes. Nathan, evidentemente, se olvida de cualquier ideal, y se pasa el bando de los samuráis. A pesar de ser el inductor de una gran guerra final contra el imperio, a pesar de soliviantar a las tropas con razones oblicuas, él será el único superviviente, y volverá él solito al pueblo dispuesto a más altos cometidos: repoblar la aldea, que se ha quedado sin mano de obra varonil.
La sarta de tonterías que vemos en las dos horas y media que dura la perla es el resultado de una amalgama indiscriminada de influencias: todo lo que huele a japonés está metido en la película. Desde Kurosawa al Sho-gun de Richard Chamberlain, pasando por un revival orientalizado de “Bailando con lobos”: da igual cuál sea la minoría tratada en la película, porque lo que cuenta es la comprensión (sólo moral) que ofrece este cine norteamericano hacia esta minoría. Lo próximo bien podría ser ver a Stallone solidarizándose con los gitanos y luchando contra los guardias civiles en Sierra Morena.
Así, las escenas de batalla tienen todas las trampas habidas y por haber: cámara lenta en plan Kurosawa, y miles de truquitos más. La lástima para las factorías de efectos especiales es que la película no se ambienta en el siglo XX, con lo que no se pueden poner bombas ni explosiones, ni ná. Y que, además, al ser una narración con una base histórica, pues tampoco han podido meter trolls de las cavernas u orcos. Un fallo, sin duda. Y, aparte de las batallitas, para qué hablar de resto, si ya sabemos todos que lo que no es acción no cuenta. En definitiva, ni espectáculo, ni entretenimiento, ni nada. Pero, ¿qué se puede esperar de un tío que dejó a Nicole Kidman por Pene?

domingo, marzo 02, 2008

Pozos de Ambición

Famoso por ser director de la generación del videocassette, los repartos modestos, las historias de elevada complejidad, y muy pocos cortes (como muestra un botón: el travelling que da inicio a Boggie nights dura 3 laaargos minutos), Paul Thomas Anderson es, además, uno de esos escasos directores del cine estadounidense a los que Hollywood financia con grandes presupuestos permitiéndole ejercer la autoría, desarrollar su arriesgado estilo, ir de rarito con inquietudes y firmar un cine con ese inconfundible sello personal. Por contra, los estudios que apuestan por él se tiran el rollo con el prestigio crítico del que disfruta este hombre, saber que sus muy personales películas casi siempre van a estar nominadas al Oscar, los Globos de Oro y demás galardones tan ansiados como legitimadores, presumir de su cuadra normalucha dónde también cabe un semental indómito e imprevisible.
Las apuestas de este creador tan dotado para retratar la tragedia y la crueldad, para rebuscar en la infelicidad, la angustia y la desesperación de una representativa galería de compatriotas, para meter el bisturí en una sociedad seriamente enferma, ha logrado resultados brillantes, veáse sino Boogie nights y Magnolia. También ha pegado algún que otro petardazo notable, como en el caso de la pretenciosa, irritante y absurda Punch Drunk Love (con esta maravillosa forma de cagarla que tenemos en este nuestro país, se estrenó aquí como Embriagado de amor).
Con estos antecedentes estaba claro que Pozos de ambición, (basada levemente en la novela de Upton Sinclair, Oil! de 1927) la última y demorada película de alguien muy selectivo y que no se prodiga en sus proyectos, que se lo piensa mucho antes de contar una historia, iba a ser un producto atípico y poderoso, aunque el argumento no fuera nada elevado, sino algo tan recurrente y aún así, arraigado en la cultura americana como la descripción del hombre hecho a sí mismo que consigue hacer fortuna en la tierra de las posibilidades. En este caso, el de un pionero que logra extraer petróleo en escenarios que se consideraban secos.
Y efectivamente Anderson ha logrado una película distinta, oprimente, desmitificadora, sin convencionalismos ni tópicos, más sugerente que explícita, con una violencia física, mental, transparente y subterránea que llega a provocar miedo, con un tono alegórico y simbolista que permite establecer paralelismos entre lo que encarnan ese personaje obsesionado con la riqueza y sin escrúpulos para obtenerla o un farisaico líder religioso que sabe que Dios y los negocios pueden ir fraternalmente unidos, con la ideología, comportamientos y metodología de los que controlan actualmente el poder en Estados Unidos.
Admitiendo que el creador ha hecho una disección implacable y potente de un triunfador corroído por el odio y la desconfianza hacia su prójimo, de alguien torturado, acorazado sentimentalmente y que es capaz de machacar a su único amor en nombre de la ambición depredadora, confieso que el brutal microcosmos que describe no logra contagiarme emoción en ningún momento, que ese despliegue de sentimientos volcánicos y de brutales enfrentamientos paternofiliales me dejan a 0º casi todo el tiempo, y cuando ese infierno interior que está latiendo desde el prólogo acaba estallando, me parece tan grandilocuente como excesivo. Concretamente el desenlace-carnicería lo encuentro de guiñol.
Paul Thomas Anderson tiene un estilo narrativo tan hipnótico y un sentido de la atmósfera tan asfixiante que logra el milagro de que no me desinterese de lo que está ocurriendo en la pantalla durante el arriesgado metraje de 160 minutos, pero sólo me despierta curiosidad y morbo insano, ya que la capacidad de emocionar está ausente.
Cuando salí del cine, les comenté a mis amigos que era más que probable que a Daniel Day-Lewis le cayera el Oscar por una interpretación en la que su histrionismo se pasa de clarooscuro. Y ahí lo tienen: Oscar 2008 a la mejor interpretación masculina.
Esta sensación que les paso a relatar, no la tuve mientras veía la película, ni siquiera al salir del cine, pero a raíz de un comentario que me hizo un amigo y, un análisis profundo de sus palabras, llegué a notar que tenía la fastidiosa sensación de que, efectivamente y cómo ya me habían apuntado…¡¡estaba repitiendo su desaforado personaje de El Carnicero de Gangs of New York!! En aquella me convencía y me aterraba, aquí me suena a innecesario, a ya visto y oído, a sobreactuación. Cosas mías, que debo de ser un piojo verde, ya que la mayoría del personal que conozco, al que respeto sus gustos cinematográficos y que haya visto Pozos de ambición, se muestra fascinado por el trabajo de Daniel Day-Lewis y por la estética y los mensajes de su pretencioso autor. Y es entonces cuando me percato que ya estoy como siempre, ¡cuanto más pienso en esta película pretendidamente turbadora, más antipática me cae, coño!