Famoso por ser director de la generación del videocassette, los repartos modestos, las historias de elevada complejidad, y muy pocos cortes (como muestra un botón: el travelling que da inicio a Boggie nights dura 3 laaargos minutos), Paul Thomas Anderson es, además, uno de esos escasos directores del cine estadounidense a los que Hollywood financia con grandes presupuestos permitiéndole ejercer la autoría, desarrollar su arriesgado estilo, ir de rarito con inquietudes y firmar un cine con ese inconfundible sello personal. Por contra, los estudios que apuestan por él se tiran el rollo con el prestigio crítico del que disfruta este hombre, saber que sus muy personales películas casi siempre van a estar nominadas al Oscar, los Globos de Oro y demás galardones tan ansiados como legitimadores, presumir de su cuadra normalucha dónde también cabe un semental indómito e imprevisible.
Las apuestas de este creador tan dotado para retratar la tragedia y la crueldad, para rebuscar en la infelicidad, la angustia y la desesperación de una representativa galería de compatriotas, para meter el bisturí en una sociedad seriamente enferma, ha logrado resultados brillantes, veáse sino Boogie nights y Magnolia. También ha pegado algún que otro petardazo notable, como en el caso de la pretenciosa, irritante y absurda Punch Drunk Love (con esta maravillosa forma de cagarla que tenemos en este nuestro país, se estrenó aquí como Embriagado de amor).
Con estos antecedentes estaba claro que Pozos de ambición, (basada levemente en la novela de Upton Sinclair, Oil! de 1927) la última y demorada película de alguien muy selectivo y que no se prodiga en sus proyectos, que se lo piensa mucho antes de contar una historia, iba a ser un producto atípico y poderoso, aunque el argumento no fuera nada elevado, sino algo tan recurrente y aún así, arraigado en la cultura americana como la descripción del hombre hecho a sí mismo que consigue hacer fortuna en la tierra de las posibilidades. En este caso, el de un pionero que logra extraer petróleo en escenarios que se consideraban secos.
Y efectivamente Anderson ha logrado una película distinta, oprimente, desmitificadora, sin convencionalismos ni tópicos, más sugerente que explícita, con una violencia física, mental, transparente y subterránea que llega a provocar miedo, con un tono alegórico y simbolista que permite establecer paralelismos entre lo que encarnan ese personaje obsesionado con la riqueza y sin escrúpulos para obtenerla o un farisaico líder religioso que sabe que Dios y los negocios pueden ir fraternalmente unidos, con la ideología, comportamientos y metodología de los que controlan actualmente el poder en Estados Unidos.
Admitiendo que el creador ha hecho una disección implacable y potente de un triunfador corroído por el odio y la desconfianza hacia su prójimo, de alguien torturado, acorazado sentimentalmente y que es capaz de machacar a su único amor en nombre de la ambición depredadora, confieso que el brutal microcosmos que describe no logra contagiarme emoción en ningún momento, que ese despliegue de sentimientos volcánicos y de brutales enfrentamientos paternofiliales me dejan a 0º casi todo el tiempo, y cuando ese infierno interior que está latiendo desde el prólogo acaba estallando, me parece tan grandilocuente como excesivo. Concretamente el desenlace-carnicería lo encuentro de guiñol.
Paul Thomas Anderson tiene un estilo narrativo tan hipnótico y un sentido de la atmósfera tan asfixiante que logra el milagro de que no me desinterese de lo que está ocurriendo en la pantalla durante el arriesgado metraje de 160 minutos, pero sólo me despierta curiosidad y morbo insano, ya que la capacidad de emocionar está ausente.
Cuando salí del cine, les comenté a mis amigos que era más que probable que a Daniel Day-Lewis le cayera el Oscar por una interpretación en la que su histrionismo se pasa de clarooscuro. Y ahí lo tienen: Oscar 2008 a la mejor interpretación masculina.
Esta sensación que les paso a relatar, no la tuve mientras veía la película, ni siquiera al salir del cine, pero a raíz de un comentario que me hizo un amigo y, un análisis profundo de sus palabras, llegué a notar que tenía la fastidiosa sensación de que, efectivamente y cómo ya me habían apuntado…¡¡estaba repitiendo su desaforado personaje de El Carnicero de Gangs of New York!! En aquella me convencía y me aterraba, aquí me suena a innecesario, a ya visto y oído, a sobreactuación. Cosas mías, que debo de ser un piojo verde, ya que la mayoría del personal que conozco, al que respeto sus gustos cinematográficos y que haya visto Pozos de ambición, se muestra fascinado por el trabajo de Daniel Day-Lewis y por la estética y los mensajes de su pretencioso autor. Y es entonces cuando me percato que ya estoy como siempre, ¡cuanto más pienso en esta película pretendidamente turbadora, más antipática me cae, coño!
Las apuestas de este creador tan dotado para retratar la tragedia y la crueldad, para rebuscar en la infelicidad, la angustia y la desesperación de una representativa galería de compatriotas, para meter el bisturí en una sociedad seriamente enferma, ha logrado resultados brillantes, veáse sino Boogie nights y Magnolia. También ha pegado algún que otro petardazo notable, como en el caso de la pretenciosa, irritante y absurda Punch Drunk Love (con esta maravillosa forma de cagarla que tenemos en este nuestro país, se estrenó aquí como Embriagado de amor).
Con estos antecedentes estaba claro que Pozos de ambición, (basada levemente en la novela de Upton Sinclair, Oil! de 1927) la última y demorada película de alguien muy selectivo y que no se prodiga en sus proyectos, que se lo piensa mucho antes de contar una historia, iba a ser un producto atípico y poderoso, aunque el argumento no fuera nada elevado, sino algo tan recurrente y aún así, arraigado en la cultura americana como la descripción del hombre hecho a sí mismo que consigue hacer fortuna en la tierra de las posibilidades. En este caso, el de un pionero que logra extraer petróleo en escenarios que se consideraban secos.
Y efectivamente Anderson ha logrado una película distinta, oprimente, desmitificadora, sin convencionalismos ni tópicos, más sugerente que explícita, con una violencia física, mental, transparente y subterránea que llega a provocar miedo, con un tono alegórico y simbolista que permite establecer paralelismos entre lo que encarnan ese personaje obsesionado con la riqueza y sin escrúpulos para obtenerla o un farisaico líder religioso que sabe que Dios y los negocios pueden ir fraternalmente unidos, con la ideología, comportamientos y metodología de los que controlan actualmente el poder en Estados Unidos.
Admitiendo que el creador ha hecho una disección implacable y potente de un triunfador corroído por el odio y la desconfianza hacia su prójimo, de alguien torturado, acorazado sentimentalmente y que es capaz de machacar a su único amor en nombre de la ambición depredadora, confieso que el brutal microcosmos que describe no logra contagiarme emoción en ningún momento, que ese despliegue de sentimientos volcánicos y de brutales enfrentamientos paternofiliales me dejan a 0º casi todo el tiempo, y cuando ese infierno interior que está latiendo desde el prólogo acaba estallando, me parece tan grandilocuente como excesivo. Concretamente el desenlace-carnicería lo encuentro de guiñol.
Paul Thomas Anderson tiene un estilo narrativo tan hipnótico y un sentido de la atmósfera tan asfixiante que logra el milagro de que no me desinterese de lo que está ocurriendo en la pantalla durante el arriesgado metraje de 160 minutos, pero sólo me despierta curiosidad y morbo insano, ya que la capacidad de emocionar está ausente.
Cuando salí del cine, les comenté a mis amigos que era más que probable que a Daniel Day-Lewis le cayera el Oscar por una interpretación en la que su histrionismo se pasa de clarooscuro. Y ahí lo tienen: Oscar 2008 a la mejor interpretación masculina.
Esta sensación que les paso a relatar, no la tuve mientras veía la película, ni siquiera al salir del cine, pero a raíz de un comentario que me hizo un amigo y, un análisis profundo de sus palabras, llegué a notar que tenía la fastidiosa sensación de que, efectivamente y cómo ya me habían apuntado…¡¡estaba repitiendo su desaforado personaje de El Carnicero de Gangs of New York!! En aquella me convencía y me aterraba, aquí me suena a innecesario, a ya visto y oído, a sobreactuación. Cosas mías, que debo de ser un piojo verde, ya que la mayoría del personal que conozco, al que respeto sus gustos cinematográficos y que haya visto Pozos de ambición, se muestra fascinado por el trabajo de Daniel Day-Lewis y por la estética y los mensajes de su pretencioso autor. Y es entonces cuando me percato que ya estoy como siempre, ¡cuanto más pienso en esta película pretendidamente turbadora, más antipática me cae, coño!
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