miércoles, diciembre 17, 2008

Independence Day


La película que nos ocupa hoy, además de haberla echado por enésima vez, esta pasada semana, la televisión privada, fue una de las de mayor éxito de público en la historia del cine, algo lógico viendo la unanimidad de la crítica en ponerle un Cero Patatero.
Independence Day es una película entretenida, emocionante, espectacular y con un desenlace más original de lo que pudiera suponerse. Pero eso no es todo: llegados a este punto, creo firmemente que ha llegado la hora de que alguien reivindique esta superproducción como película verdaderamente intelectual, incluso visionaria.
Ya se que siempre estoy con lo mismo, pero cada vez que he defendido a ultranza esta cinta mis amigos se han reído de mí en mi propia cara…y ustedes dirán: -pasa de tus amigos de una vez y búscate otros- y debería, pero es que, de vez en cuando, ¡me ponen los pies en la tierra!
Por ellos, intentaré refutar, una por una, todas las injustas descalificaciones que ha recibido para que vean (si no lo han hecho ya) que estamos ante un gran clásico:
“Es la típica superproducción yanqui, el héroe incomprendido salvando al mundo”: En primer lugar, los protagonistas son gente normal, gentes comunes como usted y como yo, no musculosas en plan Schwarzenegger. En segundo lugar, ¿qué tiene de malo que sea la típica superproducción yanqui? Eso, más bien, es garantía de calidad, ¿no?
“Es una película reaccionaria”: habría que ver porqué eso es malo, pero, en cualquier caso, no es cierto: Los protagonistas de Independence Day son una amalgama de razas, culturas y religiones que se unen para salvar al mundo de manera altruista, renunciando a sus intereses egoístas (además, el único “malo” humano de la película es un auténtico WASP).
“Los americanos idean un plan para salvar el mundo y todos los demás los siguen como borregos”: ¿Pero usted en qué mundo vive? ¿No ha visto Kosovo, Bosnia, la Guerra del Golfo, Irán…? ¡A ver si tenemos claro quién manda aquí! ¿Alguien se creería una película en la que el presidente Aznar idea un plan para salvar el mundo? ¡Por favor! Los americanos siempre innovan, son los primeros en todo; que también lo sean en la película es totalmente normal, esto casi es cine documental.
“El presidente de Estados Unidos combate a los alienígenas con un caza… Ridículo”. Se ve que quién hizo esta aseveración no tuvo la precaución de seguir las noticias del caso Lewinsky; los presidentes de Estados Unidos siempre pueden sorprendernos. Por otro lado, imagínense que a McCain le hubiera dado por ganar las elecciones presidenciales, nos podríamos haber ido preparando para ver películas en que el presidente salva el mundo a bordo de una fragata o un barco pesquero.
“La historia es ridícula, el guión es patético”. Sin duda, compañeros, ustedes prefieren Nouvelle Vague, una escena de un tío mirando al horizonte durante 40 minutos, porque “expresa mucho más”. La verdad es que el guión es bastante sólido, con alusiones culturales de gran calado y un final sorpresivo y emocionante (¿Quién podía pensar que la Nueva Economía, en forma de virus informático, iba a acabar con los extraterrestres?).

Simplemente ¡fantástica!

martes, noviembre 11, 2008

Munich

Nunca antes el mundo occidental estuvo tan reconciliado con su pasado. Un día vuelve la movida, al día siguiente el cabaret alemán. La moda retro salpica también al arte. Los escritores contextualizan, los poetas homenajean, los músicos versionean, los pintores reinterpretan. También los cineastas miran hacia atrás. Y nos llegan “remakes” y variaciones de series televisivas muy famosas.
Nadie se mantiene al margen de esta tendencia. Ni el mismísimo Spielberg. Antes de Spielberg siempre hay que decir Mismísimo, porque está un peldaño más allá. Mismísimo equivale a anteceder “la” al nombre de una folclórica, por ejemplo, La Piquer. El Mismísimo Spielberg.
El Mismísimo Spielberg fue capaz de coger las películas gore de la productora Troma y convertirlas en una epopeya como Salvar al Soldado Ryan. La sangre de broma y las vísceras se convertían en una… epopeya, ya lo he dicho hace un momentín. No es cuestión de insistir. A Spielberg ningún género se le resiste, de las aventuras a la ciencia-ficción pasando por las películas familiares. Poca cosa le quedaba por hacer, y el Mismísimo ha hecho una de ellas: la adaptación de una serie.
Para ello, sagaz como sólo el Mismísimo puede serlo, ha tomado como excusa la matanza de Septiembre Negro en las Olimpiadas de Munich y la posterior reacción de los servicios secretos israelíes ante la masacre. Si creó una epopeya partiendo de la Troma, ¿qué no hará con esta base? ¡¡¡Agárrense los machos!!!: un drama de ecos shakesperianos para conseguir modernizar, al gusto de hoy, los incomparables episodios del equipo A.
El Equipo A, se emitió en la década de los ochenta. Un grupo de mercenarios bondadosos era contratado por una damisela para desfacer entuertos. Cada personaje era un arquetipo, un arquetipo de esa serie, porque fuera no te ves a nadie así, fuera de la cárcel o un sanatorio mental. Lo podemos llamar Arquetipo-A. El argumento era el mismo. Una vez contratados se enfrentaban al malo, al que le daban un cachete. El malo, soliviantado, contraatacaba haciendo de las suyas. Esto hacía enfadar al Equipo-A, cuyo cabeza, Aníbal, interpretado por George Peppard, ideaba un plan. El plan siempre era el mismo. Ir tieso después de crear un tanque en el garaje y repartir lo que en el argot boxístico se conoce como somanta hostias. El listo, el fuerte, el loco y el guapo, pues estos eran los arquetipos, vivían entonces una batalla llena de peripecias, tiros, asaltos y piruetas donde nadie moría. Explotaban coches en mil pedazos, ardían sus depósitos, se despedazaban arsenales escondidos en cobertizos, pero nadie moría. Muchos erróneamente la califican por ello de serie infantil. Pero en plena época Reagan, con la guerra fría, la guerra de las galaxias, el invierno nuclear y el veranillo del membrillo, la ingenuidad brillaba por su ausencia. El Equipo-A transmitía al bloque soviético un mensaje de amenaza, como el que le hace a un enemigo el gesto de cortarse el cuello con el pulgar.
El Mismísimo ha cogido esto y claro, al tratarse de un genio, lo ha elevado. Donde había una amenaza velada encontramos ahora el símbolo del caos que nos rodea en el siglo XXI, la confusión, el terrorismo, la guerra santa. Pero sobre todo el caos.
Como homenaje a Spielberg, esta crítica será caótica a partir de ahora y tendrá su spoiled nosequé, que en el argot de los críticos quiere decir que voy a destripar su argumento. También hay, como los lectores más inteligentes habrán percibido, un homenaje al cine clásico. Esta peli hace un siglo que se estrenó, de hecho en 2004 estuve de vacaciones en Budapest y yo misma presencié unas cuántas escenas en rodaje de la susodicha, aunque verla, verla, lo que se dice verla, pues…ha sido hace unos pocos meses en “dividí”. No hay dejadez en ello, bueno,…un poco sí,…aunque más que dejadez me atrevería a decir, pereza, pero sí hay un canto al pasado, cuando las películas permanecían en cartel durante meses para que las pudiera ver el pueblo. Por eso, y por el respeto que me merece el pueblo, siendo una servidora parte también de él, “manqueme”pese.
El talento de Spielberg estructura la película en coches explotados, esto es, circunstancias caóticas y brutales que no producen muertos. Aquí, en vez de esos no-muertos lo que nos encontramos es una no-coherencia. O sea, hay una alegoría de coches explotados en pasajes de la película en la que no es que haya coches explotados, sino una imagen de aquellos. ¿Que qué carámbanos quiero decir con eso? Ni puta idea, estoy tan perdida como ustedes, como el pueblo. Hay mucho caos aquí, pero hay que mirarlo de frente, aunque asuste. Si en el Equipo-A reventaba un coche, en Munich revienta un conjunto de escenas. Si en el Equipo-A salían de las ventanillas los supervivientes, aquí sale de las ventanillas, simbólicas por supuesto, la lógica. Y así, el Mismísimo consigue plasmar el sin dios, el gran sin dios hodierno, la crisis interior del Ser Humano y la Inmarsecibilitud en general. Pero primero procedo a presentar al nuevo Equipo-A(niquilador) que surge en los servicios secretos israelíes y al que encomiendan la misión de matar a una serie de terroristas palestinos. Esta vez son cinco:
a) El que hace de Aníbal.- Eric Bana. Un líder nato que sufre mucho. ¿Por qué el tipo sufre tanto? Todo les sale perfecto, matan a malnacidos, no se cargan a ningún niño ni inocente. Y además el trabajo parece más divertido que estar en la oficina. Cuando hay asesinato se pega unas carreras por la calle y hace unos aspavientos y pega unos alaridos que si estuviese allí el profesor de espionaje lo revienta de una patada en los cojones. Pero el caos no tiene escroto.
b) El que hace de M.A. Barracus.- Aquí no es fuerte, sino un canijo barbudo, pero tiene la misma habilidad para hacer bombas que M.A. para hacer tanques con un poco de bricolaje. Si nos ponemos tiquismiquis no sabe hacer bombas, pero es que ahí está de nuevo la teoría del caos. Su primera bomba por poco ni le hace un rasguño a la víctima. En la segunda casi se carga a su jefe y vuela un edificio. Otra se le encasquilla. Es el clásico experto en bombas. Además fabrica por afición una especie de cachivaches de juguete muy amenos, con cualquier cosilla. Aquí estamos, claramente, ante un homenaje a McGyver, otra serie ochentera.
c) Murdock “el loco”.- Es un tipo que nos sabemos lo que pinta. Caos puro. En un momento determinado enloquece y entra con una granada a cargarse a un tío, después se lleva al recepcionista del hotel donde estaba la víctima -¿por qué?- y lo sueltan tras darle dinero. ¿Por qué? Amigos míos, el caos no entiende de porqués.
d) Templeton.- Es el nuevo James Bond rubito, un tipo duro que cuando van al Líbano a cepillarse a nosequién va caóticamente desarmado y, al margen, está en todos sitios vestido de modelo maricón con pintas, lo ideal en un agente del Mossad para no llamar la atención. Pero el caos es como un camaleón si se interioriza lo suficiente.
e) El que hace de Spielberg.- El alter ego del director aporta sensatez, sosiego, la voz de la experiencia. Se dedica a limpiar la escena de los crímenes, y sólo lo hace una vez (cuando tirotean al cuenta cuentos palestino). Entra y recoge los casquillos después de que lo matasen sin silenciador, a riesgo de que por allí ande un guardia urbano o Spiderman. Después ya no limpia nada más. El caos no tiene por qué pasar el plumero.
Y ahora unos cuantos coches explotados simbólicos, presentados de manera arbitraria, que cumplen la función de eje del caos:
Coche por los aires 1: El Equipo-A(niquilador). Se ha resumido sus características caóticas, las propias de un comando especializado en eliminar terroristas letales.
Coche por los aires 2: Sorprende y pasma que Spielberg filmara una escena de sexo con una embarazada, pero alma de cántaro, quítale el camisón a la chica ya que rodabas por fin bebido, caótico y cachondete ese día.
Coche por los aires 3: Los franceses que buscan personas. Encuentran a quien sea en dos minutos y medio. Llega la asesina holandesa a sueldo y, apenas ha matado, ya tienen su dirección. A todo esto no trabajan con gobiernos, pero a pesar de lo del Líbano siguen trabajando para el sufrido protagonista. Y no sólo eso. El sufrido protagonista -después de dejar claro que trabaja para Israel- va a casa del jefe de la “empresa”, que le dice “llámame Papi” Le contesta “no puedo, ya tengo padre”. 22 segundos después los une un vínculo paterno-filial de la virgen santísima, con desprecio al hijo verdadero incluido, que llevaba toda la razón. Pero, ¿qué hace la razón contra el caos? Nada, he de responder entre risas conmiserativas.
Coche por los aires 4: El “limpiador”, a pesar de las advertencias del sufrido protagonista, se acuesta con la puta-asesina. Erección y caos caminan juntos.
Coche por los aires 5: Cada miembro del Equipo-A(niquilador) tiene una especialidad. Pero además en cada fregado van los cinco pegando tiros a pesar de la edad de algunos de ellos y la falta de forma física de todos salvo del sufridor y James Bond. El caos trae músculos de serie.
Coche por los aires 6: Una vez la puta-asesina mata al limpiador, no ponen apenas precauciones cuando saben que van a por ellos. No sólo eso. Cuando van a por la holandesa, el que hace bombas dice que no puede más y se va. Y no hay plan para ponerse a salvo de los posibles perseguidores, simplemente, y sabiendo todos que hay quien está interesado en quitarles del medio…se va a casita. Allí emprende un soliloquio con su confusión interna.
Coche por los aires 7: Cuando se saben carne de cañón no hacen nada para protegerse de forma especial. Van cayendo uno a uno y como si no pasase nada. Todo tratan de resolverlo con llamadas a Papi e Hijo, Sociedad Limitada. Ellos saben, y así lo manifiestan, que resulta estúpido ponerle puertas al campo del caos.
Coche por los aires 8: Localizan en Tarifa al palestino más peligroso. Como el Equipo-A(niquilador) se caracteriza por el carácter despierto de sus componentes, ya sólo quedan dos, Dumb y Dumber, que los demás han sido pasados a pistola, cuchillo y bomba. Llegan a Tarifa, se acercan armados y vestidos de camuflaje primavera-verano al chalé del enemigo público de la humanidad nº 1 y… nada, llegan, saltan la tapia tan campantes y p’adentro, lo típico. El chalé está lleno de palestinos que se suponen peligrosos, pero fuera no hay centinelas, tan sólo un jovencito que se acababa de afeitar el bocio y al que matan cuando los descubre, generando todavía más desasosiego en el protagonista.
Coche por los aires 9: En un momento determinado, Dumb Bana charla con un palestino porque coinciden en un piso franco que les proporciona en Grecia Papi e Hijo, Sociedad Limitada con otros terroristas palestinos a los que les habían dado el mismo piso, el piso franco del caos. Al principio se apuntan con sus armas y a punto están de darse un disgusto. Pero el equipo-A(niquilador) están al quite y uno se identifica como etarra, el otro como miembro de las Brigadas Rojas, etc..., al margen de su aspecto físico y acento en inglés (y hay que suponer además que un vasco, y por tanto más español que nadie, sabe inglés). Y al final duermen todos allí compartiendo la habitación de la madre de todos los caos como estudiantes universitarios. Pues en ese momento de la película, decíamos que Dumb habla con un palestino. El palestino le suelta una cantinela fanática. Sin embargo, el sufridor, en mitad del caos, aprende algo inasible, porque queda como impactado y un poquito hermanado con el muchacho, al que luego matará, pero con los ojos vidriosos y temblando, como un dibujo animado japonés. El caos, como la procesión, se lleva por dentro.
Coche por los aires 10: Cuando van a matar a la asesina holandesa, se dirigen a su barco-casa en bicicleta, fundiéndose con el paisaje. Allí trucan unas bombas de inflar las ruedas para convertirlas en armas letales con una bala dentro al golpear un extremo. Y de esa guisa entran en el barco-casa de la asesina-puta con sus bombas-pistola para eliminarla, montando además las bombas-pistola mientras entran, desafiando al caos y a la posibilidad de que la asesina, por las características de su profesión, tenga un revólver a mano. Pero el caos exige que los héroes no utilicen armas, tan sólo bombas-pistola de Ikea a medio montar, con una bala cada una, y son tres entonces los que quedan -Dumb, Dumber y Milikito-; más que suficiente en un mundo lleno de desorden físico y metafísico.
Coche por los aires 11: Atormentado hasta el límite del sin dios interno, el protagonista le hace el amor a su esposa. Ya sin embarazo, sigue sin quitarse el camisón. El ayuntamiento resulta sumamente desagradable, por el estado de nervios de Dumb Bana. Sin embargo, la esposa le mira arrobada tras reventarle la matriz y suelta un “te quiero” en lugar de haber parado para que su chico fuese a tranquilizarse mediante la ingestión de un goyur de pero cogido de la nevera. El caos puede invertir la realidad….y generarla de forma espontánea porque acompasando a los envites de Dumb, éste es capaz de ver en flashback imágenes de cómo sucedieron las cosas, tal cuál que las hubiera presenciado mismamente… ¡con dos cojones!
Coche por los aires 12: El Equipo-A(niquilador) se desplaza por multitud de países como el caos por su casa, sin necesidad de intérprete ni del caos que los parió.
Coche por los aires 13: En la última media hora casi no pasa nada. Son los puntos suspensivos del caos o la calma que siempre precede a otro sin dios.
Y entonces la película termina y pone directed by Steven Spielberg y el espectador se llena de preguntas.

lunes, octubre 20, 2008

La vida de los otros

Estoy que lo tiro...

Esta simpática película supone el intento más serio, desde el estreno de Top Secret a principios de la década de los ochenta, por reflejar de manera fidedigna la vida en Alemania Oriental, y en particular la presencia continua de la policía secreta (la Stasi) y su afán por fiscalizar la vida privada y opiniones de sus conciudadanos como sólo un alemán sabría hacerlo. Es, en resumen, una película sobre “comunistas nazis”, lo mejor de lo mejor en malos cinematográficos; pero es, también, una película intimista, insólita, revolucionaria, como diciéndonos “es que los comunistas nazis no estaban tan mal, hombre”. Y su sociedad, preciso es reconocerlo, tampoco.
Los personajes que aparecen en el film pertenecen, cierto es, a las elites administrativas de la RDA (las fuerzas coercitivas del Estado), o bien a algo mucho peor: a los intelectuales de la “cultureta” de Alemania Oriental (¡e imagínense la de subvenciones a fondo perdido que tendría el arte en un Estado socialcomunista!). Pero la verdad es que los comunistas, en realidad, vivían de puta madre. Todos pertenecían al sector público, lo cual significaba seguridad laboral y un trabajo muy poco exigente. Y todos tenían unas soluciones habitacionales cojonudas, en ocasiones con más de 50 metros cuadrados. Y aunque la película, por aquello de impedir minucias como la libertad de pensamiento y opinión a sus ciudadanos, tienda a ser crítica con la composición y fundamentos de la RDA, la verdad es que el asunto impresiona: ¡trabajo y vivienda para todos y aún sobraba dinero para montar una policía secreta que ríase Usted de la masonería y para hormonar atletas que luego arrasaban en las Olimpiadas! De hecho, los desafectos al régimen lo son porque quieren seguir siendo subvencionados mientras se dedican a criticar a la RDA en el extranjero, y claro, o una cosa o la otra, así que acaban represaliándolos (que tampoco consistía, el represaliarlos, en darles un “paseo” en plan español, simplemente dejaban de subvencionarlos y ya está; que no es poco, justo es reconocerlo, en un modelo social en el que todo dependía del Estado).
La película nos cuenta la historia de un dramaturgo afecto al régimen que ve, sin embargo, como su entorno va llenándose de represaliados de la calaña anteriormente mencionada (democrataizantes, críticos, insatisfechos, pequeño-burgueses, en resumen: ambiguos). Al mismo tiempo, dicho dramaturgo pasa a ser investigado por la Stasi, con el pretexto de garantizar su compromiso con la causa, pero con el propósito real, mucho más mundano, de que el ministro pueda tirarse a la novia del dramaturgo, que es, según el ministro, “la más bella perla de Alemania Oriental”. Una chica, a decir verdad, tirando a normalita, pero que, claro, en un contexto lleno de mujeres hormonadas con barba que se hacían los 110 metros vallas en 14 segundos, debía estar para mojar pan.
Uno de los amigos represaliados del dramaturgo se suicida, con lo que el chaval comienza a tomar conciencia. Como además, y más o menos al mismo tiempo, su musa (“la más bella perla de Alemania Oriental”) le pone los cuernos con el ministro, el hombre, definitivamente, ve la luz de la situación de inveterada injusticia en la que viven sus congéneres y se pasa, ideológicamente hablando, a Occidente.
Todo el proceso es seguido por un espía de la Stasi, encargado de registrar las actividades del dramaturgo y su mujer (actriz de teatro con las ínfulas que se le suponen), firme creyente en el comunismo y que, precisamente por eso (por comprobar cómo se utiliza el comunismo como pretexto para medrar, deshacerse de los enemigos políticos en la cúpula del Partido o que dichos enemigos puedan, por fin, mojar), acaba ayudando al dramaturgo y propiciando que éste no sea finalmente encausado por la Stasi. Y eso que a la musa, “la más bella perla de Alemania Oriental”, a la que la Stasi le había pillado atiborrándose de unas pastillas de sospechoso origen (¡incluso la Perla se hincha a anabolizantes!), le había faltado tiempo para convertirse en confidente y denunciar a su amado. Y todo -justificación moralizante- porque la susodicha se jugaba, en caso contrario, tener que abandonar su carrera de actriz (carrera, dicho sea de paso, dependiente de las obras estrenadas por el dramaturgo al que había denunciado).
La película es –relativamente- dogmática, en especial cuando hace referencia a lo malos y amorales que eran los cargos del Partido; pero probablemente refleje bien el ambiente asfixiante de una sociedad regida por un sistema totalitario (y con décadas de experiencia en la materia, además). Y, desde luego, para todos los amantes del acontecer histórico –en especial un engendro tan fascinante como la RDA y su Muro- resultará interesante.
Además de una gran película, La vida de los otros, del director alemán Florian Henckel, es una fuente de reflexiones; no sólo de carácter cinematográfico, sino también social y cultural en sentido amplio.
La primera reflexión que la película sugiere viene dada por su contenido. Afecta a lo que en ella se nos cuenta y nos empuja hacia otras consideraciones. Por ejemplo: ¿por qué en algunos países la sociedad se interesa por su pasado reciente mientras que en otros, como en España, éste sigue siendo tabú, cuando no materia de confrontación directa? O bien: ¿por qué en países como Alemania, con una historia tan cruel o más que la nuestra, los ciudadanos pueden acceder a los archivos policiales del Estado mientras que en España siguen siendo territorio prohibido todavía? ¿Alguien puede imaginarse a cualquiera de nosotros solicitando en comisaría su expediente policial de la época anterior, no ahora, que queda lejos, sino en los primeros años de la democracia?
La segunda reflexión es más extensa y alude a los intereses de la sociedad española de este momento; intereses que se comprueban en las conversaciones privadas de las personas, pero también en la literatura y en el cine que aquí se llevan. Ambas comprobaciones nos llevan a la conclusión de que vivimos en un país sin pasado, pero también sin presente y sin futuro. O, mejor, con un pasado borrado por un presente sanchopancista que sólo espera del futuro que el bienestar conseguido no se nos vaya de las manos. De ahí las conversaciones que uno escucha en los establecimientos públicos, la mayoría de las cuales versan sobre las pequeñas cuitas de una gente acomodada e insolidaria, además del fútbol, de los programas de televisión de moda y de los regímenes de adelgazamiento. Cierto que hay gente que habla de otras cuestiones y que las conversaciones no han de versar necesariamente sobre los grandes temas que afectan a la humanidad desde que está en el mundo para indicar que éstos preocupan realmente, pero cualquiera que ponga la oreja por las calles españolas se sorprenderá del nivel de las conversaciones habituales de la gente.
Ese nivel se refleja -o al revés: se retroalimenta- en la literatura y en el cine que se hacen, cuyos temas van a tono con los intereses mayoritarios de los espectadores. En lugar de ser al contrario: que la literatura y el cine contradigan éstos, obligando a sus destinatarios a un ejercicio de reflexión distinto del que hacen habitualmente. Algo que, por falta de costumbre, cada vez interesa menos, como cualquiera puede comprobar en las colas de los cines o en las librerías de paso (las de las estaciones y los aeropuertos, pero también las de las grandes superficies, que es donde se venden los libros), escuchando los comentarios de la gente. “Recomiéndeme una novela, pero que no sea de pensar”, o bien: “Yo ya sólo voy al cine a ver películas divertidas”, son las frases más comunes que uno oye en esos sitios.
Lo peor es que los escritores y los directores de cine, salvo excepciones, piensan igual que ellos. Un vistazo a lo que se publica o un repaso a nuestra cartelera bastarán para descubrir los temas que mayoritariamente ocupan a nuestros escritores y directores de cine, con las excepciones de rigor de siempre. Y no digamos a la televisión, un medio que parece dedicado a abotargar al espectador en lugar de a despertarlo de su sueño. En general, los temas de que se ocupan son los mismos de los que la gente habla, contribuyendo así a la superficialidad ambiente. Y aún peor: alimentando ésta con sus aportaciones, pues muchas veces pasan al imaginario público, que se nutre en gran medida de los temas que la televisión y el cine y, en menor grado -pues poca gente lee-, la literatura de moda les ofrece.
Seguramente en otros países el nivel no es muy diferente (me refiero a los de nuestra área geográfica), pero en España llama más la atención por cuanto hace sólo unos pocos años vivíamos en un mundo que nada tenía que ver con éste; un mundo más parecido al que La vida de los otros cuenta y del que aquí ya nadie se acuerda. Como en La repentina riqueza de los pobres de Kombach -otra película espléndida-, la sociedad española ha olvidado sus orígenes y parece que la abundancia que ahora disfruta le impide reconocerse en historias y sucesos que existieron realmente. Y que existen. Porque, mientras la mayoría de los españoles hacen regímenes de adelgazamiento y comentan el último programa de televisión de moda o el escándalo más candente de la actualidad social, otros siguen viviendo ajenos a aquélla, no sólo en otros países, sino en el nuestro, bien porque todavía no han podido desentrañar su propio pasado, lo que les hace vivir de una manera extraña el presente, bien porque éste no ha sido tan generoso con ellos como con la mayoría de sus compatriotas. Lo cual les convierte en elementos incómodos para éstos, salvo que callen lo que les pasa y se dediquen a divertirse y a ser felices igual que ellos.
Para finalizar, una tercera y última reflexión: el desprecio por la vida de los otros no se corresponde, en cambio, con el interés creciente que en nuestro país existe por las vidas de los otros, esto es, por los acontecimientos que afectan a las personas que, por la razón que sea (su condición de personajes públicos o su omnipresencia en la televisión, especialmente), son pasto del interés general de la sociedad, preocupada del más mínimo detalle de cuantos afectan a su privacidad. Cualquiera entiende que hablo de ese periodismo rosa (marrón habría que llamarlo) y de esa insana voracidad social que han convertido las revistas y las televisiones en auténticos estercoleros y que han hecho de la persecución del otro un ejercicio de impunidad, cinismo y ensañamiento que ya quisieran para sí los actores, reales o de ficción, del Estado que dio vida a La vida de los otros. Que fue Alemania del Este, pero que bien hubiera podido ser éste en el que vivimos si nuestros directores de cine se interesaran por esas cosas, aparte de por divertir al público.

Si Ingmar levantara la cabeza...

Permítanme que haga un impass, por si acaso 5 meses no hubieran sido suficientes, y les deje estas líneas acerca de una película que, si apuesto no habrán visto, cosa que les admiro y envidio, es recomendable propagar para que la menos gente de bien posible se vea afectada. Procedo a relatarles, no sin miedo…
Storm es un medio Matrix rodado en Suecia…es decir, Storm es una puta mierda. Y además es una puta mierda que no merece la pena verla ni para echarse unas risas, pese a que, en un principio, la cosa no empieza mal. Se trata de un periodista de juegos de ordenador que deambula por la bohemia de Estocolmo sin más objetivo en la vida que pelársela a diario impenitentemente. Se diría, con estos datos, que el espectador está ante un filme de crudo realismo soviético, pero ciertos aires de nihilismo melancólico, eso que tanto atrae y embriaga a la actual población adolescente –todos los ciudadanos entre los doce y los cuarenta y cinco años de edad- desprenden un tufillo a inminente paja mental que, efectivamente, se constata a continuación.
Los hechos que se muestran son ya un clásico de la ficción de nuestro tiempo: un tipo va por la calle con sus pensamientos livianos y se encuentra de repente a alguien que es perseguido por unos oscuros individuos sin rostro. Esa persona, que lo sabe todo sobre él, le hace entrega de un objeto misterioso. En este caso, es un cubo metálico en cuyo interior se encuentran los recuerdos perdidos del ingenuo transeúnte. ¡Atiende el pelazo!
A partir de ese instante da comienzo un periplo por la memoria del protagonista en un miserable pueblo perdido del que es natural. Son lo menos cuarenta minutos de aburrimiento kamikaze que el espectador puede tomar o como un reto, aquí están mis ovarios a ver quien tiene más güevos si la película o yo, o en plan era Breznev, ella hace como que es una película y yo como que me interesa. En cualquier caso, a pesar de todo, las escenas más destacables tienen lugar durante este rato. El personaje principal, con mucha tranquilidad y control de sus nervios, conversa con una amiga siniestra que le regala una poesía que ha escrito, presa del amor, a él dedicada. Un obsequio al que el protagonista corresponde metiéndole por el culo una pipa de fumar marihuana en contra de los deseos de la damisela que, en no pocas ocasiones, le ruega que, por favor, desista. Hermosísima puesta en escena que, en definitiva, viene a demostrar que del Círculo Polar Ártico a la insondable Extremadura, todo sucedido en el ámbito rural entre presuntos seres humanos merece la pena filmarlo, musicarlo o pintarlo en un gran lienzo para colgar en el pórtico de la Catedral de Burgos.
Pero lo que sigue, el resto, es heces pútridas. Abreviando: resulta que lo que se le había aparecido al joven es el personaje de un tebeo que leía en su infancia. Es una tipa cuyo objetivo es que el protagonista recupere sus recuerdos, fin al que se opone el supervillano de dicho comic, que se sirve de un ejército de hombres sin rostro para impedirlo. Personalmente, ignoro el porqué de esa actitud, pero como es costumbre, los malos pierden y la heroína cumple su misión, con lo que se abre la caja y el recuerdo sale de su interior. Un recuerdo inenarrable: el protagonista, de niño, bajo coacciones españolas –“si no lo haces eres maricón”- le rompe las gafas a una amiga gordaca y fea que no ve tres en un burro y por esta causa, volviendo ella a casa como buenamente puede a cuatro patas, es embestida por un camión cisterna, expirando en el lance la infeliz preadolescente.
Frente a este insólito detalle biográfico, nuestro hombre rompe a llorar, pero la tipa del tebeo le consuela toqueteándole la coronilla y susurrando como quien está a punto de alojar bajo la lengua simiente masculina: no es culpa tuya. De esta forma, se entiende, el periodista logra perdonarse a si mismo o algo así y endereza su vida, pues el malo viene a sugerir en sus monólogos que mejor es no acordarse de la desgracia y seguir siendo un borracho sin rumbo de fiesta en fiesta. Es entonces cuando la heroína le regala a su protegido un caballito de cristal que porta en un bolsillo –viva la Pepa-, desaparece para siempre y, a Dios gracias, se acaba la película.
Es una pena que una producción sueca naufrague de esta manera tan patética. Si la hubieran rodado en blanco y negro, cámara al hombro y con una banda sonora ejecutada íntegramente al melotrón, sólo con haber prescindido de cualquier tipo de decorado y con este mismo guión al final hubiera resultado un fascinante recorrido a través del subconsciente y las emociones humanas en su faceta más cruda y estremecedora mediante el único medio capaz de maridar una amalgama tan compleja, el surrealismo. Es importante en el séptimo arte que si uno quiere transmitir profundas sensaciones lo haga de tal manera que no se entienda una puta mierda, el tedio sea insoportable y el populacho huya despavorido para gritar revolcándose por el suelo haciendo la señal de la cruz si alguien le vuelve a nombrar a la bicha en los próximos seis decenios. Si no, desgraciadamente, lo que se ofrece es una modernez lenta y sin sentido que no hará disfrutar ni a un periodista de juegos de ordenador onanista compulsivo deseoso de identificarse en la pantalla con alguien de su misma condición al que un día, de repente, sin avisar, coge, va y le ocurre algo. Porque el cine está para soñar.
En fin, que Storm es una puta mierda, ¡eso es así!

lunes, mayo 26, 2008

¡Amos a echar la tarde...!

La semana pasada estuve en la FNAC realizando mi rutinaria compra de DVDs que engrosen la colección, cuando pasé por delante del stand de las series de TV y pude comprobar con estupor, y por qué no decirlo, con terror que, inevitablemente, mi peor pesadilla se ha hecho DVD.

Montemos en la máquina del tiempo y volvamos a los terribles 80’s: un avispado programador de televisión decide cubrirse de gloria con la premisa de que, los domingos por la tarde, lo que realmente le mola al espectador es un buen asesinato. Y, si además, le damos la oportunidad de descubrir al asesino jugando al “Cluedo” con la mesita de centro como tablero y el té con pastas a guisa de cartas, tanto mejor.

Por aquel entonces, “Colombo” ya andaba pasado de moda y Curro Jiménez, además de ser un poco más basto, tenía la desventaja de que Sancho Gracia es capaz de cortarle la digestión al más pintado, todo esto les avoca a recurrir, una vez más, al magro mercado norteamericano. Y, si podía tratarse de algo con ciertas ínfulas inglesas “wannabe”, el éxito estaba asegurado. Para ser honestos, dado que por ese entonces no te quedaban más narices que ver a primera o la segunda, el éxito habría estado asegurado aunque “Los hombres de Paco” se hubiera inventado veinte años antes y a su autor no le hubieran fusilado tras el episodio piloto. Pero no nos desviemos del tema del artículo, que una se entusiasma y, entre que no tengo capacidad de resumen y que mis amigos dicen que me extiendo más que una sábana,…

La serie triunfadora esas tardes de domingo, y la personificación del miedo, se llamaba, “Se ha escrito un crimen” (”Murder, She Wrote”), posiblemente el mayor y mejor ejemplo de cómo exprimir una idea hasta la extenuación, muchos años antes, incluso, de que nacieran los guionistas de “Aquí no hay quien viva”.

Básicamente la trama en cada episodio venía con plantilla, a saber; una escritora de novelas de misterio, llamada Jessica Fletcher (Angela Lansbury), sospechosamente viuda desde hace años, y residente en una pequeña localidad de Nueva Inglaterra llamada Cabot Cove, es invitada a un sarao literario/congreso geriátrico/fiesta de cumpleaños-aniversario-jubilación de un amigo millonario de toda la vida, o simplemente pasaba por allí para ir a alguno de los anteriores. El lugar al que va suele ser, bien una gran ciudad, bien una gran mansión de un rico terrateniente. El círculo de personajes en el que se desenvuelve son, a pesar de su aparente clase o de su dinero, gente de la peor estofa que se han estado puteando unos a otros a lo largo de su existencia, y entre las que suele incluirse:
a) El mencionado terrateniente, en su defecto su viuda rica;
b) la hija/sobrina/nieta menor de éste, que invariablemente está buenísima y es la más puteada de todas;
c) el amigo/socio/secretario del ricachón, o bien la amiga/cuñada/secretaria de su viuda; y
d) un “mazas” playboy que le pone morritos a la hija/sobrina/nieta, pero que en realidad lo que busca es un muerdo que le permita engordar su magro billetero. Además de estos, nos encontramos por sistema:
e) un sheriff completamente inútil e incompetente;
f) un médico más cerca de la jubilación que de la graduación y
g) el amigo/la amiga de la señora Fletcher, responsable de que dicha señora esté pululando por ahí.

En los primeros diez minutos del capítulo, apenas llega la señora Fletcher, nos vamos enterando de cómo se putean unos a otros, de que al rico terrateniente se le está poniendo una cara de fiambre que no la salta un galgo y de que todos, absolutamente todos, excepto el amigo/la amiga de la señora Fletcher tienen un motivo para “cargarse al viejo” (al loro con esta frase porque es estándar y sonará en cada capítulo, pronunciada por uno o varios de los personajes con más pinta de malvados). Además, comprobamos la asombrosa ubicuidad de la señora Fletcher para oír todas y cada una de las conversaciones claves para el desarrollo de la historia, que siempre tendrán lugar en un radio de dos metros alrededor de ella.

Posteriormente, se produce la confirmación de que el de la cara de fiambre se convierte, efectivamente, en fiambre, en un crónico ejercicio de transustanciación que surge en todos los capítulos. A partir de ahí los acontecimientos se precipitan en sucesión: la gachí de culo prieto y tetas rebosantes descubre el cadáver y pega un grito capaz de despertar al sordo del pueblo vecino; la señora Fletcher llega justo después, pone cara de sorprendida y aparta el rostro con una mueca de disgusto. Luego llega el médico, confirma lo que todos saben desde hace un rato (los espectadores, prácticamente desde que comienza el capítulo) y sentencia: “está muerto”. Diez años de estudios pa’ esto, oigan. Llega el chérif, mete los dedos por todos lados tras advertir “que nadie toque nada”, echa a la señora Fletcher de escena con un “usted no debería estar aquí” (¡atención! segunda frase estándar presente en todos los capítulos) y se lleva detenido al único personaje que no tiene motivos para el crimen, y que siempre resulta ser el amigo o la amiga de la señora Fletcher, que lo/la visitará posteriormente en el calabozo…lo sé, lo han visto perfectamente dibujado en su mente…

A continuación, la cotilla ésta se pone a investigar por su cuenta, interrogando a todos los sospechosos y descubriendo algún que otro detalle que cabreará e intrigará al mismo tiempo al chérif, quien volverá a largarle aquello de “usted no debería estar aquí”, pero, en esta ocasión, con la boquita pequeña, porque total, si sale bien la cosa se llevará él todo el mérito. Los últimos diez minutos del capítulo cumplen también un patrón de reflejo condicionado: el (segundo) interrogatorio ha resultado más infructuoso que el primero, aunque al menos ha permitido que saquen del trullo a la única persona que no habría cometido el crimen ni teniendo los genes de Andrei Chikatilo. La antepenúltima escena nos muestra a la señora Fletcher tomando el té con el provecto médico o bien el incompetente defensor de la ley (o con ambos), momento en que alguno de ellos suelta una gilipollez que hace que la criminóloga aficionada vea la luz, eso sí, sin contar qué es lo que acaba de descubrir. Eso lo deja para la penúltima escena, en la que, en una suerte de estilo Poirot degenerado y kitsch, reúne a todos los sospechosos para salirnos, con una explicación aparentemente lógica, que el asesino es la playmate de turno que “tanto quería al viejo” (tercera frase estándar de copypaste de los guionistas). Arrebato de indignación de la susodicha, para acabar llevada a rastras por los agentes mientras se disculpa con la viuda entre sollozos.

La última escena es la que más raya… a pesar de la reciente tragedia, del shock al descubrir que el asesino era una persona del círculo íntimo, y de la paranoia final, siempre que se despide la señora Fletcher para volver (suponemos) a su pueblo a descansar (¿de qué?), alguien suelta una chorradita pretendidamente graciosa y todos ríen a carcajadas, momento en que se acaba el capítulo para retomar una trama fotocopiada en el siguiente.

Como ven, es un desarrollo más o menos estándar con el que la serie se ha ido manteniendo en respetables niveles de audiencia durante varios años, con ligeras variaciones entre capítulos: el sexo del asesino (hombre o mujer, ¿qué pensaban, guarros?), el detalle iluminativo (diferente en cada capítulo, pero que casi siempre le pilla a la sra. Fletcher sentada frente al té) o el lugar donde se cometen los crímenes, que ocasionalmente ocurren en el mismo Cabot Cove, por lo que se ve uno de los pueblos con mayor índice de mortalidad de la costa Este, sólo superado por ciertos barrios de Manhattan.

La serie tenía ciertas ínfulas a lo Agatha Christie que se fueron difuminando a lo largo de su emisión, por lo que los guiones se hicieron cada vez más insulsos y repetidos hasta el punto de que llegaba a ser posible identificar al asesino antes incluso de que se produjera el crimen. Además, presentaba una importante diferencia con los relatos de la Dama del Crimen, y he aquí la gran duda filosófica que se presenta: en dichas novelas, el detective (Poirot, la señorita Marple, los Beresford) aparecía siempre después de cometerse el asesinato. Aquí, en cambio, la señora Fletcher aparece siempre antes del crimen en cuestión. Esto me lleva a inferir tres posibles conclusiones:
1) La señora Fletcher es gafe, y sus amigos gilipollas, por invitarla aun sabiendo que va oliendo a muerto por donde pasa (no en vano, un colega, en su momento, la bautizó como “la buitre”);
2) la señora Fletcher tiene la particularidad de desatar los reprimidos instintos asesinos del culpable, llevándole a cometer un crimen que antes sólo estaba en la imaginación de éste (y no me extraña, porque no podía ser más irritante esta mujer); y
3) la señora Fletcher es, en realidad, una asesina en serie que ha vivido todos estos años a base de estrangulamientos con total impunidad, a veces incluso en las mismas narices del chérif de su pueblo (un tal Amos que no pasaría las pruebas físicas ni en el ejército español), que aprovechaba su extrema inteligencia para cargarle, con toda lógica, el muerto a la más buenorra del lugar (haciendo bueno el tópico sobre la envidia femenina) y que, para colmo, se hacía de oro escribiendo novelas sobre sus propios crímenes, y a la familia del muerto que les den dos duros.

Y es que, si nos descuidamos, bien pudiera ser que “Se ha escrito un crimen” tuviera más influencia de la señora Highsmith que de la señora Christie. Claro que Jessica Fletcher no es Tom Ripley… pero bien pudiera ser su abuela. Y, en cualquier caso, capaz sería de matarle a él también y cargarle el muerto a Hércules Poirot. Todo esto, pasando por alto el tema de los royalties, fama mundial, tráfico de influencias,…vaya, ¡una arpía!

martes, marzo 11, 2008

Hoy...Cruise-Cruz!

Hoy quiero colgar en el blog, la crítica de una película de 2004. La razón: porque sí, porque como el blog es mío...y porque existen indeseables personajillos que sostienen que esta película es bastante buena, entretenida y con tintes históricos muy bien traídos…ja! El film en concreto es “El último Samurái” y su protagonista, como no podía ser de otro modo, el inefable Tom Cruise.
Primero un poco de ambientación y “retrotraimiento”, lo que viene siendo ponernos en antecedentes. Meses tardó en decidir regalarnos a los españoles su última modesta contribución al arte. Al final, unas semanitas después de su estreno mundial, Tom decidió pisar tierras hispanas en aras de esa labor tan ardua como sacrificada que es la de posar ante los fotógrafos, asistir a banquetes y conceder entrevistas: es decir, la promoción de una película.
El interés que suelen despertar sus films es innegable. Y justificado: desde hace años, Tom Cruise es uno de los actores que continuamente se reinventan a sí mismos, además, recordemos que por aquél entonces vivía un momento dulce: su archiconocida y aburrida relación con Pene Cruz, exhibiendo su sonrisa idiota y siempre presto a besarse con la madrileña, eso sí, sólo cuando hubiere una cámara semi-oculta contratada para dar fe del evento.
En este proceso de reinvención al que aludo, marca un antes y un después en la carrera de Tom su película “Misión imposible 2”. Por dos (valga la redundancia) motivos:
- La sonrisa Tom Cruise. Si hasta entonces Tom había sido un guapito chulazo que salía en el cine para que las quinceañeras explotaran su acné (“Top Gun”, “Cocktail”), también es cierto que, en ocasiones y aunque me cueste un triunfo reconocerlo, se mostró como un actor incluso competente: “Nacido el 4 de julio” o “El color del dinero”. No obstante, en “Misión imposible 2”, Cruise descubre en su interior a un gran actor, y desarrolla su sonrisa idiota de poner en cualquier circunstancia, siempre sin venir a cuento.
- Además, Tom se convierte, en esa película, en el prototipo del cowboy americano, de aquél que no sabe distinguir una hamburguesa de un filete: en “Misión imposible 2” Tom se convierte en embajador de su país al mostrar cómo se la manejan los americanos con la cultura extranjera. Me refiero, claro está, a esa aberración consistente en mostrar unas fiestas españolas mezcolanza de la Semana Santa y las Fallas y en la superioridad yanqui al burlarse de un pueblo subdesarrollado como todo aquél que no esté situado entre Dakota del Norte y Texas. Se llega a decir en la película algo así como “Fíjate qué fiestas más bárbaras, sacan a pasear a sus santos para luego quemarlos”. En fin, que si se descuida, con su bagaje cultural, puede llegar a presidente de su país. Por si alguien pone alguna objeción a la responsabilidad de Tom en “Misión imposible 2”, sólo recordaros que no sólo era el protagonista de la película, sino también el productor.
Muestra ésta para ver cómo le ha influido en su vida una chica culta, formada, refinada y elegante como Pene. Esa chica que deslumbró los ojos (y los tímpanos, claro, cuando gritó el nombre de Pedrooooo en los Oscar) de Hollywood. Ese pedazo de actriz que tiene, merced a sus dotes de interpretación, la puerta de la Meca del Cine tan abierta que ha protagonizado obras de la calidad de “Woman on Top”, “All the Pretty Horses” o “La mandolina del Capitán Corelli”, sólo por listar alguna de sus grandes joyas...
Sólo Dios sabía que con una pareja así, la supervivencia de la especie no corría peligro: estaba ya sentenciada. Y el proceso no para. Qué va, al contrario, progresa. Siete minutos es lo que tarda Tom Cruise en poner su sonrisa idiota en “El último samurai”. Si bien es cierto que, en este film, Tom ha optado por la segunda vía, es decir, ver el Japón del siglo XIX desde los ojos de un americano multimillonario y cienciólogo que, cuando viaja, ve los países extranjeros como grandes parques temáticos. Porque la historia no tiene desperdicio. Vamos allá.
Tom es Nathan Algreen, un soldado yanqui que lucha en Little Big Horn (parece que en la historia de la lucha contra los indios no existió otra batalla). Eso sí, Tom es un culto cienciólogo, y, como tal, establece un fino distanciamiento moderno respecto a la mitología de la conquista del oeste: Nathan piensa que Custer era un demente. El caso es que Tom sale traumatizado y desengañado de aquella batalla, y, cual futbolista español en el ocaso de su carrera, acude a Japón para prestar sus servicios como soldado del emperador Meiji. Su cometido será acabar con un pueblecito de samuráis, unos salvajísimos luchadores que sólo cuentan con espadas y piedras para pelear contra el imperio del sol naciente. Por mucho que digan en la película, los hermanos Izquierdo de Puerto Urraco eran más peligrosos y fieros que los quinientos samuráis juntos. El caso es que a Nathan lo hacen prisionero, y los samuráis, en lugar de sodomizarlo y exponer sus testículos en la plaza del pueblo (pues tan fieros guerreros se las pintaban), optan por alojarlo en una casa de lujo, a los servicios de una hermosa japonesa que le someterá a una rehabilitación a base de masajes. Nathan, evidentemente, se olvida de cualquier ideal, y se pasa el bando de los samuráis. A pesar de ser el inductor de una gran guerra final contra el imperio, a pesar de soliviantar a las tropas con razones oblicuas, él será el único superviviente, y volverá él solito al pueblo dispuesto a más altos cometidos: repoblar la aldea, que se ha quedado sin mano de obra varonil.
La sarta de tonterías que vemos en las dos horas y media que dura la perla es el resultado de una amalgama indiscriminada de influencias: todo lo que huele a japonés está metido en la película. Desde Kurosawa al Sho-gun de Richard Chamberlain, pasando por un revival orientalizado de “Bailando con lobos”: da igual cuál sea la minoría tratada en la película, porque lo que cuenta es la comprensión (sólo moral) que ofrece este cine norteamericano hacia esta minoría. Lo próximo bien podría ser ver a Stallone solidarizándose con los gitanos y luchando contra los guardias civiles en Sierra Morena.
Así, las escenas de batalla tienen todas las trampas habidas y por haber: cámara lenta en plan Kurosawa, y miles de truquitos más. La lástima para las factorías de efectos especiales es que la película no se ambienta en el siglo XX, con lo que no se pueden poner bombas ni explosiones, ni ná. Y que, además, al ser una narración con una base histórica, pues tampoco han podido meter trolls de las cavernas u orcos. Un fallo, sin duda. Y, aparte de las batallitas, para qué hablar de resto, si ya sabemos todos que lo que no es acción no cuenta. En definitiva, ni espectáculo, ni entretenimiento, ni nada. Pero, ¿qué se puede esperar de un tío que dejó a Nicole Kidman por Pene?

domingo, marzo 02, 2008

Pozos de Ambición

Famoso por ser director de la generación del videocassette, los repartos modestos, las historias de elevada complejidad, y muy pocos cortes (como muestra un botón: el travelling que da inicio a Boggie nights dura 3 laaargos minutos), Paul Thomas Anderson es, además, uno de esos escasos directores del cine estadounidense a los que Hollywood financia con grandes presupuestos permitiéndole ejercer la autoría, desarrollar su arriesgado estilo, ir de rarito con inquietudes y firmar un cine con ese inconfundible sello personal. Por contra, los estudios que apuestan por él se tiran el rollo con el prestigio crítico del que disfruta este hombre, saber que sus muy personales películas casi siempre van a estar nominadas al Oscar, los Globos de Oro y demás galardones tan ansiados como legitimadores, presumir de su cuadra normalucha dónde también cabe un semental indómito e imprevisible.
Las apuestas de este creador tan dotado para retratar la tragedia y la crueldad, para rebuscar en la infelicidad, la angustia y la desesperación de una representativa galería de compatriotas, para meter el bisturí en una sociedad seriamente enferma, ha logrado resultados brillantes, veáse sino Boogie nights y Magnolia. También ha pegado algún que otro petardazo notable, como en el caso de la pretenciosa, irritante y absurda Punch Drunk Love (con esta maravillosa forma de cagarla que tenemos en este nuestro país, se estrenó aquí como Embriagado de amor).
Con estos antecedentes estaba claro que Pozos de ambición, (basada levemente en la novela de Upton Sinclair, Oil! de 1927) la última y demorada película de alguien muy selectivo y que no se prodiga en sus proyectos, que se lo piensa mucho antes de contar una historia, iba a ser un producto atípico y poderoso, aunque el argumento no fuera nada elevado, sino algo tan recurrente y aún así, arraigado en la cultura americana como la descripción del hombre hecho a sí mismo que consigue hacer fortuna en la tierra de las posibilidades. En este caso, el de un pionero que logra extraer petróleo en escenarios que se consideraban secos.
Y efectivamente Anderson ha logrado una película distinta, oprimente, desmitificadora, sin convencionalismos ni tópicos, más sugerente que explícita, con una violencia física, mental, transparente y subterránea que llega a provocar miedo, con un tono alegórico y simbolista que permite establecer paralelismos entre lo que encarnan ese personaje obsesionado con la riqueza y sin escrúpulos para obtenerla o un farisaico líder religioso que sabe que Dios y los negocios pueden ir fraternalmente unidos, con la ideología, comportamientos y metodología de los que controlan actualmente el poder en Estados Unidos.
Admitiendo que el creador ha hecho una disección implacable y potente de un triunfador corroído por el odio y la desconfianza hacia su prójimo, de alguien torturado, acorazado sentimentalmente y que es capaz de machacar a su único amor en nombre de la ambición depredadora, confieso que el brutal microcosmos que describe no logra contagiarme emoción en ningún momento, que ese despliegue de sentimientos volcánicos y de brutales enfrentamientos paternofiliales me dejan a 0º casi todo el tiempo, y cuando ese infierno interior que está latiendo desde el prólogo acaba estallando, me parece tan grandilocuente como excesivo. Concretamente el desenlace-carnicería lo encuentro de guiñol.
Paul Thomas Anderson tiene un estilo narrativo tan hipnótico y un sentido de la atmósfera tan asfixiante que logra el milagro de que no me desinterese de lo que está ocurriendo en la pantalla durante el arriesgado metraje de 160 minutos, pero sólo me despierta curiosidad y morbo insano, ya que la capacidad de emocionar está ausente.
Cuando salí del cine, les comenté a mis amigos que era más que probable que a Daniel Day-Lewis le cayera el Oscar por una interpretación en la que su histrionismo se pasa de clarooscuro. Y ahí lo tienen: Oscar 2008 a la mejor interpretación masculina.
Esta sensación que les paso a relatar, no la tuve mientras veía la película, ni siquiera al salir del cine, pero a raíz de un comentario que me hizo un amigo y, un análisis profundo de sus palabras, llegué a notar que tenía la fastidiosa sensación de que, efectivamente y cómo ya me habían apuntado…¡¡estaba repitiendo su desaforado personaje de El Carnicero de Gangs of New York!! En aquella me convencía y me aterraba, aquí me suena a innecesario, a ya visto y oído, a sobreactuación. Cosas mías, que debo de ser un piojo verde, ya que la mayoría del personal que conozco, al que respeto sus gustos cinematográficos y que haya visto Pozos de ambición, se muestra fascinado por el trabajo de Daniel Day-Lewis y por la estética y los mensajes de su pretencioso autor. Y es entonces cuando me percato que ya estoy como siempre, ¡cuanto más pienso en esta película pretendidamente turbadora, más antipática me cae, coño!

miércoles, febrero 13, 2008

No country for old men

No es país para viejos’ es una buena película. Basándome en esta aseveración, otorgo al lector a que si alguien dice: "pues, no es pelicula típica de los Coen o algo tan gilipollesco como "menudo truño", o bien lo mande donde da la vuelta el aire, o proceda a retirarle el saludo. Todo vale.

Los Coen dan asco. Hay que empezar por ahí, porque lo cortés no quita lo valiente. Sus películas suelen molar tanto que casi to'kiski se gusta diciendo: adoro a los Coen. Si fuesen naturales de Uzbekistán y su cine sólo pudiera verse entre la bruma de intenso hedor a pies y sobaco de una filmoteca, uno estaría disfrutando de buen cine y encima sería especial. Pero aquí la comercialización de un buen producto a la masa media nos exime de la posibilidad de ser la leche al consumirlo: ¡una verdadera lástima!

El caso es que ‘No es país para viejos’ está muy bien. Lo cuál no me exime, de analizarla de forma mucho más profunda y crítica, con todos los sentidos, porque ni es tan imprescindible como dicen, ni es tan coñazo como cuentan. A lo pragmático.

Vista
Nos encontramos ante una película de suspense con la apariencia de las mejores historias del oeste. Caballeros que se persiguen para ajustar cuentas. De hecho, podrían ser el bueno, el feo y el malo; son el buen hombre con bigote veterano de guerra que habla poco pero cuando lo hace es con sarcasmo, el anciano desorientado y confundido desde que no se le levanta, y el cabrón con pintas, al cual, por cierto, interpreta con gran éxito Javier Bardem. Ganará el Oscar si aún persiste la costumbre de dárselo a quienes hacen papeles de enfermos o disfuncionales. En este caso, nuestro hijo pródigo sólo abre la boca en unas pocas ocasiones y es para soltar frases cortas con voz gutural y cazallosa. A mi, personalmente, me fascinó mucho más la interpretación de Brolin. En cualquier caso, si hay un lugar en el mundo donde no se valora en absoluto a los inútiles ese es Estados Unidos. El éxito de Bardem no puede ser casual.

Por lo demás, a la meticulosa, detallista y gratamente caprichosa fotografía, hay que añadir un ritmo lento e inquietante, sobrecogedor y una banda sonora cojonuda. Tres ingredientes fascinantes. El primero, la fotografía, porque merece la pena ver la película un par de veces para que nuestro cerebro la succione en su totalidad; el segundo, la narración suave, despacito, con buena letra, pero sin pausa y, el tercero, el silencio. Debe ser duro, en este sentido, verla en el cine con todos los ruidos que hay en este tipo de locales, a saber, móviles, carraspeos, Johnattans y Deborahs –sí, por supuesto, naturales de las localidades que une el Metrosur de la CAM- haciendo comentarios en voz alta y crujir continuo de frutos secos y guarrerías varias. Yo, menos mal, decidí ir a verla con mi chico a los cines Ideal en V.O., acción que recomiendo muy encarecidamente, porque éstas películas traducidas pierden todo el encanto.

Olfato
El aroma de ‘No es país para viejos’ no resulta extraño. A ratos, me hiede a España, a saber: carretera comarcal castellano-manchega, veinte de julio a las quince catorce horas. Ese es el rollo. La acción transcurre en El Paso (Texas) y otras zonas del sur de EEUU. Es curioso cómo se presenta siempre en el cine este lugar. Me vienen a la mente películas dispares, pero todas transmitiendo la misma sensación de asco, hastío y aburrimiento. La Frontera (1982), con Jack Nicholson, fue un fracaso pero hay escenas de soledad y cansancio vital muy logradas, incluyendo la sensacional banda sonora de Ry Cooder y su ‘Skin game’ sonando en los putis clandestinos mexicanos. También ‘Paris, Texas’ (1984), de nuevo con Ry Cooder pero esta vez con la que luego fue sintonía de Documentos TV. Qué decir de esta obra de Wim Wenders con guión de Sam Shepard. Es la mortificación en vida sureña por excelencia. La propia obra de Sheppard, donde sus ‘Cuentos de motel’ nos pintan un panorama del sur que ríete tú de atravesar Despeñaperros a pie y con botijo. Del mismo modo que la muy reciente ‘Los tres entierros de Melquíades Estrada’ que al verla tiene uno la sensación en el paladar de que está tragando arenilla.

Es decir, tenemos una película que transcurre despacio en un lugar donde no pasa el tiempo. Buena mezcla. Pero hay una vuelta de tuerca más.

Gusto
Porque resulta que ‘No country for old men’ trata de un tipo al que los tiempos le han dado hasta en el carné de identidad y le han sacado de la circulación. Los monólogos que se marca Tommy Lee Jones, el sheriff, en este sentido, son un tanto dispersos y no invitan ni a tratar de averiguar qué narices está filosofando exactamente, pero hay diálogos geniales, como el que tiene con un compañero que se pregunta: “Tanta libertad… adónde nos ha llevado”. Y el sheriff contesta: “Todo se acaba cuando se deja de decir señor y señora a los demás” (viene a decir, más o menos).

Al final, queda bastante claro que esta entrega de los Coen añade, a su colección de personajes singulares, un tipo a medio camino entre la policía de ‘Fargo’ –estupefacta ante los acontecimientos, frente a la codicia, egoísmo,…- y ‘El hombre que nunca estuvo allí’ dado que este sheriff tiene el don de topar con la clave del meollo dos décimas más tarde de lo necesario para llegar en el momento preciso. Es ‘El sheriff que nunca llegó a tiempo’.

Para mí hay dos decepciones claras en la película: por un lado, la escena clave de todo el asunto queda un tanto deshilachada. Se presta a demasiadas interpretaciones: una moneda en el suelo (que algunos de los que se hayan aburrido ni habrán visto) de la que se pueden deducir bastantes cosas. Igual se trata de arte puro, del puro, puro, del güeno, vaya. Por otro lado, el final tal cuál se plantea, insulta al espectador, y ¡ojo! que no lo digo porque no cubra mis expectativas desde el inicio, lo digo porque, simplemente, ataja de una forma pueril la tensión desarrollada entre los dos personajes durante toda la cinta.
Concluyendo, creo que los Coen, andan un poco de capa caída. Ya se vislumbraba viento de tormenta en “El hombre que nunca estuvo allí”, pero para la posteridad quedan perlas como “Arizona Baby”, “Muerte entre las flores”, la maravillosa “Fargo” o Sangre Fácil.

A recordar: la persecución con perro por el río. A destacar: si hay algo de brillante en la cinta es el tridoblamiento del, para mí, único personaje principal que se nos presenta como tres hombres diferentes pero iguales, con patrones de comportamiento semejantes, principios arraigados y sólidos y valores morales de los viejos hombres de toda la vida. Aunque como diría mi hermana: total, ¡si a los viejos no les gusta el country!


miércoles, enero 30, 2008

Sweeney Todd, directo a la yugular

Adoro los musicales. Desde muy pequeña eran, sino mi género favorito, sí uno de los principales. Me pasaba las horas muertas repasando mi día y convirtiéndolo en un escenario dónde cantar cómo me sentía...no en vano, mi amigo César dice que estar conmigo es cómo ver una película de Disney: siempre cantando.

Adoro a Tim Burton. Reconozco que no hay nada que haya hecho que me disguste, algunas de sus obras tienen algún pero…pero corto, casi insignificante. No me canso de revisar una y otra vez sus cintas, entrar y formar parte de su extravagante pero coherente mundo, es mi pasatiempo favorito.

Y entonces llegó 2008, que no ha hecho más que comenzar, y se ha convertido en un año fantástico: las dos cosas que más me gustan se funden en una para convertirse en, y creo que no me equivoco, lo mejor que va a ofrecernos el panorama filmográfico durante este año.

Y es que Tim Burton ha presentado la adaptación cinematográfica del musical Sweeney Todd. Métanse un momentín en mi piel: ¡¿no son los más felices del mundo en este momento?!

Hace ya una semana que tuve la enorme suerte de verla en el preestreno de Madrid y cada rato que pasa, me gusta más la cinta. Los actores, la fotografía, las letras (pero es que quién haya tenido la oportunidad de ver el musical en teatro, ya sabe de qué estoy hablando), el diseño de producción,…todo!

Tim Burton aborrece los musicales de Broadway, todo ese tufillo sentimentaloide, pero Sweeney Todd le atrajo poderosamente muchos años ha, y tenía que convertirlo en suyo, y no de Broadway. Habló con su inestimable amigo y apasionado de las películas antiguas de terror, le transmitió toda esa pasión, como sólo el pelo más característico de Hollywood sabe hacerlo, y aquí tenemos el resultado: únicamente Burton podría ser capaz de arrancar a Depp esa tremenda timidez que le caracteriza, y ponerle a cantar frente al mismísimo Sondheim.

Desde el primer segundo de metraje todo presagia que esto no va a ser fácil: unos sangrientos títulos de crédito dan comienzo a Sweeney Todd, la curvilínea y barroca forma que tiene Burton de contar historias visuales, pero esta vez atreviéndose con una genial obra maestra convertida en banda sonora, catalogada por los expertos como la más difícil y compleja de cantar en la historia de los musicales, con pasajes increíblemente disonantes. La desaparición de Danny Elfman, en esta ocasión, era más que justificada, la música magistralmente compuesta por Sondheim, necesitaba una carga tenebrista y negra que Elfman no imprime, sus deliciosas melodías no hacían migas con la navaja.

Todos y cada uno de los actores tenían que cantar e interpretar, al fin y al cabo, Sweeney Todd es una historia contada a través de las canciones. Y tenían que hacerlo no sólo frente al director de casting o al productor, sino delante del mismísimo Sondheim, ¿se imaginan que tuvieran que representar una obra de teatro frente a, nada más y nada menos que, Shakespeare?, pues eso...En este trance, también estaba la extravagante Helena Bonham Carter, y es que ser novia del director, en este caso, no era para ella lo que definiría su papel, quería ser la Sra. Lovett por méritos propios. Y vaya si los tenía. Encandiló al mismísimo compositor de la obra. Tanto es así, que la Carter tiene, sin duda alguna, una de las piezas, cantadas e interpretadas, más complicadas de toda la obra: la escena en la que Sweeney Todd y ella entran en la tienda por primera vez es, con diferencia, una de las más completas: la Sra Lovett, tiene que cantar una disonante, rápida y compleja canción al tiempo que prepara una pastel con todos sus componentes, manejar hábil y certeramente un enorme cuchillo y desproveer de cucarachas y bichos varios el mostrador dónde prepara lo que ella misma define como “las peores empanadas de todo Londres”, y lo resuelve de forma simplemente colosal. Cada momento que el tandem Depp-Carter comparten en escena, se comen, literalmente, la cámara. Sus voces empastan a la perfección y su capacidad de interpretación es maravillosa frame a frame.

El resto de los personajes; un solvente y magistral Alan Rickman, que comparte con Depp otro de los momentos más estremecedores y vibrantes de la cinta. Su fiel y nauseabundo criado, Bamford interpretado por un curtido Timothy Spall, Johanna y Anthony, esa secundaria historia de amor interpretada muy correctamente por los jovencísimos y desconocidos Jaime Campbell Bower y Jayne Wisener y por último, el papel del barbero contrincante muy decentemente defendido por un Sacha Baron Cohen que se aleja de su conocida faceta Borat.

Sweeney Todd es la historia de una injusticia, como tantas otras veces, la historia, rizando el rizo desde Burton, de un amor encubierto y retorcido, es un musical de terror, pero también es un drama cautivador y una comedia negra, negrísima. Porque, en realidad, la historia no nos cuenta nada extraordinario, pero la forma de contarla es ágil e hipnótica. Dice la leyenda que está basada en hechos reales y, dicen, que sin dato probatorio no hay crimen, pero son tantas las reseñas acerca del barbero diabólico de Fleet Street, desde el valenciano Jaume Roig, que en 1460 compuso El Espejo (Espill creo que es en valenciano) derramando en sus versos parte de esta historia, hasta los cuentos populares repartidos a lo largo y ancho del S.XIX, que a pesar de no existir esos datos fidedignos, una servidora, al menos, no puede dejar de pensar que cuando el río suena…

Pero volviendo al film, repanchingarse, literalmente, en la butaca para disfrutar, es una acto que pide el cuerpo a los pocos minutos de comenzar el metraje, vemos recuperado el sentido del humor que Burton parecía haber olvidado en otras propuestas anteriores, y comprobamos el acierto, una vez más, al conseguir que el público empatice al instante con sus personajes, pero ¡ojo!, sin perder su seña de identidad; diseño de producción oscuro con todo perfectamente atrezzado, gusto por los personajes atormentados que huyen despavoridos de la bidimensionalidad, filia por las bellezas extrañas, su sentido de lo mágico y lo bizarro mezclados deliciosamente, una obra maestra que no ha precisado justificar su veracidad o no.

La venganza es plato que se sirve frío, todos lo saben: ahora el que no tiene piedad es él, y junto a sus inseparables “amigas”, de forma terrorífica y sangrienta cortará gargantas hasta que la sangre salpique al espectador, saliendo con fuerza de las arterías. Londres, finales del S.XIX, casi en blanco y negro. Una siniestra historia de amor: un chico introvertido, una chica extrovertida, débiles ambos y buscando afecto, pieles de talco y gusto por emplear el "usted". Suelos de madera que crujen. Película aguda y oscura, pero emotiva y trágica. Les aseguro que ya han pasado a la historia del director y del cine esos últimos diez minutos inconmensurables…

Y para los amantes del musical, como yo, diré que, efectivamente, todo lo que huele a Broadway ha sido eliminado de la película. Canciones bandera del musical como la maravillosa y dificilísima “Not while I’m around” quedan denostadas a una pequeña muestra, muy bien traída, por el pequeño Ed Sanders, en el papel de Toby, y por la fantástica interpretación de la Bonham Carter.

Otras tantas piezas se caracterizan por una dificultad vocal altísima, no sin razón, y cómo ya he dicho en algún momento de este soliloquio, la música de Sweeney Todd es de las más difíciles jamás compuestas para una obra teatral. Algunas canciones no son logradas en toda su magnitud por la capacidad vocal de Depp, pero lo mejor de todo esto, es que esa deficiencia está más que sobradamente cubierta por una versatilidad y una emotividad de la que sólo este magnífico actor sería capaz. Contenido cuando debe y extremado cuando toca, el hombre de las mil caras, nos brinda una actuación, quizás, la mejor y más brillante de toda su carrera, y ya es mucho decir, con una sorprendente voz, tanto para propios como extraños, rozando la peculiaridad y el glam de la calidad vocal de David Bowie, fíjense si no lo han hecho porque me terminarán dando la razón.

Y es que, no en vano, Johnny Depp ha conseguido, gracias a esta magistral interpretación, el Globo de Oro al Mejor Actor de Musical y, espero, aunque con la habitual habilidad de la academia para defenestrar su trabajo, obtenga un Oscar por la misma…aunque aquí he de hacer un inciso, porque estando mi adorado Daniel Day-Lewis optando al mismo premio, tendré el corazón dividido pero contento, pase lo que pase.

En definitiva, una auténtica obra maestra, un deleite visual y sonoro, una historia que avanza al ritmo de unas excelsas canciones, a cuál más inverosímil y retorcida, complementadas por exquisitas letras que dotan de un humor negro a la película que consigue contrastar con su melancolía. Su puesta en escena es poderosa e impactante, los decorados aterradores, la fotografía oscura y lúgubre y la banda sonora apabullante en todos los sentidos. Unas magistrales interpretaciones de personajes redondos, llenos de historia, definidos y detectables, actores que están más allá de lo genial. No podía ser de otra manera, Burton sabía que, para dar vida cinematográfica a esta historia, los actores debían cantar y no los cantantes debían interpretar. Sutil, brillante, genial…directo a la yugular.