martes, noviembre 11, 2008

Munich

Nunca antes el mundo occidental estuvo tan reconciliado con su pasado. Un día vuelve la movida, al día siguiente el cabaret alemán. La moda retro salpica también al arte. Los escritores contextualizan, los poetas homenajean, los músicos versionean, los pintores reinterpretan. También los cineastas miran hacia atrás. Y nos llegan “remakes” y variaciones de series televisivas muy famosas.
Nadie se mantiene al margen de esta tendencia. Ni el mismísimo Spielberg. Antes de Spielberg siempre hay que decir Mismísimo, porque está un peldaño más allá. Mismísimo equivale a anteceder “la” al nombre de una folclórica, por ejemplo, La Piquer. El Mismísimo Spielberg.
El Mismísimo Spielberg fue capaz de coger las películas gore de la productora Troma y convertirlas en una epopeya como Salvar al Soldado Ryan. La sangre de broma y las vísceras se convertían en una… epopeya, ya lo he dicho hace un momentín. No es cuestión de insistir. A Spielberg ningún género se le resiste, de las aventuras a la ciencia-ficción pasando por las películas familiares. Poca cosa le quedaba por hacer, y el Mismísimo ha hecho una de ellas: la adaptación de una serie.
Para ello, sagaz como sólo el Mismísimo puede serlo, ha tomado como excusa la matanza de Septiembre Negro en las Olimpiadas de Munich y la posterior reacción de los servicios secretos israelíes ante la masacre. Si creó una epopeya partiendo de la Troma, ¿qué no hará con esta base? ¡¡¡Agárrense los machos!!!: un drama de ecos shakesperianos para conseguir modernizar, al gusto de hoy, los incomparables episodios del equipo A.
El Equipo A, se emitió en la década de los ochenta. Un grupo de mercenarios bondadosos era contratado por una damisela para desfacer entuertos. Cada personaje era un arquetipo, un arquetipo de esa serie, porque fuera no te ves a nadie así, fuera de la cárcel o un sanatorio mental. Lo podemos llamar Arquetipo-A. El argumento era el mismo. Una vez contratados se enfrentaban al malo, al que le daban un cachete. El malo, soliviantado, contraatacaba haciendo de las suyas. Esto hacía enfadar al Equipo-A, cuyo cabeza, Aníbal, interpretado por George Peppard, ideaba un plan. El plan siempre era el mismo. Ir tieso después de crear un tanque en el garaje y repartir lo que en el argot boxístico se conoce como somanta hostias. El listo, el fuerte, el loco y el guapo, pues estos eran los arquetipos, vivían entonces una batalla llena de peripecias, tiros, asaltos y piruetas donde nadie moría. Explotaban coches en mil pedazos, ardían sus depósitos, se despedazaban arsenales escondidos en cobertizos, pero nadie moría. Muchos erróneamente la califican por ello de serie infantil. Pero en plena época Reagan, con la guerra fría, la guerra de las galaxias, el invierno nuclear y el veranillo del membrillo, la ingenuidad brillaba por su ausencia. El Equipo-A transmitía al bloque soviético un mensaje de amenaza, como el que le hace a un enemigo el gesto de cortarse el cuello con el pulgar.
El Mismísimo ha cogido esto y claro, al tratarse de un genio, lo ha elevado. Donde había una amenaza velada encontramos ahora el símbolo del caos que nos rodea en el siglo XXI, la confusión, el terrorismo, la guerra santa. Pero sobre todo el caos.
Como homenaje a Spielberg, esta crítica será caótica a partir de ahora y tendrá su spoiled nosequé, que en el argot de los críticos quiere decir que voy a destripar su argumento. También hay, como los lectores más inteligentes habrán percibido, un homenaje al cine clásico. Esta peli hace un siglo que se estrenó, de hecho en 2004 estuve de vacaciones en Budapest y yo misma presencié unas cuántas escenas en rodaje de la susodicha, aunque verla, verla, lo que se dice verla, pues…ha sido hace unos pocos meses en “dividí”. No hay dejadez en ello, bueno,…un poco sí,…aunque más que dejadez me atrevería a decir, pereza, pero sí hay un canto al pasado, cuando las películas permanecían en cartel durante meses para que las pudiera ver el pueblo. Por eso, y por el respeto que me merece el pueblo, siendo una servidora parte también de él, “manqueme”pese.
El talento de Spielberg estructura la película en coches explotados, esto es, circunstancias caóticas y brutales que no producen muertos. Aquí, en vez de esos no-muertos lo que nos encontramos es una no-coherencia. O sea, hay una alegoría de coches explotados en pasajes de la película en la que no es que haya coches explotados, sino una imagen de aquellos. ¿Que qué carámbanos quiero decir con eso? Ni puta idea, estoy tan perdida como ustedes, como el pueblo. Hay mucho caos aquí, pero hay que mirarlo de frente, aunque asuste. Si en el Equipo-A reventaba un coche, en Munich revienta un conjunto de escenas. Si en el Equipo-A salían de las ventanillas los supervivientes, aquí sale de las ventanillas, simbólicas por supuesto, la lógica. Y así, el Mismísimo consigue plasmar el sin dios, el gran sin dios hodierno, la crisis interior del Ser Humano y la Inmarsecibilitud en general. Pero primero procedo a presentar al nuevo Equipo-A(niquilador) que surge en los servicios secretos israelíes y al que encomiendan la misión de matar a una serie de terroristas palestinos. Esta vez son cinco:
a) El que hace de Aníbal.- Eric Bana. Un líder nato que sufre mucho. ¿Por qué el tipo sufre tanto? Todo les sale perfecto, matan a malnacidos, no se cargan a ningún niño ni inocente. Y además el trabajo parece más divertido que estar en la oficina. Cuando hay asesinato se pega unas carreras por la calle y hace unos aspavientos y pega unos alaridos que si estuviese allí el profesor de espionaje lo revienta de una patada en los cojones. Pero el caos no tiene escroto.
b) El que hace de M.A. Barracus.- Aquí no es fuerte, sino un canijo barbudo, pero tiene la misma habilidad para hacer bombas que M.A. para hacer tanques con un poco de bricolaje. Si nos ponemos tiquismiquis no sabe hacer bombas, pero es que ahí está de nuevo la teoría del caos. Su primera bomba por poco ni le hace un rasguño a la víctima. En la segunda casi se carga a su jefe y vuela un edificio. Otra se le encasquilla. Es el clásico experto en bombas. Además fabrica por afición una especie de cachivaches de juguete muy amenos, con cualquier cosilla. Aquí estamos, claramente, ante un homenaje a McGyver, otra serie ochentera.
c) Murdock “el loco”.- Es un tipo que nos sabemos lo que pinta. Caos puro. En un momento determinado enloquece y entra con una granada a cargarse a un tío, después se lleva al recepcionista del hotel donde estaba la víctima -¿por qué?- y lo sueltan tras darle dinero. ¿Por qué? Amigos míos, el caos no entiende de porqués.
d) Templeton.- Es el nuevo James Bond rubito, un tipo duro que cuando van al Líbano a cepillarse a nosequién va caóticamente desarmado y, al margen, está en todos sitios vestido de modelo maricón con pintas, lo ideal en un agente del Mossad para no llamar la atención. Pero el caos es como un camaleón si se interioriza lo suficiente.
e) El que hace de Spielberg.- El alter ego del director aporta sensatez, sosiego, la voz de la experiencia. Se dedica a limpiar la escena de los crímenes, y sólo lo hace una vez (cuando tirotean al cuenta cuentos palestino). Entra y recoge los casquillos después de que lo matasen sin silenciador, a riesgo de que por allí ande un guardia urbano o Spiderman. Después ya no limpia nada más. El caos no tiene por qué pasar el plumero.
Y ahora unos cuantos coches explotados simbólicos, presentados de manera arbitraria, que cumplen la función de eje del caos:
Coche por los aires 1: El Equipo-A(niquilador). Se ha resumido sus características caóticas, las propias de un comando especializado en eliminar terroristas letales.
Coche por los aires 2: Sorprende y pasma que Spielberg filmara una escena de sexo con una embarazada, pero alma de cántaro, quítale el camisón a la chica ya que rodabas por fin bebido, caótico y cachondete ese día.
Coche por los aires 3: Los franceses que buscan personas. Encuentran a quien sea en dos minutos y medio. Llega la asesina holandesa a sueldo y, apenas ha matado, ya tienen su dirección. A todo esto no trabajan con gobiernos, pero a pesar de lo del Líbano siguen trabajando para el sufrido protagonista. Y no sólo eso. El sufrido protagonista -después de dejar claro que trabaja para Israel- va a casa del jefe de la “empresa”, que le dice “llámame Papi” Le contesta “no puedo, ya tengo padre”. 22 segundos después los une un vínculo paterno-filial de la virgen santísima, con desprecio al hijo verdadero incluido, que llevaba toda la razón. Pero, ¿qué hace la razón contra el caos? Nada, he de responder entre risas conmiserativas.
Coche por los aires 4: El “limpiador”, a pesar de las advertencias del sufrido protagonista, se acuesta con la puta-asesina. Erección y caos caminan juntos.
Coche por los aires 5: Cada miembro del Equipo-A(niquilador) tiene una especialidad. Pero además en cada fregado van los cinco pegando tiros a pesar de la edad de algunos de ellos y la falta de forma física de todos salvo del sufridor y James Bond. El caos trae músculos de serie.
Coche por los aires 6: Una vez la puta-asesina mata al limpiador, no ponen apenas precauciones cuando saben que van a por ellos. No sólo eso. Cuando van a por la holandesa, el que hace bombas dice que no puede más y se va. Y no hay plan para ponerse a salvo de los posibles perseguidores, simplemente, y sabiendo todos que hay quien está interesado en quitarles del medio…se va a casita. Allí emprende un soliloquio con su confusión interna.
Coche por los aires 7: Cuando se saben carne de cañón no hacen nada para protegerse de forma especial. Van cayendo uno a uno y como si no pasase nada. Todo tratan de resolverlo con llamadas a Papi e Hijo, Sociedad Limitada. Ellos saben, y así lo manifiestan, que resulta estúpido ponerle puertas al campo del caos.
Coche por los aires 8: Localizan en Tarifa al palestino más peligroso. Como el Equipo-A(niquilador) se caracteriza por el carácter despierto de sus componentes, ya sólo quedan dos, Dumb y Dumber, que los demás han sido pasados a pistola, cuchillo y bomba. Llegan a Tarifa, se acercan armados y vestidos de camuflaje primavera-verano al chalé del enemigo público de la humanidad nº 1 y… nada, llegan, saltan la tapia tan campantes y p’adentro, lo típico. El chalé está lleno de palestinos que se suponen peligrosos, pero fuera no hay centinelas, tan sólo un jovencito que se acababa de afeitar el bocio y al que matan cuando los descubre, generando todavía más desasosiego en el protagonista.
Coche por los aires 9: En un momento determinado, Dumb Bana charla con un palestino porque coinciden en un piso franco que les proporciona en Grecia Papi e Hijo, Sociedad Limitada con otros terroristas palestinos a los que les habían dado el mismo piso, el piso franco del caos. Al principio se apuntan con sus armas y a punto están de darse un disgusto. Pero el equipo-A(niquilador) están al quite y uno se identifica como etarra, el otro como miembro de las Brigadas Rojas, etc..., al margen de su aspecto físico y acento en inglés (y hay que suponer además que un vasco, y por tanto más español que nadie, sabe inglés). Y al final duermen todos allí compartiendo la habitación de la madre de todos los caos como estudiantes universitarios. Pues en ese momento de la película, decíamos que Dumb habla con un palestino. El palestino le suelta una cantinela fanática. Sin embargo, el sufridor, en mitad del caos, aprende algo inasible, porque queda como impactado y un poquito hermanado con el muchacho, al que luego matará, pero con los ojos vidriosos y temblando, como un dibujo animado japonés. El caos, como la procesión, se lleva por dentro.
Coche por los aires 10: Cuando van a matar a la asesina holandesa, se dirigen a su barco-casa en bicicleta, fundiéndose con el paisaje. Allí trucan unas bombas de inflar las ruedas para convertirlas en armas letales con una bala dentro al golpear un extremo. Y de esa guisa entran en el barco-casa de la asesina-puta con sus bombas-pistola para eliminarla, montando además las bombas-pistola mientras entran, desafiando al caos y a la posibilidad de que la asesina, por las características de su profesión, tenga un revólver a mano. Pero el caos exige que los héroes no utilicen armas, tan sólo bombas-pistola de Ikea a medio montar, con una bala cada una, y son tres entonces los que quedan -Dumb, Dumber y Milikito-; más que suficiente en un mundo lleno de desorden físico y metafísico.
Coche por los aires 11: Atormentado hasta el límite del sin dios interno, el protagonista le hace el amor a su esposa. Ya sin embarazo, sigue sin quitarse el camisón. El ayuntamiento resulta sumamente desagradable, por el estado de nervios de Dumb Bana. Sin embargo, la esposa le mira arrobada tras reventarle la matriz y suelta un “te quiero” en lugar de haber parado para que su chico fuese a tranquilizarse mediante la ingestión de un goyur de pero cogido de la nevera. El caos puede invertir la realidad….y generarla de forma espontánea porque acompasando a los envites de Dumb, éste es capaz de ver en flashback imágenes de cómo sucedieron las cosas, tal cuál que las hubiera presenciado mismamente… ¡con dos cojones!
Coche por los aires 12: El Equipo-A(niquilador) se desplaza por multitud de países como el caos por su casa, sin necesidad de intérprete ni del caos que los parió.
Coche por los aires 13: En la última media hora casi no pasa nada. Son los puntos suspensivos del caos o la calma que siempre precede a otro sin dios.
Y entonces la película termina y pone directed by Steven Spielberg y el espectador se llena de preguntas.

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