La enésima vuelta de los Rolling Stones (con nuevo disco y gira) supone una prueba más de que esta formación se merece, más que ninguna otra y por si cabía aún alguna duda, la aureola de grupo por antonomasia del rock. Su longevidad, su energía sobre el escenario y una cierta estabilidad en cuanto a grupo (tan sólo hay que lamentar la muerte de Brian Jones y algún que otro cambio, ajustes muy pequeños para un grupo de rock que lleva más de cuarenta años por ahí) le confieren ese premio: vamos, que si me obligaran a elegir una gran banda de rock, sin ningún tipo de duda me quedaría con los Rolling. No obstante, hubo unos años en que parecía que esa etiqueta de "la gran banda del rock" se la iban a quedar otros británicos, los Pink Floyd. Pero las peleas entre sus miembros y el agotamiento de sus propuestas condujo a que Pink Floyd desapareciera del mapa. Y eso que, durante los años 80 y parte de los 90, Pink Floyd, antes que una banda de rock, llegó a convertirse en una marca bajo la cual se desarrollaban una serie de proyectos audiovisuales con un sello de aséptica calidad distintiva.
Porque Pink Floyd era un grupo muy particular. Surgido a raíz del encuentro de un grupo de colegas estudiantes de arquitectura; en sus comienzos (los años 60) no eran más que la banda que acompañaba a un líder destacado, Syd Barrett, un tipo enfundado en psicodelia que se pasaba todo el día fumado, drogado y varios más -ados y paseando su imagen de poeta melancólico por Inglaterra. Barrett se limitó a escribir un puñado de canciones, e incluso consiguió grabar un disco curioso, pero sus gestos de poeta rebelde (perder el hilo de las canciones en pleno directo, por ejemplo) obligó a sus compañeros a tomar una decisión drástica: mandarle allí donde da la vuelta el aire: a la mierda, para que nos entendamos. Desde entonces Barrett siguió arrastrando su imagen de poeta oprimido pero viviendo holgadamente de las rentas de las canciones que escribió, hasta su muerte el pasado año. Tan tonto, desde luego, no fue.
Y a partir de aquí empieza la división entre los fans puristas de Pink Floyd y los fans sensatos. Los puristas dicen que Pink Floyd sin Barrett es como Esteso sin Pajares, como el cine español sin una subvención. Dicen que Barrett era el genio, que su sucesor, Roger Waters, es un simple traidor que llevó a la banda por una senda equivocada con el único propósito de satisfacer su ego personal. Los fans sensatos, sin embargo, creen que Barrett está sobrevalorado y que los hechos hablan por sí solos: la carrera de Pink Floyd debe su éxito al proyecto de Roger Waters, que logró superar el recuerdo de Barrett situando a la formación en el estrellato a pesar de unas determinadas reticencias a comulgar con la industria del disco. Waters no era un tipo común, y eso es algo que se reconoce en Pink Floyd:
- Para empezar, basta con ver las carátulas de sus discos. En lugar de limitarse a ser retratos de los componentes del grupo, las carpetas cuentan con originales diseños e incluso a menudo ni siquiera aparecía el nombre del grupo en la portada. Pink Floyd hizo del anonimato de sus componentes un sello identificativo.- Waters, por mucho que digan sus detractores, dejaba un amplio margen para la creación al resto de los miembros del grupo. Es así como se entiende el crecimiento como letrista de David Gilmour. Consciente de que no era un virtuoso, Waters concibió Pink Floyd como un grupo unido en el que el papel de sus compañeros no se redujera al de meros comparsas. Así, los temas de "The Dark Side of the Moon" aparecen firmados por todos ellos.- Waters evolucionó desde el Pink Floyd de Barrett como un grupo de canciones interesantes a un grupo conceptual que iba más allá de la canción pop: el Pink Floyd de Waters no editaba singles para la promoción de sus discos, y no se trató de un caso único para un álbum determinado (como los Beatles con el "Sgt. Pepper") sino de una política decidida que llevaron a lo largo de toda la década de los 70. Eso no impidió que "The Dark Side of the Moon" fuera en su momento el disco pop más vendido de la historia, algo que sólo podría superar unos años más tarde Michael Jackson.
Esta voluntad de Pink Floyd por dictar sus propias reglas de actuación en el seno de la industria del disco llegó a su punto más álgido con la publicación, en 1979, de su doble LP "The Wall". Concebido en torno a un concepto ideado por Waters (la necesidad de superar los muros interiores -educación represiva, sociedad alienadora, etc.- que restringen la libertad individual), el álbum va más allá de esta concepción primigenia y abstracta para construir un retrato paranoico de un mundo en una encrucijada cultural. No olvidemos que, a finales de los 70 en Inglaterra, en plena fiebre punk, Pink Floyd quería reivindicar su sitio en el panorama musical. Sus complicados montajes en directo, sus barrocas escenografías y sus delirantes simbologías chocaban de lleno con el esquema punk de la destrucción y la reducción a la nada.
No obstante, hay que reconocer que el movimiento punk oxigenó a Pink Floyd. A lo largo de "The Wall", se traza toda una línea de provocación que parte desde el primer tema (tras el preámbulo que, en forma de bucle, abre y cierra el disco): "In the Flesh?". Una banda sustituta de Pink Floyd se presenta con un discurso neofascista con el que irá insultando al público, mientras éste asiste enfervorizado ajeno a las palabras que les espeta la banda desde el escenario. La crítica al seguidismo acrítico de los fans es evidente, y se antoja una manera muy arriesgada de empezar un disco. Por su parte, la simulación de que es una banda distinta la que interpreta el disco podría leerse también como una respuesta sarcástica al juego inocente similar emprendido por los Beatles en el "Sgt. Pepper".
La historia de "The Wall" va narrando la construcción de un muro imaginario al que los distintos elementos sociales van aportando su parte, en forma de ladrillo. El primer clímax llega con "Another Brick in the Wall, part 2", la canción en la que un grupo de niños canta contra un sistema educativo autoritario. Hasta llegar al juicio final de "The Trial", que concluye con el derrumbe del muro. En medio, una serie de temas ("Mother", "Comfortably Numb", y un largo etcétera) que no rompen en ningún momento la unidad temática y sonora del LP.
"The Wall" es un disco incómodo, en absoluto agradable de escuchar; vamos, que no es el mejor LP para tumbarse y echar una siesta. Supone, también, un punto sin retorno en la carrera de Pink Floyd, ya que la envergadura del proyecto (completado con una gira en que se escenificaba la construcción del muro y con una película de Alan Parker) y la dureza del concepto de Waters condenaban a que los posteriores trabajos de éste no fueran más que bocetos de la obra anterior. Así ocurrió con el siguiente álbum, "The Final Cut", y con el abandono de Waters del grupo. "The Wall" le ha ido acompañando a lo largo de estos años, como demostró con su concierto celebrando la caída del muro de Berlín.
Tras su marcha, Gilmour convirtió el grupo en un sofisticado conjunto para oyentes conformistas y aburridos. Disfrazado con un envoltorio de profesionalidad, los discos de Pink Floyd sin Waters parecen una mezcla de las peores obras de Alan Parsons (el productor, por cierto, de "The Dark Side of the Moon") con discos de relajación de esos que ponen en los ascensores de los grandes almacenes. Gilmour se creyó que su banda sería la gran banda del rock, la más profesional y competente, la que mejor iría resistiendo el paso del tiempo. No contaba con que el aburrimiento de sus propuestas acabaría en la nada, ni con el persistente resurgir de los Rolling Stones.
Porque Pink Floyd era un grupo muy particular. Surgido a raíz del encuentro de un grupo de colegas estudiantes de arquitectura; en sus comienzos (los años 60) no eran más que la banda que acompañaba a un líder destacado, Syd Barrett, un tipo enfundado en psicodelia que se pasaba todo el día fumado, drogado y varios más -ados y paseando su imagen de poeta melancólico por Inglaterra. Barrett se limitó a escribir un puñado de canciones, e incluso consiguió grabar un disco curioso, pero sus gestos de poeta rebelde (perder el hilo de las canciones en pleno directo, por ejemplo) obligó a sus compañeros a tomar una decisión drástica: mandarle allí donde da la vuelta el aire: a la mierda, para que nos entendamos. Desde entonces Barrett siguió arrastrando su imagen de poeta oprimido pero viviendo holgadamente de las rentas de las canciones que escribió, hasta su muerte el pasado año. Tan tonto, desde luego, no fue.
Y a partir de aquí empieza la división entre los fans puristas de Pink Floyd y los fans sensatos. Los puristas dicen que Pink Floyd sin Barrett es como Esteso sin Pajares, como el cine español sin una subvención. Dicen que Barrett era el genio, que su sucesor, Roger Waters, es un simple traidor que llevó a la banda por una senda equivocada con el único propósito de satisfacer su ego personal. Los fans sensatos, sin embargo, creen que Barrett está sobrevalorado y que los hechos hablan por sí solos: la carrera de Pink Floyd debe su éxito al proyecto de Roger Waters, que logró superar el recuerdo de Barrett situando a la formación en el estrellato a pesar de unas determinadas reticencias a comulgar con la industria del disco. Waters no era un tipo común, y eso es algo que se reconoce en Pink Floyd:
- Para empezar, basta con ver las carátulas de sus discos. En lugar de limitarse a ser retratos de los componentes del grupo, las carpetas cuentan con originales diseños e incluso a menudo ni siquiera aparecía el nombre del grupo en la portada. Pink Floyd hizo del anonimato de sus componentes un sello identificativo.- Waters, por mucho que digan sus detractores, dejaba un amplio margen para la creación al resto de los miembros del grupo. Es así como se entiende el crecimiento como letrista de David Gilmour. Consciente de que no era un virtuoso, Waters concibió Pink Floyd como un grupo unido en el que el papel de sus compañeros no se redujera al de meros comparsas. Así, los temas de "The Dark Side of the Moon" aparecen firmados por todos ellos.- Waters evolucionó desde el Pink Floyd de Barrett como un grupo de canciones interesantes a un grupo conceptual que iba más allá de la canción pop: el Pink Floyd de Waters no editaba singles para la promoción de sus discos, y no se trató de un caso único para un álbum determinado (como los Beatles con el "Sgt. Pepper") sino de una política decidida que llevaron a lo largo de toda la década de los 70. Eso no impidió que "The Dark Side of the Moon" fuera en su momento el disco pop más vendido de la historia, algo que sólo podría superar unos años más tarde Michael Jackson.
Esta voluntad de Pink Floyd por dictar sus propias reglas de actuación en el seno de la industria del disco llegó a su punto más álgido con la publicación, en 1979, de su doble LP "The Wall". Concebido en torno a un concepto ideado por Waters (la necesidad de superar los muros interiores -educación represiva, sociedad alienadora, etc.- que restringen la libertad individual), el álbum va más allá de esta concepción primigenia y abstracta para construir un retrato paranoico de un mundo en una encrucijada cultural. No olvidemos que, a finales de los 70 en Inglaterra, en plena fiebre punk, Pink Floyd quería reivindicar su sitio en el panorama musical. Sus complicados montajes en directo, sus barrocas escenografías y sus delirantes simbologías chocaban de lleno con el esquema punk de la destrucción y la reducción a la nada.
No obstante, hay que reconocer que el movimiento punk oxigenó a Pink Floyd. A lo largo de "The Wall", se traza toda una línea de provocación que parte desde el primer tema (tras el preámbulo que, en forma de bucle, abre y cierra el disco): "In the Flesh?". Una banda sustituta de Pink Floyd se presenta con un discurso neofascista con el que irá insultando al público, mientras éste asiste enfervorizado ajeno a las palabras que les espeta la banda desde el escenario. La crítica al seguidismo acrítico de los fans es evidente, y se antoja una manera muy arriesgada de empezar un disco. Por su parte, la simulación de que es una banda distinta la que interpreta el disco podría leerse también como una respuesta sarcástica al juego inocente similar emprendido por los Beatles en el "Sgt. Pepper".
La historia de "The Wall" va narrando la construcción de un muro imaginario al que los distintos elementos sociales van aportando su parte, en forma de ladrillo. El primer clímax llega con "Another Brick in the Wall, part 2", la canción en la que un grupo de niños canta contra un sistema educativo autoritario. Hasta llegar al juicio final de "The Trial", que concluye con el derrumbe del muro. En medio, una serie de temas ("Mother", "Comfortably Numb", y un largo etcétera) que no rompen en ningún momento la unidad temática y sonora del LP.
"The Wall" es un disco incómodo, en absoluto agradable de escuchar; vamos, que no es el mejor LP para tumbarse y echar una siesta. Supone, también, un punto sin retorno en la carrera de Pink Floyd, ya que la envergadura del proyecto (completado con una gira en que se escenificaba la construcción del muro y con una película de Alan Parker) y la dureza del concepto de Waters condenaban a que los posteriores trabajos de éste no fueran más que bocetos de la obra anterior. Así ocurrió con el siguiente álbum, "The Final Cut", y con el abandono de Waters del grupo. "The Wall" le ha ido acompañando a lo largo de estos años, como demostró con su concierto celebrando la caída del muro de Berlín.
Tras su marcha, Gilmour convirtió el grupo en un sofisticado conjunto para oyentes conformistas y aburridos. Disfrazado con un envoltorio de profesionalidad, los discos de Pink Floyd sin Waters parecen una mezcla de las peores obras de Alan Parsons (el productor, por cierto, de "The Dark Side of the Moon") con discos de relajación de esos que ponen en los ascensores de los grandes almacenes. Gilmour se creyó que su banda sería la gran banda del rock, la más profesional y competente, la que mejor iría resistiendo el paso del tiempo. No contaba con que el aburrimiento de sus propuestas acabaría en la nada, ni con el persistente resurgir de los Rolling Stones.
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