martes, octubre 19, 2010

thefacebook.com

Innecesario, y rayando lo ridículo, resultaría a estas alturas tratar de minimizar el alcance de las redes sociales en el mundo de la globalización, y vaya por delante que yo me paseé unos meses por ella y el pánico se instaló en mí al ver el alcance de las cosas…demasiada exposición, vaya!...si saben contar, ¡no cuenten conmigo en esto! Pero en la línea de lo que hoy me ocupa, no es baladí que se cree una película sobre este fenómeno, porque tal y como podemos escuchar en el nuevo film de David Fincher, “en Bosnia no tienen carreteras, pero tienen Facebook”. Huelga explicar que la afirmación es exagerada, pero en Bosnia, al igual que en otros países, Facebook ha logrado ya mayor popularidad que, ¡oh sorpresa! el omni- Google.
Así, en “La red social” somos espectadores de excepción del descenso a los infiernos del joven Mark Zuckerberg, quien bien pudiera ser considerado el Bill Gates del siglo XXI. El padre de Facebook se nos presenta como un chico introvertido que intenta superar sus frustraciones sociales dejando en evidencia a quienes lo rodean. De hecho, la creación de Facebook tiene su origen, precisamente, en la envidia y la venganza. Pero ese ser, en muchos aspectos deleznable, tiene también una cara B. Y es que Zuckerberg puede ser visto como un chico solitario cuya única meta es, a fin de cuentas, querer y ser querido. Ese tipo multifacético es interpretado de forma solvente y, bueno, extraordinaria, por Jesse Eisenberg, que carece de carisma y garra para el público, pero que en esta ocasión, creo que nos brinda una interpretación soberbia: su papel está pensado para que caiga mal y cuando parece que lo va arreglando sentirte más cercano a él, y cuando parece que lo arregla, es para que la vuelva a cagar y volver a distanciarse.
“La red social” tiene ritmo, dinamismo, gancho. Todos sabemos cómo va a acabar la película antes de que empiece, principalmente, porque el final de Facebook y de Zuckerberg aún están por escribir. Pero, a pesar de eso, el film engancha al espectador gracias, entre otras cosas, a la armonía del binomio drama-humor y al oportuno uso de una estructura no lineal que remarca los puntos de giro del relato. Hay, además, algún que otro brillante recurso técnico; apunten, apunten: escena de la regata de los hermanos Winklevoss. Por cierto, los papeles de esos hermanos gemelos los interpreta un único actor: Armie Hammer. Pero desde mi óptica, el papel más sobresaliente de todos es el de Andrew Garfield, alias “Nuevo Spiderman”, interpretando al co-creador de Facebook, Eduardo Saverin. Una interpretación redonda, llena de emoción y fuerza en cada escena en la que el joven actor participa. Todo el carisma que no posee Eisenberg, lo desborda a raudales este tío. También hay que desatacar a Timberlake que, quizás por los prejuicios, a mí me parece que sorprende y mucho…el “vendehumo” Parker de Timberlake es brillante y solvente en cada fotograma. No me olvido del guión, impecablemente adaptado por Sorkin, el cuál desarrolla unos diálogos impecables, mordaces y que definen a los personajes en cada palabra. Si a esto, le sumamos el buen uso de la banda sonora, tenemos en la coctelera lo que parece ser una firme candidata a los Oscar de este año.
La trama nos presenta al creador de Facebook que no deja de trabajar durante todo el transcurso de la historia, un film que no habla sobre el empresario, la película trata sobre la empresa. Sería un DVD corporativo perfecto para repartir a aquellos que quieran saber qué demonios es eso de Facebook. Todos los datos numéricos, origen de las ideas (algunos demasiado absurdos o forzados) los regates de todos los problemas en el camino, un constante seguimiento del crecimiento en el número de usuarios registrados a la página de Facebook y la sensación final de que la masa de esta popular red social sigue expandiéndose.
Este último trabajo de Fincher merece ser alabado también por su valentía. No puede ser fácil retratar a alguien como Zuckerberg y salir airoso. De la misma manera, “La red social” hace un retrato colectivo de nuestra cibersociedad y de sus mecanismos. Desde luego, una película tan osada no deja indiferente ni al nativo digital ni al inmigrante digital y, tras verla, tanto unos como otros se preguntarán qué más fenómenos nos deparará el revolucionario mundo virtual. Si he de ponerle algún pero, sería que Fincher insiste en rodar las escenas ‘intimas’ con colores ocres y niveles bajos de iluminación, ofreciendo una atmósfera excesivamente ‘malrollista’ y hasta lúgubre para un relato que, a mi modo de ver, no necesita de semejante tratamiento.
David Fincher deja atrás la conmoción de su última película (El Curioso Caso de Benjamin Button, 2008) para volver a poner a su reparto en una idea laberíntica en la que los protagonistas sufren, se lucen, posan molones frente a la cámara y sacan brillo al ingenio de las personas en las que se basan sus papeles.
A pesar de todo, no llega a ser una de sus tres mejores películas. Es difícil querer centrar la atención sobre una página web en una historia donde las personas dan poca chicha. También es complicado superarse cuando eres un director como Fincher (sigo manteniendo que el cine fantástico puede descansar tranquilo mientras este tipo siga en el panorama cinematográfico). Pero era terriblemente fácil tener éxito con una película que venera una página casi omnipresente en Internet con más de 500 millones de usuarios.

jueves, septiembre 02, 2010

Inception

La crítica de hoy, se centrará en la maltraducidaparavariar, Inception (Origen, en castellano) del, para mí, nuevo maestro del cine, Christopher Nolan.
Obcecado con marcar la diferencia, Nolan demuestra con Origen el auténtico poder de una idea. La suya, como cineasta, es ambiciosa, tal vez peligrosa y amenaza con cambiar su mundo. Nolan está seguro de que, olvidando fórmulas preconcebidas, historias infantilizadas y productos hechos a la medida, es posible llevar al espectador al cine con una propuesta de calidad. Una con alma surgida únicamente de la mente de su autor, madurada en su cerebro hasta ser plasmada en pantalla sin ser brutalmente alterada en el proceso.
Inception es a la vez una obra muy personal de su creador, en la que explora de nuevo la temática que más le apasiona, y al mismo tiempo un espectacular blockbuster. La mezcla es inusual y la idea es atrevida, pero funciona. Nolan demuestra sin temores que se puede hacer un taquillazo con una trama compleja, un guión muy exigente con el espectador y una puesta en escena visualmente chocante, sorprendente y magnética. Origen atrapa al espectador y lo traslada con un ritmo incesante a un mundo onírico en el que el Nolan escriba disfruta jugando a su voluntad con las reglas para dejarle a su faceta como realizador la libertad necesaria para actuar a capricho. Así el filme es brillante, pero desde luego no es perfecto. Se le puede reprochar a Nolan el dejarse llevar en el guión por el habitual mal del escritor de no saber dejar atrás una idea buena pero prescindible, llegando a saturar la narración de una abrumadora cantidad de conceptos y capas narrativas que surgen en ocasiones sin previo aviso. Origen, rara avis, reúne la dispar ambición de arrasar las taquillas veraniegas gracias a su impactante pirotécnica, con la pretensión de relatar un cuento plagado de sensaciones y sentimientos. Una fórmula que de triunfar sin paliativos podría llevar a la industria a percatarse de que el verdadero poder está en las ideas y, tal vez, en los sueños que las inspiran.
Analicemos por partes todo este hilo de pensamientos:
1. La satisfacción de ver está película dependerá de la capacidad que tenga el público para comprender lo que sucede en la pantalla, ya que la estructura narrativa es a base de niveles donde la acción se lleva a cabo en forma simultánea con desfases en la velocidad con la que transcurre el tiempo.
2. Si habéis sido capaces de comprender la frase anterior, ya tenéis mucho ganado por delante de todos aquellos que, me apuesto un brazo, a que no serán capaces de analizar la trama por el esfuerzo que supondrá, frente a otros taquillazos de verano en 3D, vacuos y carentes de originalidad, salvo por la migraña que generan.
3. Dom Cobb reúne a un grupo especializado de individuos que consiste de varios rostros vistos en la saga de Batman y otros tantos nombres reconocidos de las cintas estadounidenses: Ariadne (Ellen Page), la pequeña arquitecta que se encarga de construir el diseño visual y a la que le explica Cobb (y a nosotros también) la ciencia de la manipulación de los sueños; Arthur (Joseph Gordon-Levitt), quien viene siendo el asistente y el protagonista de la mejor escena de acción vista en años ; Eames (Tom Hardy), capaz de alterar su aspecto, perseguido perpetuamente en la tundra; y Yusuf (Dileep Rao), quien es especialista en químicos pero que se la pasa la mayor parte del tiempo conduciendo una camioneta.
4. En la primera hora de duración se establecen las reglas del juego con el uso de efectos visuales capaces de mantener la boca abierta, todo en función de la trama que lo demanda y no como simple relleno. Puede ser excesivo el tiempo que pasamos con Cob tratando de explicar a Ariadne los por menores del asunto, con todo y los secretos profundos que guarda él mismo en su mente, el reclutamiento del equipo y el procedimiento de la misión; pero la recompensa se obtiene cuando el proyecto se lleva en marcha y ya no hay tiempo de explicaciones.
5. Nolan en su guión juega mucho con conceptos visuales del subconsciente, es una especie de escenificación del proceso del sueño en donde puedes ser participe en la creación de un mundo limitado por tu propia capacidad. Es sorprendente tener la capacidad de un dios. El tiempo que debió de haber pasado en pulir esta obra merece reconocimiento. El tipo pensó en todo, hasta más de lo que debió.
6. El error al comenzar la película va ser el compararla con Matrix, Dark City, o alguna otra barrabasada que he podido leer en Internet, lo cual, conforme pasan los minutos, diluye tal pensamiento al descubrir que es una obra auténtica que se aparta de todo lo visto anteriormente. Si bien sigue los fundamentos de una historia de amor, persecuciones, balas silbando y explosiones, existen elementos tanto en la trama como en las capacidades técnicas que hacen de Origen algo diferente.
7. Los efectos visuales sobrepasan los límites de lo fantasioso porque son reflejo de ideas construidas sobre la realidad. El último acto donde Cob y Ariadne caminan sobre una gran ciudad construida de la nada, es puro placer visual. No me puedo olvidar de la dirección del también guionista Nolan, que sigue el estilo de Dark Night con grandes tomas majestuosas filmadas en locación, siempre con suficiente luz para no perder detalles, en verdad que no existen trucos ni dinero que escatimar en esta producción, los 200 millones de dólares se ven reflejados en pantalla.
8. Durante la película no pude parar de reírme de gusto, escena tras escena me maravillaba por la creatividad en las imágenes imposibles de concebir y un claro ejemplo es la soberbia batalla de Arthur en gravedad cero que pasará a la historia como una de las mejores que he visto en mi vida, en una de las tantas secuencias que existen para satisfacer a los amantes de la acción.
9. En el ámbito de la actuación, Di Caprio sobresale por su constante agonía al lado de la incesante y bella aparición de Marion Cotillard: magistral la utilización de "Non, Je ne regrette rien" en sus apariciones, dejarme seducir por su acento extranjero con sus diferentes tonos de voz para acentuar sus emociones... Si Joseph Gordon-Levitt no tiene demasiado diálogo es porque protagoniza la escena de acción más inimaginable para nuestros ojos. La pequeña Ellen Page no permite que me olvide de “Juno” y su audacia ante los problemas que se le presentan, sin embargo su inocencia funciona como reflejo a lo que siente el público y, si bien, el rango de su actuación no sobresale es porque el guión así lo requiere.
10. Hace mucho tiempo que no me sentía tan satisfecha y con la necesidad de ver de nuevo una película por la lista de dudas que genera. Daos la oportunidad de ser guiados de la mano de Nolan porque esta es una aventura que no olvidaréis ni debéis perderos.
11. «Origen» se adentra en el desconocido mundo de los sueños, lo que basta para que los más leídos comparen este título con Buñuel, David Lynch o Spike Jonze. Como quieran. Como si hubiera que elegir. Unos y otros tienen cosas de las que carece Nolan, quien a cambio logra que las carreteras perdidas de su mente no conduzcan nunca a un callejón sin salida. Al contrario que Lynch, al londinense no se le va nunca la cabeza, por más curvas que imagine su retorcida mente. Lo que es mejor, logra que el espectador no descarrile si permanece atento y con el cinturón de seguridad puesto. Se podrá argüir que su cine es menos arriesgado, probablemente con razón, pero si el riesgo consiste en estrellar el bólido contra una pared de hormigón, en fin...
12. Por ponerle algún pero, me sobraron balas en el último tramo. Y a la idea que intentan inocular en la mente de Cillian Murphy le falta un punto de cocción. Es cierto que el ritmo progresivo de la trama no desentona con el trepidante desenlace, pero creo que la historia habría quedado más redonda con un final más intelectual, menos de acción jamesbondiana. Como todo lo anterior, esto es opinable. La ambigüedad final, en cambio, me parece magistral...aunque les contaré un secreto: hay un detalle que nos desvela, sin lugar a dudas, cual es el final real...¡ánimo, búsquenlo!

martes, agosto 10, 2010

Americano

Esta película ha sido considerada, muy a menudo, la mejor en la historia del cine. A sus 25 años, Orson Wells, creador total, se encarga de la dirección, actuación y escritura del guión de esta película. Welles se había convertido en poco tiempo en la niña bonita de Hollywood gracias a su singular narración radiofónica de “La Guerra de los Mundos”, que consiguió hacer creer al cultivado y escéptico público americano en una invasión extraterrestre. Como consecuencia del pánico se produjeron varios suicidios que en cualquier país que no fuera La Mayor Democracia del Mundo Libre (bueno, podríamos quitar lo de “libre” que suena como redundante) habría dado con Orson en la trena como culpable indirecto de estas muertes. Sin embargo, América es otra historia, y los productores cinematográficos consideraron que Welles era espectáculo puro y daría buenos ingresos en taquilla.
Lamentablemente Orson, el muy cabrón, no sólo era un genio sino que también se lo hacía, así que las cosas no salieron como cabría esperar. En vez de contar una historia de amor convencional, o una intriga en la que los malos eran sólo los alemanes, el tío se da cuenta de su genialidad y me factura una película intelectual en donde los aciertos desde un punto de vista exigente (la crítica europea), como de costumbre, acabarán siendo errores para el público. La película es un fracaso de taquilla, es un fracaso relativo en los Oscar y supone, en suma, la caída de un Welles recién entronizado. Caída que durará el resto de su vida con algunos altibajos, finalizando en su autoexilio en España y la participación de Orson Welles en un anuncio navideño de Freixenet que aún hoy provoca pesadillas a los que gustan de sus películas.
Pero, metámonos en harina y hagamos la pregunta del millón, esa que nunca nadie antes se ha hecho: ¿Es Ciudadano Kane la mejor película de la historia? Para aspirar al título, les voy a exponer, lo que para mí es, el as en la manga de Welles, quien cuenta, fundamentalmente, con tres argumentos:
- Las innovaciones en el plano técnico: en Ciudadano Kane podemos encontrarnos con planos singularmente complicados, en ocasiones radicalmente nuevos en la narrativa cinematográfica de Hollywood, que otorgan una mayor riqueza a la historia y hablan a las claras de la genialidad de Orson. Ni que decir tiene que el público huía despavorido de esos planos secuencia, picados, etc., tan raros.

- La estructura narrativa, que combina material de un reportaje periodístico con declaraciones de diversas personas (algunas de ellas muertas) en relación a la vida y acciones de Kane, supone también una nueva forma de contar historias que, combinada con las abundantes novedades técnicas, provocaba dos efectos: por un lado, una historia muy original, radicalmente nueva para lo acostumbrado en Hollywood, que sacudía sin piedad las mentes de los espectadores; por otro lado, la huida despavorida de la mayor parte de los espectadores, aterrorizados ante la idea de que en cualquier momento comenzaran a bajar marcianos en sus platillos volantes y se los comieran a todos.

- Por último, el principal error de Welles: inspirarse en la vida del magnate de la prensa sensacionalista William Randolph Hearst como eje de la historia, un ataque directo a uno de los poderes fácticos de los medios de comunicación yanquis que usó todos los resortes a su alcance para garantizar la marginación de Welles en el mundo del cine y obligarle a participar en películas menores, alejado de los grandes estudios. Particularmente doloroso le resultó a Hearst, vaya Usted a saber por qué, que el principal misterio de la película, la última palabra proferida por Kane antes de morir, “Rosebud” (”capullito de rosa”, más o menos), que en la película acaba siendo un trineo de juventud de Kane, correspondiera al apelativo familiar con que Hearst llamaba al clítoris de su amante, la actriz Marion Davis (y por cierto, ¿cómo se había enterado Orson Welles de algo así? Desde luego, le echó un par de huevos, pero no sabemos en qué sentido).
En fin, ¿es la mejor película en la historia del cine? Pues hombre, qué quieren que les diga, es una buena película, pero todo es cuestión de gustos, es muy complicado hacer frívolas clasificaciones con el arte, de hecho sólo en literatura me atrevería a decir que “El Quijote” es la mejor novela, pero claro, estamos hablando de un autor español (pese a lo cual tengo demasiada dignidad para intentar colarles alguna película española como número uno de la clasificación). Yo diría que es la mejor película de la historia del cine independiente, porque inaugura nuevas formas narrativas, porque es reivindicada sobre todo en Europa, porque desde luego su autor, Orson Welles, se convirtió en independiente a raíz de aquello, y porque fue un fracaso de público.
Orson Welles tuvo absoluta libertad para escoger a sus colaboradores, tener esto en cuenta es vital para analizar la película. Por un lado se apoyó en colaboradores que ya conocía, esto fue muy patente a la hora de escoger a sus actores, en su mayoría actores del Mercury Theater, su propia compañía, que tenían una experiencia nula en el cine pero que tenían la confianza de Wells (asimismo el que fueran inexpertos en el cine le daba confianza a Wells, ya que no verían sus errores e inseguridades). También contó con actores que no eran de su compañía, como en el caso del papel de primera esposa y en el de Susan Alexander. El principal beneficiado fue Joseph Cotten, su actuación de Leland, el mejor amigo de Kane, con su transformación física, le granjeó buena fama y se convirtió en un importante galán del cine en los 40 y 50. Otro colaborador, que por aquel entonces estaba fuera del mundo del cine, era el músico Bernard Herrmann, en aquella época trabajaba en la radio, Herrmann trabajó mucho los detalles minúsculos del sonido y la grabación se desarrolló de una forma inaudita, se grababa la música al mismo tiempo que se iban rodando los rollos, con ello se pretendía que la música estuviera totalmente integrada en la imagen, incluso el montaje de algunas escenas tuvieron que adaptarse a la música grabada. Todos sabemos que Bernard Herrmann terminaría siendo uno de los músicos más importantes, admirados y característicos del séptimo arte. Otro colaborador fue el guionista Herman J. Mankiewicz, este conocía personalmente a William Randolph Hearst, personaje en el que estaba básicamente basado el personaje de Charles F. Kane, lo que le proporcionó una incalculable base de datos personales para caracterizar al personaje. El guión fue reescrito en numerosas ocasiones, y Welles fue dándole su propia personalidad. Su estructura es circular, el inicio y el final están directamente relacionados tanto en la forma como en el fondo, la cámara se acerca a una mansión y los espectadores son los únicos testigos de cómo Kane dice su última palabra: Rosebud, asimismo al final los espectadores serán los únicos que conozcan el significado de la palabra y se volverán a alejar de la mansión. En la película nos encontramos dos hilos argumentales bien diferenciados: La aparente trama principal (la búsqueda del significado de Rosebud) y la aparente trama secundaria (la vida de un personaje carismático y soñador que embrutecido por el dinero y el poder se convierte en un ser inhumano, déspota y patético). La supuesta trama principal no es más que una excusa para que se desarrolle la trama secundaría, la que realmente interesa al autor y al espectador, es lo que Hitchcock llamaba un McGuffin. La trama de la búsqueda del misterio tiene un desarrollo lineal, aparte de tener una duración escasa en el metraje. La vida de Kane tiene un desarrollo fragmentado y subjetivo, construido a base de flashbacks, aquellas personas que conocieron al poderoso magnate nos van explicando como fue su experiencia. Con cada una de las entrevistas se da una visión diferente del protagonista, tanto porque van narrando con cierto orden cronológico el desarrollo del personaje como porque cada uno de ellos tiene una relación y una opinión distinta de Kane. Para que no nos perdamos en este complejo desarrollo de la trama, Welles monta, antes de que comiencen las entrevistas, un noticiario que resume brevemente la vida de Kane, narrándonos de forma simple y aparentemente inocente los "capítulos" de su vida que luego se desarrollarán subjetivamente. Para realizar este noticiario Welles copió el formato de los noticiarios cinematográficos "News of the world", las imágenes que daban una información más antigua de la vida de Kane debían estar en malas condiciones debido al paso del tiempo, así que Welles pisó el negativo para erosionar la imagen.
¿Cómo un inexperto pudo hacer una obra maestra? No todo debe imputarse a la genialidad, también tuvo mucho que ver que dispusiera del apoyo de gente con una importante experiencia en el cine y con ganas de probar cosas nuevas. Por ejemplo Perry Ferguson, director de arte, que trabajó muy estrechamente con Welles en la preparación de los decorados, a los que el director daba gran importancia, tanto por su experiencia teatral como por la importancia compositiva que adquirían debido a la profundidad de campo, el decorado se convirtió en uno de los principales medios para focalizar la atención de la vista del espectador (el principal fue la luz, pero de eso escribiré en breve). Otro detalle relacionado con los decorados es que es la primera película sonora en incluir techos en sus decorados, la aplicación continua de fuertes contrapicados (la cámara situada debajo de la imagen enfocada y fijada hacía arriba) y los angulares con profundidad de campo obligaron a su utilización, algo que no se hacía desde el cine mudo.
Para montar una historia de desarrollo tan complejo y (aparentemente) desordenado se requería la colaboración de un montador hábil y experto, labor que recayó en un joven Robert Wise, Welles tuvo un control total del montaje y supervisó directamente a Wise. Robert Wise terminó siendo un director de cine reconocido, dirigiendo entre otras "Ultimátum a la tierra", "Marcado por el odio", "West side story" y "Sonrisas y lagrimas".
Pero si a alguien se le atribuye una enorme influencia sobre el resultado final de "Ciudadano Kane", y casi me atrevería a asegurar al cine que realizó Orson Welles durante su carrera, ese es Gregg Toland, reputadísimo director de fotografía. Por aquel entonces acababa de triunfar al recibir un Oscar a la mejor fotografía por "Cumbres borrascosas", pero estaba descontento con la industria de Hollywood, ya que no le permitían desarrollar todas las ideas que tenía en mente porque eran demasiado novedosas. Parece ser que al enterarse de que a un provocador nato e inexperto le habían dado libertad total creativa, él mismo se propuso personalmente para realizarle la fotografía, por supuesto Orson Welles aceptó. La relación entre Toland y Welles era muy cercana a la de un maestro y su alumno aventajado, se reunieron frecuentemente y durante mucho más tiempo que el frecuente para preparar un largometraje, Toland le daba clases a Welles sobre luz, ópticas y todo lo que estuviera relacionado con la fotografía, fue en estas "clases" en las Toland fue introduciendo en Welles sus propias inquietudes, imágenes deudoras del expresionismo alemán (la sombra de F. W. Murnau es muy larga) con fuertes contrastes entre sombras y luces, la utilización de ópticas gran angulares, angulaciones muy pronunciadas (con gran peso de los contrapicados) y la característica visual más recordada de "Ciudadano Kane": la profundidad de campo. Toland ya había trabajado la profundidad de campo con John Ford con buenos resultados, pero quería llegar más lejos, todas las imágenes de "Ciudadano Kane" están supeditadas a la profundidad de campo, esto generaba nuevos problemas. Con las ópticas habituales era muy fácil controlar el centro de visión del espectador, solo había que enfocar lo importante y desenfocar lo superfluo, con la profundidad de campo todo queda enfocado, así que había que dirigir la vista del espectador hacia donde interesaba al director de otras formas más complejas y sutiles, optaron por realizar un elaborado trabajo de decorados (al verse el decorado en todo momento con total claridad, este tiene una importancia incluso mayor que en la mayoría de películas), también optaron por dar una gran importancia al desarrollo de luces y sombras, tanto a nivel dramático como narrativo, el ejemplo más claro lo encontramos en "Xanadu", la enorme mansión/castillo en la que Kane pasa sus últimos años, las sombras son inteligentemente usadas para hacer ver que las habitaciones del castillo son mucho más grandes de lo que realmente son los propios decorados donde se esta rodando, esta utilización de luces y sombras, de grandes angulares, etc...se convertirían en una constante en el cine de Welles, uno de los directores más barrocos y retorcidos de la historia del cine.
Pero tampoco hay que exagerar el poder de influencia que pudieran tener sobre Welles, la película responde plenamente a sus inquietudes: por ejemplo su tendencia a los planos largos, en ocasiones rozando el plano secuencia, huyendo deliberadamente de las relaciones plano contraplano, esto quizás pueda tener alguna relación con los orígenes teatrales de Welles, cuantos menos cortes más libertad y linealidad tiene la actuación del actor, pero los planos largos son muy complejos, requieren ser preparados detalladamente, otra de las características del cine de Welles. Incluso la influencia que pudo tener Toland en esa visualización expresionista es discutible, o como mínimo matizable, Welles en su juventud rodó un cortometraje directamente influenciado por "El gabinete del Doctor Caligari", la película más expresionista del expresionismo alemán. Además hay que considerar que toda su filmografía esta trufada de numerosas características netamente expresionistas: Interpretaciones excesivas, personajes atormentados, contrastes de luces y sombras muy marcados, posicionamientos de cámara imposibles,...

lunes, agosto 09, 2010

Todo es según el color del cristal con el que se mira

Me gustaría comenzar los post de 2010 con una reflexión sobre otro siglo: hace ya más de 5 años que la saga de Star Wars llegó a su fin. Treinta años después de la proyección de “Star Wars 4: Una nueva esperanza”, George Lucas, por fin, estrenó el tercer episodio, tal vez el más esperado porque era el que conectaba ambas trilogías con la aparición definitiva del personaje más emblemático de la serie: Darth Vader. Treinta años de merchandising, figuritas, programas de dibujos animados y toda una batería de chorradas que iban entreteniendo a los fans más enloquecidos que se desvivían por adivinar cuál sería la historia de los personajes de sus sueños. Una casi que se alegra de que no existiera internet en los años 80, porque el bombardeo de foros de comentarios y análisis sobre Star Wars habría sido aún más insoportable, dado que los fans siempre piden más. Ya quieren más películas, más detalles, más horas para las ediciones en DVD. Pero todo tiene un final, y Lucas ya ha anunciado que no concibe ni una peli más sin Darth Vader, con lo que echa el cerrojo a la realización de las películas, pero no al negocio, por supuesto.

Como Star Wars es, efectivamente, la historia del malo de la máscara con voz de Constantino Romero, la expectación que se formó ante el episodio tres fue máxima. También es justo decir que con un resultado satisfactorio, por cuanto éste despeja cualquier duda que pudiéramos tener sobre el producto. A pesar de que George Lucas quiso enredarlo todo, hablando de república, imperio, democracia y palabritas así en una historia para niños y post-adolescentes en la treintena, el mensaje no podía estar más claro: la “Guerra de las Galaxias” habla de la necesidad de recuperar la Fe en estos tiempos oscuros de materialismo y pérdida de valores. No resulta extraño que todo el desarrollo de la saga haya coincidido (año arriba año abajo) con el pontificado de Juan Pablo II, preocupado especialmente por la vuelta a los valores de la paz, la tradición y la familia. El estreno del episodio tres dos meses después del fallecimiento del papa polaco, para mí, supuso un merecidísimo epitafio de homenaje a su obra.

Lo que cuenta George Lucas es, de hecho, una proyección de estas ideas. El universo de Star Wars se desarrolla en una galaxia muy, muy lejana, hace mucho, mucho tiempo. Esta galaxia está gobernada por un sistema democrático, esto es, un bichejo, un voto, defendido por unos personajes muy peculiares: los llamados caballeros Jedi. Éstos son unos fanáticos religiosos, que practican el celibato, y que están siempre preocupados por la transmisión de su fe, a la que bautizan con el nombre de “la fuerza”. Como cualquier fanático religioso que se precie, los Jedi se arrogan continuamente una irritante superioridad moral sobre el resto de criaturas vivas, a las que miran con condescendencia porque consideran que, de no ser por ellos, todos los bichos del espacio acabarían en cualquier momento a tortazo limpio, con el consecuente derrumbe de la estabilidad política de la galaxia. Pero corren malos tiempos para los Jedi, por un problema bastante serio: la falta de vocaciones religiosas entre los jóvenes hace que sus creencias cada vez cuenten con menos adeptos. Es por ello que deciden embarcarse en lo que llaman “misiones”: consisten en explorar planetas tercermundistas y analfabetos para captar a niños a los que compran a sus padres con la esperanza de darles un futuro digno. Como, a pesar de todo, la cosa está tan mal, los Jedi no se paran a discriminar si los niños tienen aptitudes o no, y cogen al primero al que convencen. Y ahí arranca el problemón para ellos: compran a un niño insoportable, Annakin Skywalker, al que todos ven como un cabroncete problemático, pero se lo quedan porque no están los tiempos de ateísmo como para andarse con remilgos.

Annakin es un niño tonto, cuya única inquietud son las carreras de coches. A fuerza de mimos por parte de los Jedi, se convierte en un arrogante. Pero en su arrogancia está su independencia: Annakin no soporta la educación empalagosa de los Jedi y, poco a poco, se va distanciando de ellos. Comprende que los Jedi tienen sometida a toda la galaxia con su visión clasista y su mantenimiento de la ignorancia en la población. A un Jedi no le interesa que todo el mundo acceda al conocimiento pleno de “la fuerza”, para conservar así su posición privilegiada en la sociedad. Los Jedi controlan, además, el Senado con un chantaje basado en la amenaza de sus poderes. Están ahí velando que todo esté siempre atado y bien atado.

En éstas que surge un senador que entiende que las cosas así no funcionan bien: el senado no resuelve los problemas de la gente, y la intromisión de los Jedi en la vida pública no es más que una injerencia de la religión en los asuntos de gestión política, por lo que se decide a tomar cartas en el asunto. La propuesta de Palpatine es sencilla: hagamos un gobierno que gestione con eficacia, que mantenga la paz y que abogue por la prosperidad sin hacer caso a la religión. Su punto débil (que se verá en los episodios cuatro, cinco y seis) es la tibieza con que el socialdemócrata Palpatine trata a los grupos terroristas, permitiendo que un ridículo grupo de rebeldes (capitaneado por un niñato y por un contrabandista de poca monta) acabe con su orden social. La expresión estéril de su poder en muy contadas ocasiones (como la destrucción de un planeta inofensivo con el rayo de la Estrella de la Muerte) no es más que una muestra de debilidad y permisividad.

No descubrimos nada nuevo si señalamos que la trilogía original promovía valores como el individualismo, el escepticismo ante la tecnología, la defensa de la fe frente a la razón, la vida rural y campestre y el valor de la familia. Lo que viene a desvelar este episodio tres es la intromisión, más que nunca, de la religión en los asuntos de la república. Los Jedi no creen en la justicia ni en el Estado de Derecho, y eso se muestra cuando uno de ellos (Windu) está a punto de matar a Palpatine porque cree que si lo entrega a la justicia, quedará libre. Así, Palpatine no instaura un régimen de terror en su población: la única medida de reajuste que propone es la eliminación de los Jedi, e incluso hace la vista gorda y permite que varios de ellos se busquen un exilio en el que pasar sus últimos años de vida en paz y tranquilidad. Las muestras de afecto de Palpatine son, además, sinceras. Se preocupa de verdad por su pupilo, e incluso acude personalmente en su ayuda cuando está en apuros y cuando un individuo le ha dejado agonizando y quemándose vivo. ¿Quién ha sido esa alimaña que ha dejado a Annakin en tal estado? Pues un Jedi, por supuesto, Obi-Wan, su maestro para más inri. Menuda espiritualidad y profesión de fe, dejar a un amigo tuyo gritando de dolor y sin prestarle la más mínima ayuda.

La excusa que esgrimen los Jedi es la de “te has pasado al lado oscuro de la fuerza”. El “lado oscuro” no es más que una derivación de su propia religión que ellos consideran herética simplemente porque no comulga con el modo de vida Jedi. Annakin asegura que quiere conocer el lado oscuro para aprender, y para que sus enseñanzas no se queden reducidas a las lecciones interesadas proporcionadas por los Jedi. Es muy elocuente Palpatine cuando le insiste en que lo más valioso es el conocimiento, y que no debe renunciar a él sólo por las supersticiones inculcadas por los Jedi. En el fondo, el conflicto entre los Jedi y los Sith está en la incomprensión de los primeros hacia los segundos. Un choque de civilizaciones basado en la intolerancia.

Darth Vader y Palpatine llevan a cabo, desde su alianza, un ingente esfuerzo por ordenar los desaguisados de una república vigilada. Porque, como dice Padmé, eso no es democracia ni es nada. Si hay un grupo de fanáticos religiosos armados que siguen de cerca los movimientos del senado con reuniones secretas en las que deciden sus apoyos, la república está condenada al fracaso. Lástima que George Lucas opte por invertir los papeles y presentar a los Jedi como los buenos, cuando son los más incompetentes, traicioneros y dogmáticos de todos, adoradores del poder y traicioneros donde los haya. Con esta tercera entrega, vemos ya, de una manera definitiva, toda la saga con distintos ojos. No hay un final feliz en Star Wars, sino el triunfo del oscurantismo y la derrota de la razón. Seguro que Benedicto XVI aplaude el mensaje ideológico de la Guerra de las Galaxias. Porque esa galaxia es un ejemplo para nuestro pequeño mundo, tan necesitado de verdades fundamentales y absolutas.

jueves, noviembre 05, 2009

Agónico

De nuevo, superados los últimos acontecimientos que me tenían más centrada en el trabajo que en el placer, vuelvo a la carga. Y es que la ocasión, lo merece. Javitxu, cuando leas esto, que sepas que va por ti!! Vivimos un otoño invadidos por películas sin ningún tipo de interés cinematográfico llenando nuestra cartelera pero…cuál súper héroe, salido de quiénsabedónde, aparece, una vez más, el nuevo icono de la progresía posmoderna, el ídolo de los pijoprogres, es un avión, en un pájaro, no…es: Alejandro Amenábar.
Y es que, a estas alturas, es más una obviedad que una hipótesis, que el cristianismo destruyó el Imperio Romano. Roma sobrevivió apenas sin inmutarse a la enorme crisis de legitimidad imperial del siglo III, con sucesivos emperadores que iban siendo asesinados por sus sucesores, pero no pudo sobrevivir a la disyunción de la legitimidad entre emperadores y obispos, al buenísimo fanático cristiano y, en particular, al afán por acaparar cargos y prebendas que desde un principio caracterizaría a los cristianos en el poder, ese “quítate tú para ponerme yo” tan propio del cristianismo.
Comento esto porque una dando, contra sus propios principios, una nueva oportunidad a Amenábar, por aquello del tema, esperaría que una película sobre Hipatia, y sobre la destrucción de la biblioteca de Alejandría por parte de los cristianos, una película que se vende a sí misma como una virulenta y “valiente” crítica a la intolerancia, fuese mínimamente dura con la Cristiandad.
En lugar de eso y, como no podía ser de otro modo, se nos ofrece una película sorprendentemente complaciente con el cristianismo, que deja claro, por una parte, que los cristianos provenían de las clases bajas, los desposeídos, los depositarios de lo que de fervor revolucionario pudiese haber en el Imperio Romano; por otra parte, según se nos explica los cristianos se limitaban a responder a la provocación previa del paganismo, según la siguiente secuencia: los cristianos hacían alguna inocente bromilla a los paganos o a los judíos, éstos respondían de forma desmesurada, con una matanza, y los pobres cristianos, que a fin de cuentas eran más, y en una demostración, adicionalmente, de que Dios estaba con ellos, pues contestaban a la agresión como buenamente podían y oye, si se llevaban a unos cuantos paganos por delante qué se le iba a hacer, ellos se lo habían buscado. Por último, queda claro que, tarde o temprano, e indefectiblemente, casi todo el mundo acababa convirtiéndose al cristianismo, y digo yo que sería porque creían en la Resurrección y todo lo que ésta llevaba aparejado, ¿no? ¿O vamos a insinuar, a estas alturas, que la gente se convertía al cristianismo por conveniencia, por cicateros motivos materialistas? Por último, el único milagro digno de tal nombre que aparece en toda la película es realizado por un exaltado cristiano, que, cual Jesús en el lago Tiberíades, pero adaptado y mejorado, camina por encima de las llamas sin inmutarse (mientras que un émulo pagano, puesto que Dios no está con él, arde en la hoguera).
Frente a todos estos hechos incontestables, Amenábar se afana en mostrar lo malos que son los cristianos, así en general, y cómo destruyeron un mundo anterior que era, naturalmente, de puta madre, un mundo de tolerancia religiosa y afán por el saber científico. Un mundo que, por supuesto, y si Amenábar se hubiese documentado algo y no se hubiese limitado a soltar cuatro tópicos lo sabría, llevaba siglos desaparecido en lo que se refiere al saber científico.
Pues, si bien la tolerancia y el integracionismo de toda clase de cultos y deidades fueron siempre consustanciales al Imperio Romano (razón por la cual el cristianismo nunca encajó muy bien en el Imperio, dadas su fundamental intolerancia y cerrilismo que aún hoy lo definen), desde luego es vender una cabra muy grande la venta de humo que hace Amenábar en la película, en plan “mirad cómo los cristianos destruyeron la sabiduría del mundo antiguo”. Esto podía ser cierto en el período helenístico anterior al ascenso de Roma, pero no durante el Imperio, caracterizado precisamente por la parálisis y el desinterés por la ciencia y la técnica más allá de lo aprendido siglos antes de los griegos.
Pongamos un poco de orden: la clave no es si hay una religión o muchas; la clave es si se hace algún caso a la religión, si la religión ostenta algún poder social o está afortunadamente arrinconada. En el contexto del Imperio Romano, con o sin cristianismo, Hipatia era, claramente, la excepción, y no la regla (y bueno, sí, el ascenso del cristianismo exterminó todo interés por el saber científico hasta que las sociedades bajomedievales lograron medio desembarazarse de los curas, pero ¿acaso habría ido mejor la cosa sin cristianismo? ¡Cuánto daño ha hecho la marcha de César Vidal de la Cope, ya nadie le escucha y sus revolucionarios postulados históricos caen en saco roto!).
Como, por otro lado, de Hipatia no se sabe prácticamente nada, salvo que era una tía de puta madre y que se la cargaron los cristianos de forma particularmente asquerosa (la desollaron viva utilizando afiladas conchas marinas, la descuartizaron y quemaron sus restos), Amenábar tiene un terreno fértil para inventárselo absolutamente todo, incluyendo un hipotético redescubrimiento del heliocentrismo de Aristarco de Samos por parte de Hipatia. Inventa tanto Amenábar que incluso se inventa las únicas cosas que sabemos de ella:
1.- su muerte, que en la película queda considerablemente aligerada (en un nuevo ejemplo de implícito descargo de las culpas del cristianismo).
2.- Hipatia murió con 60 años, que en aquella época la acercarían más a la imagen de un Sócrates mujer, que a este pimpollo, formal pero deseable, parca pero apetecible, asexuada pero cachonda. Sí, la descafeinada científica, que parece desarrollar sus razonamientos geniales con el Quimicefa o auxiliada con un libro de los “Jóvenes Castores”, toma el cuerpo de una treinteañera en edad de merecer y no es la efigie de la venerable anciana que debía ser, y que haría inteligible su papel en aquella historia, y su ascendente sobre tan altos mandatarios.
Puestos a inventar, lo más divertido de la película es, sin duda, la no-historia de amor de Hipatia, consagrada a la ciencia, con Orestes, uno de sus alumnos más aventajados, y que acabará convirtiéndose en prefecto de Alejandría. Orestes, el pobre hombre, intenta todos los recursos habidos y por haber para ligársela: primero el clásico acercamiento de macarra de bar; cuando esto falla, y en lo que es, sin duda, el momento más gay y más ridículo de toda la película, Orestes intenta ganarse a Hipatia demostrándole su lado sensible y se pone a tocar la flauta ante un montón de espectadores en el teatro de Alejandría. Orestes, que había hecho un Rodríguez Zapatero con la flauta (aprendió en un par de tardes), toca fatal, como el culo, un desastre, pero incomprensiblemente todo el público le aplaude a rabiar, en lo que no sabemos si es un ejemplo del poderío de los ricos en el mundo antiguo, con todos sus conciudadanos dispuestos a loarles, o de indulgencia metrosexual con “el pobre chaval, que está enamorao” (y no sea que no le aplaudamos y se ponga a tocar de nuevo).
Pues bien, cuando la música, comprensiblemente, también falla, Orestes, inasequible al desaliento, vuelve a la casilla de salida y se presenta como el machito violento que las nenas desean que sea, coge un gladium y se dispone a acabar con todos los cristianos que se le pongan por delante. Pero, como la virilidad no está reñida con la nobleza, sino que, bien al contrario, ambas se necesitan y alimentan mutuamente, Orestes también ejerce su magisterio para proteger a los discípulos cristianos de Hipatia del odio de sus correligionarios paganos.
Tanto esfuerzo es, de nuevo, infructuoso, así que a Orestes sólo le queda el último recurso: hacerse pasar por amigo de Hipatia, dejar que pasen los años en un silencioso acoso, y ver si suena la flauta (la metafórica, no la que toca tan horriblemente mal), ora por insistencia, ora por encantamiento de Hipatia ante el poder de Orestes, ya prefecto de Alejandría cuando nos los volvemos a encontrar, años después del primer –y último- choque de trenes entre paganos y cristianos, saldados con la victoria del cristianismo en la ciudad y su apropiación de la mítica Biblioteca de Alejandría (que los cristianos destruyen y convierten en un corral de cabras, en una nueva metáfora sutil de Amenábar). Hipatia ha logrado colocar a sus discípulo en puestos de poder (no sólo Orestes, sino que también tiene por ahí a un nauseabundo curilla como obispo de Cirene, primera colonia griega en Egipto, al oeste de Alejandría), pero la ola procristiana es de tal magnitud que se lo lleva todo por delante, también a Hipatia, ante la impotencia de sus supuestos protectores.
En resumen: ¿está bien la película? Pues por mi parte, me pareció un truño infumable y pretencioso. Por un lado, está claro que se trata de una película que se diluirá cual azucarillo en el DVD, dado que sus virtudes se acumulan, casi todas ellas, en el plano visual, con espectaculares imágenes de Alejandría, y en la caracterización histórica, tan bien hecha que la película no parece española. Por otro lado, la historia es bastante floja, efectista y falaz. Queda claro que Amenábar quería soltarnos otra parábola moral tan de su gusto, liviana a la par que previsible. Y la parábola funciona como funcionaría una película de Michael Moore: convenciendo a los ya convencidos y sin cambiar un ápice la opinión de nadie. Pero, por último, estamos hablando de Alejandría, de meterse con los cristianos, y del Imperio Romano (aunque el Imperio, propiamente dicho, sale más bien poco), tres factores que toda persona de bien tendría que sopesar cuidadosamente. Además, creo que Amenábar debía haber sido más sincero en el tratamiento de este telefilm, digo… película: tras él éxito cosechado con el hijo, debería haber dado ahora una oportunidad a la madre: la gran musa de nuestro cine y de nuestra SGAE, Pilar Bardem tendría que haber sido Hipatia, en aras de la credibilidad histórica. Si le preocupaba el hecho de que actriz tan amojamada no atrajese a un público hormonalmente revuelto, con hacer la película a través de flash-backs (recurso poco trillado) donde la mostrase en una infancia lejana y voluptuosa, no hacía falta contratar a la Weisz, la misma Elsa Pataki podría haber dado la réplica: ya me la veo a cuatro patas, en la arena, explicando a Euclides la Cuadratura del Círculo… todo hubiese quedado perfectamente alicatado.
En fin, que si os apetece verla, allá vosotros, en conclusión, mucho mejor hacerlo en el cine que más adelante.

domingo, septiembre 06, 2009

El buen pastor

Hace ya varios fines de semana, de esos que lo único que apetece es apachurrarse en el sofá y dedicar el tiempo a ver pelis y a recuperar, si es que es posible, la salud mental y física que me está quitando el trabajo y, a modo de katarsis, elegí “El buen pastor” como vía.
Así es. El aspecto primordial por el que destaca esta película es por su ritmo, unánimemente calificado por quienes no les ha gustado el film como angustiosamente lento y, de propina, como una narración liosa por los flashbacks, recurso cinematográfico propio de progres, gafaspasta y demás gente que van de listos “porque no follan”. Todas las personas que sostienen este tipo de argumentos sobre El Buen Pastor merecen ser deportadas a Treblinka. La película es larga como una semana sin fútbol, pero en ningún momento aburre a las oropéndolas porque, constantemente y de forma muy directa, va soltando información. Los personajes son abundantes y desfilan por cuatro líneas de investigación distintas: la infancia y juventud del protagonista, la II Guerra Mundial y meses posteriores, la preparación de Bahía de Cochinos y la consumación de la cagada de invasión y búsqueda de los chivatos que la malograron. En este sentido, parece mentira que la gente se queje de los saltos de una época a otra y al mismo tiempo de que la película es lenta. Digo yo que el problema sería si fuese rápida, que no te enterarías de nada. Pero no, el pueblo lo quiere todo, que como ovejas se les lleve por la cañada real, que no es tortuosa, y a buen ritmo, que no les gusta estar parados porque se aburren.
Lo cierto es que es imposible aburrirse si uno, tranquilamente, va atando los cabos que se le están planteando. No es un enredo indescifrable. Todo va cayendo por su propio peso. No hay que haber leído a Cortazar, ni escuchar a Prokófiev, ni recitar a Góngora. Pero qué se le va a hacer. En cualquier caso, si por algo renquea la película, que a todas luces se ha filmado con intención de marcar un hito cinematográfico, es por no lograrlo. Puesto que determinadas situaciones o relaciones entre personajes no poseen la suficiente intensidad como para entusiasmar al espectador como en todo buen peliculón de treinta mil pares de cojones que se precie. Aunque en su descargo hay que señalar que Matt Damon, el protagonista, está interpretando a una especie de autista que no dice palabra ni aunque le pillen los huevos con dos motorolos de 1991, cosa que extralimita las posibilidades de la obra, claro está.
El Buen Pastor es también una película de espías altamente novedosa. En primer lugar porque en ella no aparece Michael Caine. “Y ahora sale Michael Caine” lo adelantará en vano su cerebro cada cuarto de hora. Pero no, no sale el cabrón. A esta gran pérdida hay que añadirle el cambio de formato: la película no va de espías, sino más bien de funcionarios. No aparece aquí el típico espía que escapa por el alcantarillado de Barcelona de un Cobi que regala globos a los niños pero que resulta que es un agente del KGB al que el protagonista da muerte con un chicle-bomba que le dio un talibán en Yemen a cambio de una funda de cuero y terciopelo para llevar los dátiles de la merienda con un poco de estilo y caché. Encontraremos, por el contrario, a tipos grises, sin gracia, mileuristas y, en el caso del protagonista, hosco, adusto y vinagre a más no poder.
Resulta sorprendente que toda la pasta que Robert De Niro ha ganado últimamente con sus películas alimenticias, se la haya gastado en comprar en una subasta las gafas glam setenteras de Elton John, ponérselas a Matt Damon y rodar una especie de historia de la CIA. Sobre todo porque la cosa al final le ha salido por 85 millones de dólares -aproximadamente la mitad de lo que ha costado el Hospital San Pedro de Logroño, que será uno de los más modernos de España, y unas siete toneladas de zapatos para Elton- que tal vez sea demasiado para un film sin naves, explosiones o mujeres en cueros. En todo caso, el resultado final puede que no sea el esperado por los que han aforado, pero qué duda cabe de que se trata de una buena película en la que se muestra lo perra e inquietante que es la vida en los servicios secretos. Tiene su rollito de trascendencia existencial en la relación paterno filial de Matt con su padre, con su justicia poética a gusto de la interpretación del consumidor, una intriga bien lograda y lo más bonico, a mi juicio, que es el heroísmo kantiano del protagonista, que llegado el momento hace lo que tiene que hacer diga lo que diga la socialdemocracia o su portera.
La elección de Matt Damon como protagonista es uno de los puntos más conflictivos de la cinta ¿Lo hace bien? ¿mal? ¿regular? Cuesta creerse a un jefazo de la CIA con esa sonrisa Melrose Place, pero como no sonríe nada más que al principio, cuando sale vestido de mujer, tampoco da a lugar poner el grito en el cielo por el chico. Y de ser mala designación la suya, no sería el único punto débil, tanto personaje al final sí puede hacer que se te olvide alguno y no lo reubiques al final, cuando se forjan los destinos, por no hablar de lo contrario, es decir, otros, como Joe Pesci, haciendo de mafioso en un paso atrevidísimo en su carrera, sólo están para tomarse un té con Matt cuando se supone, o lo pide la lógica del espectador, que deberían entrar más en litigio ¿o si no para qué salen? ¿Para pellizcar el presupuesto? A ver si va a resultar De Niro un buen político pepero para Baleares. Otros, por su parte, como Fernando Torres, están que ni pintados en el papel de niño triste e inseguro que no trae más que desgracias. El acierto ahí es de Oscar. Una mano limpia a la otra, pensará Robert.
Chuflas en el guión a mi me salen tres o cuatro. Pero no son de alcance y una, por lo menos, se debe a que pasan de entrar en el asunto, aunque se hubiera agradecido. No abundaremos sobre ello para no desvelar media película. Así que, en resumen, señores, que no, que El Buen Pastor no es una puta mierda.
“El buen pastor” es una gran película. La prueba es que (aunque he de aclarar que yo esto lo digo desde la convicción moral que me proporciona que no se me hiciera larga en ningún momento) una está encantada de la vida a pesar de los fallos a la hora de explicar algunas cosas, de la planicie de los personajes, de que Angelina Jolie no esté guapa, de que no se explote el filón cinematográfico que es la homosexualidad reprimida de la familia del protagonista que sólo sale a la luz en la tercera generación y los trastornos que supone en su vida personal y profesional este terrible secreto (especialmente cómo el último miembro de la saga, ya más liberado psicológicamente del sentimiento de culpa, pierda la autocontención que llevó a sus ancestros a una nunca bien ponderada prudencia), de que no se entienda nada sobre el carácter secreto de una sociedad que poco más y tiene como miembros a todos los que se cruzan por la calle con el protagonista…
Creo que esta película tiene la estructura de una tragedia griega, y de lo que trata en realidad (el rollo del espionaje y la CIA es para despistar) es del viejo tema de la inexorabilidad del destino.
Tal y como veo yo la película, el autismo del protagonista, así como su carrera profesional y vida personal (si es que a lo que tiene ese pobre hombre se le puede llamar vida personal, o simplemente “vida”) deriva del trauma que le crea la muerte de su padre. Minutos antes de descerrajarse un tiro en la nuca, el tipo le larga un espích que ni el Magistral de Vetusta acerca de las horrísonas consecuencias que puede acarrearle a uno la mentira. Si mientes te morirás viejo, pobre y solo, y tú cadáver será devorado por tus gatos en el frío suelo de baldosa hidráulica de tu vivienda de protección oficial de Orcasitas, le dice el padre, ejerciendo aquí de Casandra. Y a continuación, sin tener siquiera la decencia de esperar los cuatro minutillos que hacían falta para que el chaval se fuera al jardín y no presenciase el espectáculo, va y se mata. Como para no tomárselo en serio.
A partir de ahí, Matt lo pone todo de su parte para evitar el horrible futuro que le han vaticinado. Así, se ve compelido a prescindir por el resto de sus días del don de la palabra (de boca cerrada no salen moscas) e incluso del uso de los músculos faciales (que ya se sabe que los ojos y gestos pueden ser también muy mentireiros), aterrorizado ante la idea de que si habla, igual se le escapa alguna pequeña trola o exageración, iniciándose así de forma imparable la secuencia de acontecimientos que lo conducirán a la miseria existencial total que le han predicho.
Creo que es ese mismo miedo el que le empuja a echarse una novia sorda, (y una amante en el camino, a la que él cree sorda, como alimento para sus filias, y que resulta ser una espía alemana, además de tener una mujer, en el fondo, sorda) anticipándose probablemente a hipotéticos momentos de debilidad y caída en la tentación. Si alguna vez miento, parece decirse el protagonista, al menos esta tía no me oirá, que casi, casi es como no mentir. Por otro lado parece que el chico ya se barruntaba que terminaría trabajando en esto del espionaje, y no se me ocurre mejor esposa para un espía que una sorda, obligada por naturaleza a la discreción.
…y es que ser espía es duro y sobre todo, solitario.
En este sentido, la película se beneficia de una realización que bordea el estilo oriental. Los silencios son más significativos que los diálogos, las miradas valen más que las palabras, los actos siempre se imponen a las palabras. Un guión pausado, muy milimetrado, perdedor y que requiere la atención casi permanente del espectador. Una muy buena dirección de fotografía con planos muy bien iluminados, un montaje al uso y un reparto de lujo que no defrauda. Angelina Jolie muestra una elegancia superior a la apreciada en sus últimas películas y encarna al único personaje que imprime emoción a una película deseadamente fría…enhorabuena. Bobby!!

martes, enero 13, 2009

The Spirit (2ª parte)

Pero existe otro aspecto no menos importante que el anterior. Y es que el referente, la fuente de la película es el cómic de Will Eisner. Un poquito de Wikipedia: The Spirit es la criatura que desarrolló Eisner en los años 40 y principios de los 50. A lo largo de una larga serie de historias auto conclusivas de siete páginas, el protagonista era un justiciero enmascarado que se enfrentaba a Octopus, un malo maloso que cometía sus fechorías en Central City, trasunto de Nueva York. Con esta premisa tan sencilla, Eisner explotó todas las posibilidades del medio, hasta el punto de que pronto Spirit dejó de ser siquiera un personaje importante en su propia serie. Las historias le servían a Eisner para jugar con el lenguaje del cómic, para experimentar con la composición de página, con las viñetas, la rotulación, etc…, y también para ofrecer un retrato de la sociedad neoyorquina de los años 40. Al final, en la serie, los secundarios protagonizaban las historias, y los personajes principales se quedaban como meros espectadores de las distintas vivencias de los habitantes de la ciudad. A este respecto, uno de los relatos más memorables de Eisner era “La historia de Gerhard Shnobble”, en que reflexionaba sobre los sueños, angustias y frustraciones del neoyorquino medio.
Con The Spirit (y también con sus obras posteriores), Eisner se estableció como el gran referente del cómic. Supo abrir nuevos horizontes expresivos y para ello se sirvió fundamentalmente del cine. Una de sus principales influencias fue el cine de Orson Welles, y, de hecho, Welles aparecía caricaturizado a modo de homenaje en una historia de The Spirit, en la que se le cambiaba el nombre por el de Awsome Bells. Es por todo lo anterior que la adaptación al cine del cómic de Eisner suponía, por concepto, una vuelta de tuerca en ese juego que quiere articular Miller al respecto de las especificidades de ambos lenguajes. Y aquí ha chocado con la crítica especializada. Porque una cosa es que las adaptaciones se hagan sobre tebeos de superhéroes, y otra muy distinta es que alguien decida tocar una de las obras más reverenciadas de la historia del tebeo. Los puristas se han escandalizado porque, ¡Dios mío!, no parece una película de Eisner. Es decir, no parece una película de Orson Welles de los años 40. Yo creo sinceramente que cuando se hacen estas críticas, uno no se detiene a mirar que el calendario ya marca 2009. Es decir, que el calendario marca que el cómic de Eisner, por muy moderno que sea, se dibujó hace 60 años, y que en este tiempo han cambiado muchísimas cosas, desde las técnicas de producción cinematográfica hasta los hábitos de consumo de los espectadores. Adaptar no significa copiar. Según algunos amigos expertos, el cómic de Eisner está muy bien, pero desde mi óptica, el proceso de diálogo que supone cualquier ejercicio de adaptación comporta una conversación entre dos partes, en la que la parte que está situada en 2009 tiene mucho que decir. Adaptar The Spirit siguiendo al pie de la letra el estilo de Eisner habría sido tan absurdo como hacer un remake de Casablanca con un actor igual a Bogart y de nuevo en blanco y negro.
Es, por ello, encomiable el esfuerzo de Miller. Sin embargo, la película resulta absurda, aburrida en exceso, fallida, incompleta y disparatada. Porque se trata de una propuesta primigenia que aún habría de cuajar para acabar de entender el proyecto que Miller quiere edificar como cineasta. Tampoco hay que concluir que el futuro del cine tenga que pasar por Miller, pero me resisto a denigrar del todo un producto que presenta de una manera intencionada las limitaciones que todo el mundo le ha achacado. Miller no ha adaptado, en el sentido más tradicional y retrógrado del término, una obra de Will Eisner. Al contrario: ha cogido unos personajes de Eisner, ha prescindido de otros (esto ni lo tuve en cuenta al ver al peli, básicamente, por absoluto desconocimiento, no aparece Ebony.), ha retocado a algunos (se le ve la cara a Octopus… ¡y es negro!) y, para remate, la imperdonable jugarreta de colarnos con calzador a la inefable Paz Vega. Con este proceso, ha creado su propio Spirit, en una película que profundiza en las formas apuntadas en Sin City, y a la espera de los nuevos derroteros que ha de tomar su cine en el futuro. El resultado es, es esta ocasión, y por decirlo de un modo suave, discutible, pero más discutibles son los resultados de Lars von Trier y a todo el mundo le parece estupendo. Y la verdad, puestos a elegir, Miller, al lado del danés, resulta la mar de elegante. Por lo menos no disimula sus experimentos bajo una tela de fisnas intelestualisdas.