Pero existe otro aspecto no menos importante que el anterior. Y es que el referente, la fuente de la película es el cómic de Will Eisner. Un poquito de Wikipedia: The Spirit es la criatura que desarrolló Eisner en los años 40 y principios de los 50. A lo largo de una larga serie de historias auto conclusivas de siete páginas, el protagonista era un justiciero enmascarado que se enfrentaba a Octopus, un malo maloso que cometía sus fechorías en Central City, trasunto de Nueva York. Con esta premisa tan sencilla, Eisner explotó todas las posibilidades del medio, hasta el punto de que pronto Spirit dejó de ser siquiera un personaje importante en su propia serie. Las historias le servían a Eisner para jugar con el lenguaje del cómic, para experimentar con la composición de página, con las viñetas, la rotulación, etc…, y también para ofrecer un retrato de la sociedad neoyorquina de los años 40. Al final, en la serie, los secundarios protagonizaban las historias, y los personajes principales se quedaban como meros espectadores de las distintas vivencias de los habitantes de la ciudad. A este respecto, uno de los relatos más memorables de Eisner era “La historia de Gerhard Shnobble”, en que reflexionaba sobre los sueños, angustias y frustraciones del neoyorquino medio.
Con The Spirit (y también con sus obras posteriores), Eisner se estableció como el gran referente del cómic. Supo abrir nuevos horizontes expresivos y para ello se sirvió fundamentalmente del cine. Una de sus principales influencias fue el cine de Orson Welles, y, de hecho, Welles aparecía caricaturizado a modo de homenaje en una historia de The Spirit, en la que se le cambiaba el nombre por el de Awsome Bells. Es por todo lo anterior que la adaptación al cine del cómic de Eisner suponía, por concepto, una vuelta de tuerca en ese juego que quiere articular Miller al respecto de las especificidades de ambos lenguajes. Y aquí ha chocado con la crítica especializada. Porque una cosa es que las adaptaciones se hagan sobre tebeos de superhéroes, y otra muy distinta es que alguien decida tocar una de las obras más reverenciadas de la historia del tebeo. Los puristas se han escandalizado porque, ¡Dios mío!, no parece una película de Eisner. Es decir, no parece una película de Orson Welles de los años 40. Yo creo sinceramente que cuando se hacen estas críticas, uno no se detiene a mirar que el calendario ya marca 2009. Es decir, que el calendario marca que el cómic de Eisner, por muy moderno que sea, se dibujó hace 60 años, y que en este tiempo han cambiado muchísimas cosas, desde las técnicas de producción cinematográfica hasta los hábitos de consumo de los espectadores. Adaptar no significa copiar. Según algunos amigos expertos, el cómic de Eisner está muy bien, pero desde mi óptica, el proceso de diálogo que supone cualquier ejercicio de adaptación comporta una conversación entre dos partes, en la que la parte que está situada en 2009 tiene mucho que decir. Adaptar The Spirit siguiendo al pie de la letra el estilo de Eisner habría sido tan absurdo como hacer un remake de Casablanca con un actor igual a Bogart y de nuevo en blanco y negro.
Es, por ello, encomiable el esfuerzo de Miller. Sin embargo, la película resulta absurda, aburrida en exceso, fallida, incompleta y disparatada. Porque se trata de una propuesta primigenia que aún habría de cuajar para acabar de entender el proyecto que Miller quiere edificar como cineasta. Tampoco hay que concluir que el futuro del cine tenga que pasar por Miller, pero me resisto a denigrar del todo un producto que presenta de una manera intencionada las limitaciones que todo el mundo le ha achacado. Miller no ha adaptado, en el sentido más tradicional y retrógrado del término, una obra de Will Eisner. Al contrario: ha cogido unos personajes de Eisner, ha prescindido de otros (esto ni lo tuve en cuenta al ver al peli, básicamente, por absoluto desconocimiento, no aparece Ebony.), ha retocado a algunos (se le ve la cara a Octopus… ¡y es negro!) y, para remate, la imperdonable jugarreta de colarnos con calzador a la inefable Paz Vega. Con este proceso, ha creado su propio Spirit, en una película que profundiza en las formas apuntadas en Sin City, y a la espera de los nuevos derroteros que ha de tomar su cine en el futuro. El resultado es, es esta ocasión, y por decirlo de un modo suave, discutible, pero más discutibles son los resultados de Lars von Trier y a todo el mundo le parece estupendo. Y la verdad, puestos a elegir, Miller, al lado del danés, resulta la mar de elegante. Por lo menos no disimula sus experimentos bajo una tela de fisnas intelestualisdas.
Con The Spirit (y también con sus obras posteriores), Eisner se estableció como el gran referente del cómic. Supo abrir nuevos horizontes expresivos y para ello se sirvió fundamentalmente del cine. Una de sus principales influencias fue el cine de Orson Welles, y, de hecho, Welles aparecía caricaturizado a modo de homenaje en una historia de The Spirit, en la que se le cambiaba el nombre por el de Awsome Bells. Es por todo lo anterior que la adaptación al cine del cómic de Eisner suponía, por concepto, una vuelta de tuerca en ese juego que quiere articular Miller al respecto de las especificidades de ambos lenguajes. Y aquí ha chocado con la crítica especializada. Porque una cosa es que las adaptaciones se hagan sobre tebeos de superhéroes, y otra muy distinta es que alguien decida tocar una de las obras más reverenciadas de la historia del tebeo. Los puristas se han escandalizado porque, ¡Dios mío!, no parece una película de Eisner. Es decir, no parece una película de Orson Welles de los años 40. Yo creo sinceramente que cuando se hacen estas críticas, uno no se detiene a mirar que el calendario ya marca 2009. Es decir, que el calendario marca que el cómic de Eisner, por muy moderno que sea, se dibujó hace 60 años, y que en este tiempo han cambiado muchísimas cosas, desde las técnicas de producción cinematográfica hasta los hábitos de consumo de los espectadores. Adaptar no significa copiar. Según algunos amigos expertos, el cómic de Eisner está muy bien, pero desde mi óptica, el proceso de diálogo que supone cualquier ejercicio de adaptación comporta una conversación entre dos partes, en la que la parte que está situada en 2009 tiene mucho que decir. Adaptar The Spirit siguiendo al pie de la letra el estilo de Eisner habría sido tan absurdo como hacer un remake de Casablanca con un actor igual a Bogart y de nuevo en blanco y negro.
Es, por ello, encomiable el esfuerzo de Miller. Sin embargo, la película resulta absurda, aburrida en exceso, fallida, incompleta y disparatada. Porque se trata de una propuesta primigenia que aún habría de cuajar para acabar de entender el proyecto que Miller quiere edificar como cineasta. Tampoco hay que concluir que el futuro del cine tenga que pasar por Miller, pero me resisto a denigrar del todo un producto que presenta de una manera intencionada las limitaciones que todo el mundo le ha achacado. Miller no ha adaptado, en el sentido más tradicional y retrógrado del término, una obra de Will Eisner. Al contrario: ha cogido unos personajes de Eisner, ha prescindido de otros (esto ni lo tuve en cuenta al ver al peli, básicamente, por absoluto desconocimiento, no aparece Ebony.), ha retocado a algunos (se le ve la cara a Octopus… ¡y es negro!) y, para remate, la imperdonable jugarreta de colarnos con calzador a la inefable Paz Vega. Con este proceso, ha creado su propio Spirit, en una película que profundiza en las formas apuntadas en Sin City, y a la espera de los nuevos derroteros que ha de tomar su cine en el futuro. El resultado es, es esta ocasión, y por decirlo de un modo suave, discutible, pero más discutibles son los resultados de Lars von Trier y a todo el mundo le parece estupendo. Y la verdad, puestos a elegir, Miller, al lado del danés, resulta la mar de elegante. Por lo menos no disimula sus experimentos bajo una tela de fisnas intelestualisdas.
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