Ahíta ya de tanta panzada navideña y consciente del frío siberiano que rige la calle, me he aventurado a acercarme al cine y elegir algún que otro título que me quitase el abotargamiento villancilero. Héteme pues ahí, frente a la cartelera de un cine cualesquiera de Madrid, tratando de desentrañar un producto medianamente aceptable para poder entrar en la sala y abandonarme durante unas horas. La elección no fue complicada porque lo que buscaba era distraerme, nada profundo o kantiano, sólo cine de entretenimiento en estado puro,…así que pedí dos entradas para “The Spirit”. Risueña y, por qué no decirlo, orgullosa de la elección, porque a mí el cómic es un género que me entretiene, me introduje en la sala y, ahí, es dónde comienza la pesadilla. No podía dejar de pensar, mientras iban apareciendo los títulos iniciales en la película, que Hollywood está inmersa en una desesperada huida hacia adelante desde hace ya varios años; en esta carrera, los cómics se están convirtiendo en un flotador con forma de Pato Donald, ayuda a mantenerse a flote un cierto tiempo, pero a la larga, será inútil, porque el naufragio está más que asegurado. Desde la llegada a la sociedad de toda esa caterva de asesinos matarrazas y ladrones robacaramelos llamados “cibernautas”, la industria del cine vive sumida en una continua angustia porque sabe que le quedan cuatro telediarios a un modelo de negocio tradicional que se resiste torpemente a remodelarse para atender a las nuevas demandas. Los del cine les echan un vistazo a los de la música y, claro, se les caen los pelos del sombrajo. Además, por si acaso alguien no se ha percatado aún, una buena parte de los talentos cinematográficos (guionistas y directores de renombre) se han venido retirando a territorios más apacibles como las series de televisión o los videojuegos y, los que se han quedado, se dedican a la producción sin ton ni son de productos de consumo rápido y olvido aún más veloz. En esta situación, la adaptación de cómics se ha constituido como un valor seguro, ya que la gente no lee libros, pero sí sigue leyendo tebeos, y los targets de consumo de la industria del denominado, de forma tan cursi como innecesaria, “noveno arte” van creciendo. Conclusión: miel sobre hojuelas.
Hasta aquí todo correcto. En los últimos años, Hollywood se ha dedicado a hacer películas sobre superhéroes y todos quedaban contentos. Los del cine, porque se forraban. Los de las editoriales, porque también se forraban. Y los espectadores, fascinados por ver vivitos y en movimiento a todos los héroes que les habían acompañado en ese duro tránsito llamado adolescencia. Todo era inofensivo, virginal, inocente cual susurro de enamorado al lóbulo de la oreja de la persona a la que coges de la mano en el parque cuando te enamoras. Todo era un sueño hasta que llegó Frank Miller. Para quien no lo conozca (que de todo hay en la viña del Señor,…), Miller fue una especie de enfant terrible del cómic mainstream en los 80 al revitalizar series como Daredevil y Batman. Su labor como dibujante y, sobre todo, como narrador suponen un punto de inflexión en la historia del tebeo de superhéroes y, de un modo paralelo a su coetáneo Alan Moore, haciendo renacer de sus cenizas una forma de expresión que salía muy tocada de la persecución censora que empezó a sufrir el cómic en los años 50. En esto, el cómic siguió un proceso similar al cine.
Miller fue aclamado de inmediato como una figura ineludible a la hora de entender la modernidad en el cómic. Sus obras mostraban una osadía sólo asumible por su dominio del medio. El público compraba sus tebeos, y los críticos le adoraban. Pero llegó un día en que Miller decidió que necesitaba expresarse en el cine, que centrarse sólo en el cómic se le quedaba pequeño, y ahí ya empezó una cierta desafección con los críticos expertosos que ha degenerado en un divorcio total con su última película, The Spirit, puesta a caer de un burro por muchos críticos, y aquí llega lo llamativo, antes incluso de que se entrenase.
¿Por qué ha pasado esto? Hay que entender, para empezar, que el paso por el cine de Miller es una opción muy personal. El carácter de las películas en las que ha participado muestran una primacía de lo visual sobre lo narrativo que llama la atención en un cineasta proveniente del mundo del cómic. Máxime en alguien que en el cómic era respetado, sobre todo, por su trabajo como escritor. En el fondo, todo suena a que Miller concibe el cómic como un medio narrativo, por oposición al cine, del que se queda con su componente visual. Si en su producción de tebeos destacaba su fuerza narrativa, en una película como The Spirit la narración le importa bien poco, y busca únicamente un espectáculo visual. En esta cinta, los personajes resultan ridículos, apenas existe un ritmo narrativo y, como prueba de ello, la voz en off sólo aparece al principio y al final, sin preocuparse en vehicularla como un elemento homogéneo en el relato. Lo único que le interesa es que ni un solo plano deje de ser un auténtico espectáculo estético. Si para ello tiene que sacrificar el resto de aspectos, tampoco pasa nada. Y eso es algo que asume Miller de forma deliberada, incluso da la sensación de que llegando a una especie de parodia intencionada: ahí está el delirante momento en que el personaje de Octopus aparece vestido de Hitler bajo el estandarte que rememora la película El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, el ejemplo por antonomasia de la autonomía absoluta de la estética en el cine. En ese momento, ver a Octopus con uniforme nazi, constatamos que a Miller sólo le interesa la sorpresa en el espectador, puesto que esa secuencia representa el momento culminante de la ruptura de la película con cualquier tentación narrativa convencional.
Hasta aquí todo correcto. En los últimos años, Hollywood se ha dedicado a hacer películas sobre superhéroes y todos quedaban contentos. Los del cine, porque se forraban. Los de las editoriales, porque también se forraban. Y los espectadores, fascinados por ver vivitos y en movimiento a todos los héroes que les habían acompañado en ese duro tránsito llamado adolescencia. Todo era inofensivo, virginal, inocente cual susurro de enamorado al lóbulo de la oreja de la persona a la que coges de la mano en el parque cuando te enamoras. Todo era un sueño hasta que llegó Frank Miller. Para quien no lo conozca (que de todo hay en la viña del Señor,…), Miller fue una especie de enfant terrible del cómic mainstream en los 80 al revitalizar series como Daredevil y Batman. Su labor como dibujante y, sobre todo, como narrador suponen un punto de inflexión en la historia del tebeo de superhéroes y, de un modo paralelo a su coetáneo Alan Moore, haciendo renacer de sus cenizas una forma de expresión que salía muy tocada de la persecución censora que empezó a sufrir el cómic en los años 50. En esto, el cómic siguió un proceso similar al cine.
Miller fue aclamado de inmediato como una figura ineludible a la hora de entender la modernidad en el cómic. Sus obras mostraban una osadía sólo asumible por su dominio del medio. El público compraba sus tebeos, y los críticos le adoraban. Pero llegó un día en que Miller decidió que necesitaba expresarse en el cine, que centrarse sólo en el cómic se le quedaba pequeño, y ahí ya empezó una cierta desafección con los críticos expertosos que ha degenerado en un divorcio total con su última película, The Spirit, puesta a caer de un burro por muchos críticos, y aquí llega lo llamativo, antes incluso de que se entrenase.
¿Por qué ha pasado esto? Hay que entender, para empezar, que el paso por el cine de Miller es una opción muy personal. El carácter de las películas en las que ha participado muestran una primacía de lo visual sobre lo narrativo que llama la atención en un cineasta proveniente del mundo del cómic. Máxime en alguien que en el cómic era respetado, sobre todo, por su trabajo como escritor. En el fondo, todo suena a que Miller concibe el cómic como un medio narrativo, por oposición al cine, del que se queda con su componente visual. Si en su producción de tebeos destacaba su fuerza narrativa, en una película como The Spirit la narración le importa bien poco, y busca únicamente un espectáculo visual. En esta cinta, los personajes resultan ridículos, apenas existe un ritmo narrativo y, como prueba de ello, la voz en off sólo aparece al principio y al final, sin preocuparse en vehicularla como un elemento homogéneo en el relato. Lo único que le interesa es que ni un solo plano deje de ser un auténtico espectáculo estético. Si para ello tiene que sacrificar el resto de aspectos, tampoco pasa nada. Y eso es algo que asume Miller de forma deliberada, incluso da la sensación de que llegando a una especie de parodia intencionada: ahí está el delirante momento en que el personaje de Octopus aparece vestido de Hitler bajo el estandarte que rememora la película El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, el ejemplo por antonomasia de la autonomía absoluta de la estética en el cine. En ese momento, ver a Octopus con uniforme nazi, constatamos que a Miller sólo le interesa la sorpresa en el espectador, puesto que esa secuencia representa el momento culminante de la ruptura de la película con cualquier tentación narrativa convencional.
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