martes, noviembre 20, 2007

¡Se callen, coño!

Las cumbres entre España, Portugal (porque los portugueses van, ¿no?, vamos, que está más o menos claro que a nadie le importa demasiado si es así o no, pero es por disimular un poco) y nuestras antiguas colonias americanas son una bellísima ocasión para el reencuentro, para empaparnos y rebozarnos, cuál croqueta de pollo, de españolidad, para comer y beber como Dios manda, para montar francachelas con amiguetes y compañeros de correrías varios y para hacer negocios o patrocinar a compañías de tu propio país en su legítimo derecho por abrirse paso en sectores regulados por otros gobiernos. Como es evidente, todos ellos son motivos de peso para que las cumbres en cuestión tengan muy buena prensa.
El tópico dice que España es vista con mucha simpatía en Latinoamérica, que los nativos nos tienen en alta estima porque, a fin de cuentas, somos la Madre Patria, compartimos lengua, religión y cultura y, ¡qué caray!, nos sentimos reconocidos los unos en los otros. Los medios de comunicación, además, aseguran periódicamente que, las empresas españolas que han cruzado el charco, para ofrecer sus servicios de telefonía, agua, energía o autopistas, por mencionar sólo algunos ejemplos, a los sudamericanos, lo hacen incluso, en ocasiones, con un nivel de servicio y respeto al cliente semejante al que les acompaña en su actividad en la península (juzguen por sí mismos cuán contentos andarán). Por último, como es sabido, una de las muchas ventajas que supone tener un Rey (también conocido como “señor Rey”) como Jefe del Estado, además de ahorrarnos molestos trámites democráticos que, como es consustancial a España, nada bueno podrían traer, es que su buen hacer y su permanencia en el cargo le permite tejer unas relaciones privilegiadas con las diversas satrapías con droit de cité reconocido en el orbe, como pueda ser la dinastía saudita o nuestro querido “sobrino” marroquí pero también, como la historia demuestra, con los gobernantes latinoamericanos, incluso cuando éstos sean elegidos democráticamente. Así de bueno es el Rey, así de majete y simpaticón, sí, pero también eficaz. Y no crean, que sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, aplicadamente, se han esforzado en preservar este legado y, como es bien sabido, gracias a ello nuestros lazos con Latinoamérica y sus elites dirigentes son fenomenales y cada día más chachi-pirulis.
Sobre lo que ya no hay tanto acuerdo, pero bueno ¿qué esperaban?, ¡para algo somos españoles!, ¡qué se note!, es respecto de si la recia política de José María Ánsar, en su gallarda maniobra de postrarse a los pies del Emperador a la velocidad del rayo y a continuación emplear el látigo de su desprecio con los “países amigos” de América a poco que se salieran de madre, fue buena o mala para defender esa entelequia llamada “intereses españoles”. Hugo Chávez, con golpe de Estado y todo, fue el que más disfrutó de las caricias de la nueva diplomacia española, algo por lo que el tipo parece bastante resentido...pero, ¿que le vamos a hacer? Así es la ingratitud humana, siempre presente para con España y su grandeza, ¡descastados!. Digámoslo claro, Hugo Chávez no sabe aguantar ni siquiera una broma de nada. Es culpa suya. Y un dictadorzuelo, porque el apoyo popular expresado masivamente en las urnas, como bien podemos explicar a los marroquíes o a los argelinos, por no hablar de los turcos o, como nos pongamos tontos, de los mexicanos o de los estadounidenses, no ha de confundirse con la democracia. Ahora bien, existiendo un amplio consenso sobre la execrabilidad del Presidente de Venezuela, extensible en los medios de comunicación españoles a los que le votan, la cuestión es si la mejor política para afrontar estas realidades es la de Su Ansaridad o, por el contrario, alguna alternativa más...más... “simpática”. Pero héteme aquí que, sobre esto, no seré yo quién se pronuncie. Ustedes mismos.
Por otra parte, sobre nuestro Jefe del Estado y su exhibición del fatídico sábado 10 de noviembre, a la vista de cómo se las gasta la Fiscalía, también me da algo de miedo hacer una valoración sincera. En cualquier caso, se puede constatar la unanimidad con la que los medios de comunicación españoles han jaleado su tabernaria (¡y tan hermosamente española!) intervención en la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno (que, por cierto, por mucho que se empeñen, ni los mismos sudamericanos pueden evitar que supure españolidad por todos sus poros, con esas tertulias con gente interrumpiéndose, pegando gritos, faltándose socarronamente y, si se ponen las cosas bien, llevándose el Monopoly). Las loas que ha recibido desde todas partes (siempre y cuando no crucemos los Pirineos) ensalzan la virilidad del Monarca, la oportunidad de su gesto, los beneficios que para la imagen y los intereses de nuestro país conllevará y, muy especialmente, realzan la competencia y tino que nuestro Jefe del Estado ha demostrado una vez más en el ejercicio de sus funciones.
Como esta unánime valoración interna se combina con un absoluto rechazo, mezclado con perplejidad, por parte de toda la prensa iberoamericana, así como con una visión de nuestro Jefe del Estado en los medios europeos cada día más parecida a la que se tenía de Borís Yeltsin y sus pellizcos a toda secretaria que se pusiera a tiro, hecho éste, que cotejado con varias cabezas pensantes que me rodean, y una vez extraídas sus impresiones al respecto de todo este circo, no tengo yo del todo muy claro. Y digo esto porque, a la vista de los titulares de otros tantos periódicos que he podido leer en estos días, como “Times” “Le Fígaro” “Le Monde” y la versión neerlandesa de “Metro” en Bruselas, en el que he entendido más bien poco (sólo la palabra “mond” que significa “boca”, y poco más…) podemos extraer ya dos explicaciones alternativas:
- En España andamos todos acojonados ante la perspectiva de que la Fiscalía nos pille en un renuncio osando expresar alguna crítica a Su Campechanidad.- La valoración que nuestra opinión publicada tiene de lo que es una actuación diplomática sensata difiere sustancialmente de lo que opinan los sudamericanos (lo que tiene cierta importancia, dado que son ellos los afortunados receptores de nuestros desvelos), pero también de lo que es común en las naciones desarrolladas de nuestro entorno, supuestamente neutrales en todo este asunto.
Ahora bien, eso de que son “neutrales” es generoso. Lo que son, sobre todo, es extranjero y, por definición, envidiosos de España y de su grandeza. Desde ese fin de semana, también, de nuestro Jefe del Estado.
Pero…permítanme que haga flashback en alto: que me dicen del momento "realismo mágico" en el que JC I “El Campechano”, unos segunditos antes de soltar la réplica diplomática del “porque no te callas tú, gilipollas (esto último me apuesto el cuello con ustedes y no lo pierdo a que lo soltó entre dientes…)”, se puso entre la línea visual de ZP y Chávez, señalándolo con el dedo acusador de Dios diciendo “Tú, tú”,…¡ay! Que me recordó a aquellos matones del pueblo de unos amigos que, en cuanto les caía un balonazo fortuito mientras estaban de espaldas, se giraban hacia el campo de fútbol y, al primer pringado que hubiere tenido la mala fortuna de cruzar su mirada levemente con la de semejantes elementos, le reproducían el gesto del rey. Con la posterior apertura de esfínter del pobre desgraciado que sabía que, en pocos minutos, iba a morir si no huía…
Por enésima vez, el Rey al lado del pueblo, como uno más, ya sea un matón de barrio o un directivo de multinacional española (generalmente los primeros acaban siendo los segundos años después, no hace falta nivel de inglés para ello, ni estudios)…eso o que la carísima educación que le hemos pagado al niño para no hacer otra cosa que saber comportarse en estas ocasiones no ha dado más de sí, milagros a Lourdes…y es que en este país de “Lameculos”, lo que en la gente normal es grosería, en el Señor Rey es contundencia…¡manda güevos!
La única realidad de todo este “tinglao” es que tenemos una política exterior de chiste, celebramos y financiamos cumbres que son unos paripes donde, encima, van y nos insultan y donde de nuevo el Señor Rey paga los platos rotos de la inutilidad e incapacidad de este gobierno (que no me va mal, porque total, para lo que hace…). Ha pasado en Argelia, con la visita a Ceuta y Melilla, con el ofrecimiento que hicieron para su mediación en el conflicto de las papeleras y ahora le obligan a defender en solitario la dignidad de España ante la perplejidad de ZP. Con Trini y Desatinos con cara de estarles haciendo un enema, que solo abrió la boca para decirle “si, por supuesto” a Chávez…ZP se cree que la política exterior es como la mili, donde lo mejor es pasar desapercibido, se cree que si no nos quejamos, a lo mejor nadie se va a dar cuenta que nos están sodomizando una banda de republicas bananeras, desde el Chad a Nicaragua pasando por Marruecos (y que conste que lo único que esto implica es que, este nuestro Reino, bebe de esas chabacanerías y cada día más parece una República de Ídem)…
Chávez es un bocazas y el rey ha actuado en reciprocidad, extralimitándose en sus funciones, aunque los verdaderos responsables de este espectáculo son los anfitriones, que deberían haber puesto orden a tiempo. Pero no acaba aquí la cosa, o qué se pensaban que ya, ¿no? ¡¡Almas de cántaro!!...ahora Chávez está cargando contra el Rey, contra España y contra todo lo que se le ponga por delante, y también lo acusa de “golpista” (pa’ mear y no echar gota, que diría aquél), porque, según él, es el Señor Rey quién dirige la política exterior de España…está mu’enterao, el colega…!
Pero que queréis que os diga, o recibimos al ciudadano Borbón con todos los honores de este país…ya sabéis, paellada a escote en Zarzuela, sangría de la güena, de la que hace la Sofi los fines de semana en Marivent… y después todos de putas ¡que paga ZP!…o lo ahostiamos cuando se baje del avión aprovechando para proclamar la república gijonesa del Avilés.
Miren, ni irnos de putas con él…que le gustan las horteras (entre Bárbaras Rey, que si la italiana esa canija y cutre y tal…) ni ahostiarlo (que no queda bonito, coñe, ¡que es un abuelete!), pero, más que nada, porque ya que la vas a liar, la lías bien, no te pares en el que te calles….faltó decirle, ¡qué te calles hostia ya!, ¡que te arreo dos tollinas a ti y la puta esa que te la está comiendo!…sí, sí a ti Ortega, maricona (en este punto debería haberse levantado señalando, con el dedo de las pajas a las nenas, al ex preso por ladrón en Nicaragua, su augusto presidente) y, si se mete por medio, el salvador de Bolivia) o, directamente, haber hecho uso de los 15 días de fiero adiestramiento militar que tuvo para que le dieran el disfraz de Dr. Magneto y le das de hostias a los allí congregados…y punto, que ya lo grabarán en video los de TVE y lo exponen en plan: ahí tienen al Rey de las Españas departiendo amistosamente con sus amigos del cono sur americano….o sea…que para mi gusto se quedó en un bluff….casi se gana el sueldo…
Resumiendo: que soplan buenos tiempos para los republicanos, los españoles, me refiero, no los estadounidenses.
A mí no se me hace muy sorprendente la reacción del monarca y es que ésta, casa perfectamente con los chascarrillos que, sobre su persona, circulan desde hace años respecto a determinados modales barriobajeros, chabacanos y sátiros (cuando hay damas de por medio). Cuestión distinta es que, quienes no se hayan quitado la venda todavía y crean a pies juntillas lo que determinados medios o incombustibles monárquicos les pretenden hacer tragar, se hayan llevado una sorpresa con la frase de marras, tan extendida ya en España, por otra parte, que hasta de politono-techno se me ha disfrazado ya.
Ahora bien, en mi opinión, lo mejor ha venido (como no) de aquí dentro, y es que si en la cumbre se ha comprobado que la fraternidad y amistad no son, precisamente, muy comunes entre determinados países sudamericanos, en España son palabras vacías de contenido cuando se trata de las relaciones entre los dos principales partidos. Especialmente cómicas me han resultado las declaraciones de Don Mariano prestas a sacar la mayor tajada electoralista posible criticando a Zapatero y elogiando la figura del monarca, cuando su guía y prócer espiritual, el marido de la Botella (nótese la sorna), ya había agradecido a ambos su defensa desacreditándole una vez más. No contento con ello, y al no haber sacado el supuesto rédito pretendido, ahora intenta alargar, de un modo ficticio el asunto, solicitando que se llame a consultas al embajador. Grandioso.
Respecto a Chávez, hace mucho tiempo que lo tengo por uno de esos dirigentes a los que siempre cabe prestar atención, pues una nunca sabe los buenos momentos que nos puede deparar. Desde el día en que lo escuché lanzando peroratas contra “Condoleccita” como quien trata de razonar con su caniche, se ganó mi corazón…
Por otro lado, me parece indigno no invitar, al menos, a otros países que podrían aportar mucho en estos debates, tales como Guinea Ecuatorial, Guinea Bissau o Sao Tomé y Príncipe. La que nos estamos perdiendo por esta discriminación geográfica.
En fin, con un poco de paciencia, dado que todos han logrado tener su parte de éxito en la trifulca (Chávez se despacha a gusto pintorreándose del rey a su vuelta a Venezuela, quedando como el más macho ante el imperialismo; el rey ha hecho exactamente lo que sus defensores y entusiastas querían ver; ZP queda como un líder, demasiado por encima, intelectual y, educacionalmente, de la media en esa jaula de grillos), no sería de extrañar que en breve se organice algún sarao en el que el rey, ZP y Chávez se den algún abracito y un "pelillos a la mar" por el bien de nuestros pueblos. Y ahora que alguien me explique por qué Chávez no manda a freír gárgaras a JC, con algo como “cállese usted, abogado de pleitos pobres”. Para mí, que estaba estupefacto por la suerte que estaba teniendo y cómo iba a ser recibido en olor, o más correctamente, en loor de multitudes a la vuelta. Véase: http://cvc.cervantes.es/alhabla/museo_horrores/museo_014.htm
Y digo más,… ¿la Constitución no dice que el rey no puede realizar ningún tipo de acción política sin la sanción del presidente del gobierno o del ministro del ramo? ¿Desde cuándo tiene voz (públicamente digo) fuera del discurso de navidad o discursos escritos por sus negros? JC I “El Campechano” tendría toda la razón del mundo, o no, al decir el ¿Por qué no te callas?, si, pero en una comida privada, jamás en un acto político, del tipo que sea. Será paranoia, pero lo que leo y oigo últimamente alrededor de nuestros queridos reinantes campechanos, cada vez me suena más a otros tiempos, cuando un señor lo designó sucesor. Es la primera vez que le oímos abrir la boca espontáneamente en 30 años, se secuestran publicaciones y se juzga (además hoy), a los autores de una caricatura, la derecha más recalcitrante le insta a actuar contra el peligro separatista so pena de abdicación…Todo esto me suena a campaña de imagen. Ahora falta saber si “El Campechano” recogerá el guante, porque tanto tiempo sin trabajar, por mucho que se lo exija la COPE, yo creo que le costará mucho (si a mí me cuesta cada mañana echarme al tajo, imagínate a él). Me irrita cada vez más que SM trate de tú a todo dios, sin importarle que sea otro jefe de estado sobre el cual no tiene ningún ascendiente. Que pida respeto, pero con la educación debida, no con su bien educado desdén hacia la plebe.
Personalmente, creo que era perfectamente posible reaccionar de otro modo. De hecho, hacerlo de mil y una formas diferentes a la que se produjo. No obstante, los medios españoles van virando: de gesto “ejemplar” y “lección”, pasamos a lo que, más o menos, era una situación excepcional y el Rey “no tuvo más remedio”, por así decirlo, que actuar de esta forma. Bueno, vale, es un avance. De jalear esas formas hemos pasado a “explicarlas” por el concreto y muy peculiar contexto.
La clave no es si Chávez tal o cual. La cuestión es si el gesto del Rey facilita o no las relaciones de España con la región y defiende bien o no los intereses de nuestro país.
De Chávez podemos hablar, pero no es el tema. Podemos empezar por preguntarnos varias cosas cómo:
- ¿Por qué sus formas y modos totalitarios han de permitir respecto de Venezuela que la aproximación pragmática habitual en medios diplomáticos y económicos sea abandonada, a diferencia de lo que ocurre con otras dictaduras, incluyendo no sólo las de corte populista verbenero “chavista” sino las de verdad, como, no sé, muchos de nuestros “socios privilegiados”? Estoy a favor de una política exigente en materia democrática y de derechos humanos, pero que no sea hipócrita, que valga para todos. Que la prensa española trate igual de mal a Chávez que a cualquier otro populista con tendencias autoritarias, aunque sean blancos. Que nuestro Gobierno haga lo propio. Y no digamos ya respecto de las dictaduras con todas las letras, empezando por Marruecos, nuestro fiel aliado y socio, y siguiendo por China, Cuba, Pakistán…
- Los medios de comunicación españoles no pueden defender, en un lapso de un minuto, que “Venezuela es una dictadura sin libertad de prensa y un férreo control por parte del Gobierno de los medios de comunicación” y a la vez que “la prensa venezolana cuestiona la conveniencia e inteligencia de los exabruptos de Chávez”. Es un poco contradictorio, la verdad. Pero aquí es que nos tragamos todo siempre y cuando sea beneficioso para nuestra versión.
Un último dato: en Chile están cuestionándose, con especial interés, el papel de Bachellet, en Venezuela el de Chávez, en Nicaragua el de Ortega… desde la perspectiva de si efectivamente lo hicieron bien, si defendieron de manera pragmática e inteligente los intereses de su país, si se comportaron correctamente. El único país del mundo donde brilla por su ausencia la reflexión crítica sobre la propia actuación (que es la que más ha de interesar a alguien sensato, a una nación sensata, analizar ante todo lo que uno ha hecho o podido hacer mal) es el nuestro, sustituida por una ovación atronadora y cortesana que esconde cualquier posible reflexión…¡qué más se puede pedir que tener shows de estos, que entretienen y permiten a las opiniones públicas sensibles a los gestos de populismo reconciliarse con sus líderes!
Porque lo mejor de todo este asunto es que, a la vez, se califique de “ejemplar” el gesto de nuestro monarca y se haga mofa de la raíz populista de toda una serie de líderes sudamericanos.

El cine al revés

Hay ocasiones en que elegir una tarde de cine vulnera los principios más profundos de cada uno. Me enfrento a una nueva jornada vespertina desierta, en la que me apetece alimentar el único momento de asueto que me puedo permitir y, de nuevo, tengo miedo, pánico, me atrevería a decir...lo cuál me recuerda algo que procedo a relatarles y que, desgraciadamente, me suele ocurrir de manera recurrente...el porqué la pereza, y otras mañas, han hecho tal mella en mí, que en los últimos años sólo una fuerza sobre humana y un aburrimiento infinito han hecho que dejara caer mis huesos por las salas de cine de esta mi ciudad. Y es que, la vez que procedo a relatarles, tenía tintes de tragedia, porque la cartelera, en aquella ocasión, era bastante clara: había cine español para todos los gustos. Estaba, como plato más apetecible, “Cosas que hagan que la vida valga la pena”, con Ana Belén, actriz cuya película más digna continúa siendo “Zampo y yo”, tal vez porque es la única ocasión en que el papel de payaso no lo interpretaba ella. Pero el elenco se completaba con la nueva de Carmen Maura, con alguna opera prima, y con “El Lobo” y “Mar adentro”, que ya llevaban un par de meses en cartel, a pesar de que los representantes de nuestro cine digan que el problema es que las películas españolas las retiran a los pocos días de su estreno. Frente a todas estas opciones, tenía en cartel la típica basura de los yanquis, las últimas obras de directorzuelos como Scorsese o Clint Eastwood. Como el resto ya estaban vistas, se planteaba un dilema: Ana Belén o Clint Eastwood. Ahí traicioné mis más profundas y arraigadas convicciones y decidí que la de Ana Belén ya la vería otro día (a ver si con la espera, con un poco de suerte, la quitan de las salas) y procedí a ver en aquél instante, el último producto comercial de Clint Eastwood.
Candidata a los Oscar en un buen puñado de categorías, hubo quien afirmó que su película era una firme candidata al premio, si bien Eastwood siempre ha estado reconciliado con la industria, y la industria se lo supo recompensar, hace ya varios años, con las estatuillas que ganó al presentar “Sin perdón”. Con o sin galardones, Eastwood iba a volver a sorprender presentando su “Million Dollar Baby”, en la que el mundo del boxeo servía, en esta ocasión, de marco para sus inquietudes.
Existe entre la crítica europea una cierta fascinación ante ciertos temas del cine norteamericano. Se trata de esos que, supuestamente, retratan la sordidez de la sociedad yanqui. Si un director hace una película sobre alguno de ellos, ya tiene ganadas las simpatías de la cinefilia del viejo continente. Principalmente, son tres los temas:
- El jazz. No me refiero al swing alegre y jovial, es decir, aquí no entrarían películas como la biografía de Glenn Miller realizada por Anthony Mann. Hablo de esas películas de viejos jazzmen en el ocaso de su vida, donde el alcohol, las putas, los moteles viejos y los clubes nocturnos cargados de humo representan el mundo decadente de nuestros tiempos. Un poco de novela negra por aquí, algo de bop por allá, y tenemos la obra maestra aplaudida en todo el mundo civilizado. Ejemplo paradigmático: “Round Midnight”, de Bertrand Tavernier.
- Los borrachos. Se acogen a las mismas constantes descritas anteriormente, sólo que los protagonistas, en vez de tocar jazz, son personajes con una vida menos cosmopolita, pero con su particular descenso a los infiernos. Películas más aplaudidas de este género: “Días de vino y rosas”, “Días sin huella” y “Leaving Las Vegas”.
- Y, por último, el boxeo. Aquí sí que no falla. Hay un montón de películas que, a pesar de ser todas diferentes entre sí, se suelen meter en un mismo saco: la corrupción del mundo del boxeo. La lista es interminable: “Gentleman Jim”, “The Set-Up”, “Más dura será la caída”, “Fat City”, “Toro salvaje”, “Jugando a tope”, todas ellas protagonizadas por perdedores. Incluso Rocky Balboa era un perdedor, ya que no podía pasar de un empate a los puntos en su combate contra Apolo.
Clint Eastwood debería haber entrado ya hace tiempo en los altares de la crítica europea: ha hecho su película sobre jazz (“Bird”), los protagonistas de muchas de sus cintas son borrachos (“El sargento de hierro”, “Sin perdón”, “Ruta suicida”) y ahora ya tiene una película sobre boxeadores. No obstante, Eastwood no es un director que pueda fascinar con facilidad a la intelectualidad europea: es republicano, su retrato de Charlie Parker en “Bird” no era para nada hagiográfico, sus borrachos son detestables fascistas y para su última película ha elegido como boxeador a una chica.
Pero no sólo eso. “Million Dollar Baby” apenas se detiene en las corruptelas del mundo del boxeo. No las niega (ahí está, por ejemplo, el momento del soborno a los managers para que acepten combates contra Maggie), pero tampoco se recrea en ellas. Porque, para Eastwood, el boxeo aquí no es más que un espacio más para representar el fracaso, huyendo de cualquier mitificación del deporte.
El argumento de la película es radicalmente sencillo. Frankie Dunn (Clint Eastwood) es el dueño de un gimnasio de boxeo. Lleva años dirigiendo a boxeadores con inteligencia, pero adolece de capacidad de riesgo. De ahí le viene su eterna frustración: no haber conseguido, como manager, ningún título. En su gimnasio trabaja Eddie Dupris (Morgan Freeman), un anciano ex-boxeador que perdió un ojo en su último combate, a la edad de 39 años. Eddie, al igual que Frankie, persigue un sueño hasta que la realidad les confirma su naturaleza de perdedores. Un día llega al gimnasio Maggie Fitzgerald (Hilary Swank), una chica que trabaja de camarera y que decide convertirse en boxeadora, a pesar de superar la treintena. Pese al rechazo inicial, Frankie decide entrenarla y convertirse en su manager. Ambos acarician un título mundial, pero el sueño se desmorona en el último momento con fatales consecuencias para Maggie.
La película tiene un tono tristón, con muchos toques de comedia amarga. Desde un primer momento, el espectador cae en la cuenta de que algo no funciona, de que un tono apesadumbrado domina una narración que arranca de un modo amable. Pero la pesadez del ambiente es innegable: la narración en off de Eddie, el ambiente deprimente del gimnasio y de sus clientes, la música melancólica y la iluminación general de la cinta, uno de los rasgos más trabajados siempre en las películas de Eastwood. Los personajes secundarios contribuyen a la atmósfera que destila fracaso y compromiso a la vez. Frankie Dunn, como el Will Munny de “Sin perdón”, es consciente de que sólo sabe hacer una cosa en la vida. Sólo cuando sus acciones concluyen con la muerte de una persona descubre, como el John Wilson de “Cazador blanco, corazón negro”, que ha llegado el momento de la rendición, del acatamiento de las normas. Dunn vive en su propio mundo, el del boxeo, que se define en la película como un microcosmos en el que todo funciona al revés, en que el fracaso es, por consiguiente, la culminación de una trayectoria vital.
Sin embargo, como ocurría en “Mystic River”, la tristeza está mucho más acentuada que de costumbre. Los personajes de Eastwood se movían bien entre un equilibrio satisfactorio, entre el desastre de su vida pública con una cierta redención final (“El sargento de hierro”, “Poder absoluto”, “Pacto de sangre”, “Space Cowboys”), bien con un fracaso mayor, que suponía la imposibilidad de escapar de su pasado (“Sin perdón”, “Ejecución inminente”). En cualquier caso, como en el cine de Ford y Hawks, Eastwood sugería siempre un complejo mundo interior donde se ocultaban los más profundos sueños y decepciones. Ahí está el ejemplo innegable de “Sin perdón”, con un Will Munny condenado a huir en el deseo de un reencuentro con su mujer. En “Million Dollar Baby”, a Frankie se le hace insoportable la incomunicación con su hija, a pesar de los esfuerzos que lleva a cabo por entrar en contacto con ella. Sólo con la muerte de Maggie entiende Frankie que el éxito no está en su mano, y que le estaba diciendo una mentira piadosa a su boxeadora cuando, en el hospital, le confesaba que nunca abandonaría el boxeo.
La película es bellísima, y ha generado múltiples análisis y comentarios. Profundiza en una obra, la de Eastwood, sencilla y muy coherente. Una obra hecha desde una peculiaridad cultural muy concreta, las manifestaciones propias de la sociedad estadounidense. Ya lo decía Eastwood cuando venía a afirmar que los productos específicos de la cultura norteamericana eran el jazz y el western. Géneros y manifestaciones protagonizados por personas que se encuentran en la frontera. Como en el boxeo. Y, yendo aún más allá, Eastwood se arrima todo lo que puede a esa frontera. Por eso en “Sin perdón” los ganadores son los asesinos. Y por eso en “Million Dollar Baby” quien boxea es una chica. Y no Ana Belén, no. Sino una gran actriz como es Hilary Swank.
Y ustedes se preguntarán: y esta cansina, ¿por qué vuelve a cuestas con Clint? ¿ no qué ya había escrito largo y tendido sobre él? ¿se había dejado cosas en el tintero después de 80 líneas que le dedicó no hace tanto? Pues sí...le profeso tal respeto y admiración que ni cien mil líneas serían suficientes, y...además...¡qué coño! Acaso no es este mi blog, pues algún trifásico tenía que tener, no?

sábado, noviembre 03, 2007

La estirpe de John Ford

En este mes, me vais a permitir un lujo especial: hablar, todo lo que se me ocurra y más, de aquél a quién profeso, junto con otros tantos, una admiración y respeto más allá de las meras apariencias: Clint Eastwood.
Desde tiempos inmemoriales, al menos para mí, se ha tildado a este hombre de fascista. El sinsentido de este postulado se ha venido defendiendo desde hace ya más de treinta años, desde los tiempos de “Harry el sucio”. Pero no hay que preocuparse. Demasiados críticos hay que no son más que personajillos frustrados y envidiosos. Y, como en muchas ocasiones anteriores, los franceses fueron los primeros europeos que se atrevieron a desmontar este despropósito. En Europa, claro, porque en Estados Unidos, fueran o no reaccionarias sus películas, Eastwood iba poco a poco convirtiéndose en el segundo actor más taquillero de la historia del cine, sólo por detrás de John Wayne: sí, retrógrado éste como el que más en su vida privada, pero actor de aventuras y mito donde los haya.
Pero no acaba aquí la trayectoria de calificar de fascista a todo lo que venga de Norteamérica. Muchos esfuerzos se gastaron en calificar a “Centauros del desierto” (1956) de película fascista y racista. Los eruditos de la materia decían (y algunos aún lo insinúan) que la cinta de John Ford protagonizada, curiosamente, por John Wayne, glorificaba la matanza de indios en el far west. Nada más lejos de la realidad, la película muestra lo contrario, la brutalidad de Ethan Edwards, el personaje anti indio encarnado por Wayne del que Ford mantiene en toda la película una clara distancia.
En definitiva, que, retirado Ford, el nuevo fascista era Eastwood. “Harry el sucio” (1971) levantaba ampollas porque parecía cuestionarse la seguridad ciudadana en la sociedad actual. Película de compleja lectura, su director, Don Siegel, peleó siempre contra la calificación de fascista: “Si hago una película sobre un asesino, no quiere decir que lo justifique, al igual que si hago una película sobre un agente de policía con métodos resolutivos”. Desde luego, la identificación con el personaje no está muy clara: la película muestra a un Harry Callahan solitario, misógino, insociable, repulsivo. Una de las secuencias más divertidas muestra a Callahan disparando a unos ladrones al tiempo que se come un perrito caliente que sostiene con una mano. La secuencia, cuanto menos, parece una parodia de todo lo que muchos vieron en la película.
Más datos. Eastwood estrena a mediados de los años 80 “El sargento de hierro”. Polémica de nuevo por el personaje que encarna, un maleducado militar que no para de insultar a sus reclutas durante la instrucción. Los que vieron un alegato belicista en el film, parece que no aguantaron hasta el final de la proyección, en que la contienda contra los cubanos muestra una repulsa a toda la patraña bélica. Los que sí que parece ser vieron todo el film fueron algunos altos cargos del ejército americano, puesto que el cuerpo de marines renegó de la película y lamentó el apoyo logístico proporcionado a Eastwood.
A este batiburrillo se añade la breve peripecia política de Eastwood, alcalde republicano durante dos años de una pequeña localidad californiana, Carmel. Se equivocaron de nuevo los agoreros que vieron en él a un nuevo Reagan. De hecho, el mismo Eastwood suele recordar con sorna aquella etapa de su vida, ya que en más de una ocasión ha afirmado que “mi mayor aportación a la comunidad fue la regulación para la venta de helados en carrito”.
Como punto de inflexión, Eastwood filma en 1988 “Bird”, una biografía sobre Charlie Parker. Filmar un producto que superaba a obras como “Round midnight” del sobrevalorado Tavernier desconcertó a este sector de la crítica, que, de todas maneras, le sigue negando a Eastwood el pan y la sal. Como mucho, hay quien califica a Eastwood como “el último clásico”, expresión que en realidad significa bien poco.
El estreno de “Deuda de sangre” nos volvió a traer a un gran director, con una película oscura, barata, casi de serie B, crepuscular y muy triste. Una pequeña composición de cámara que conmueve por la fragilidad que muestra en sus personajes, especialmente en el de McClube, el ex - agente enfermo del corazón encarnado por Eastwood. Rodada en 38 días, esta pequeña obra es un ejemplo de sencillez, buen hacer y eficacia. Como todo Eastwood.
Una película que se añade a una filmografía envidiable y que reconocemos como única. Veamos los títulos:
- Escalofrío en la noche (Play Misty for Me), 1971. Thriller debut de Eastwood, que encarna a un locutor de radio acosado. Opera prima irregular, pero muy entretenida.
- Infierno de cobardes (High Plains Drifter), 1973. Primer western que dirige y en que se plantea ya un nuevo dibujo del género, una reflexión que le llevará a reconsiderar la historia norteamericana y que supondrá su cima como cineasta.
- Primavera en otoño (Breezy), 1973. Una de sus obras menos conocidas, protagonizada por William Holden. Historia de amor entre maduro y jovencita, fue su primer fracaso comercial.
- Licencia para matar (The Eiger Sanction), 1976. Derroche de aventuras en una película tan distraída como floja en su conjunto.
- El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales), 1976. Nuevo western magnífico, en que se apuntan más rasgos de lo que será la madurez del cineasta. Primera aparición de Sondra Locke, quien sería durante algunos años su compañera sentimental y de reparto.
- Ruta suicida (The Gauntlet), 1977. Magnífico thriller de acción, increíble en su desmesurada denuncia de la corrupción policial, con un magnífico Eastwood que interpreta a un policía alcohólico y acabado.
- Bronco Billy, 1980. Una de sus películas favoritas, una comedia socarrona sobre el sueño americano.- Firefox, 1982. Tal vez, su película más floja. Un argumento ridículo (el robo de un avión nuclear soviético que se pilota con la mente) en una película para olvidar.
- El aventurero de medianoche (Honkytonk Man), 1982. Continúa el proceso de desmitificación del héroe. El hecho de que el personaje de Eastwood muriera al final de la película fue un veneno para la taquilla.
- Impacto súbito (Sudden Impact), 1983. La única de las cinco películas de Harry Callahan dirigida por Eastwood. No llega a la altura de la primera, pero es un thriller trepidante. Recordada por la famosa amenaza de Callahan: “Make my day”.
- El jinete pálido (Pale Rider), 1985. Empieza la madurez del cineasta. Un western basado en “Raíces profundas” que analiza la génesis del mal, en un personaje demoníaco que baja a la tierra para hacer justicia. Western áspero y muy duro.
- Vanessa in the Garden, 1985. Película de encargo realizada para las “Amazing Stories” de Spielberg. Interpretada por Harvey Keitel y Sondra Locke.
- El sargento de hierro (Heartbreak Ridge), 1986. La más lograda película antimilitarista de esos años, menos maniquea que “Platoon” y con un mensaje de denuncia que ya le gustaría para sí a “La chaqueta metálica”. Obra libre como pocas, que plantea múltiples preguntas para que el espectador llegue a sus propias conclusiones.
- Bird, 1988. El descubrimiento para muchos. La vida excesiva y breve de Parker llevada a la pantalla con mucho talento. Lejos de ser una hagiografía, cuestiona la huida hacia ningún lado del músico.
- Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart), 1990. Palma de oro en Cannes, Eastwood narra, según el libro de Peter Viertel, cómo se desarrolló una parte del rodaje de “La reina de África”. Eastwood encarna de manera soberbia a un John Huston más preocupado por irse de safari que por rodar una película. Crítica del colonialismo a que se ha sometido el continente negro, en la cinta se reflexiona además sobre el carácter político de la industria cultural estadounidense. Película, además, que demuestra la ineptitud de Constantino Romero para doblar todos los matices de la interpretación de Eastwood.
- El principiante (The Rookie), 1991. Película menor muy divertida y excesiva. Policiaco de entretenimiento, con un impagable Raul Julia de villano.
- Sin perdón (Unforgiven), 1992. Lluvia de Oscars y reconocimiento definitivo por parte de Hollywood, es uno de los mejores westerns nunca rodados, dedicado a los maestros de Eastwood: Don Siegel y Sergio Leone. Reflexión sobre el carácter inherente de la violencia a la naturaleza humana, sobre la verdadera construcción de la historia de EE.UU. sobre las desigualdades sociales de los desprotegidos, sobre la soledad, sobre un montón de cosas que se van descubriendo viendo la película una y otra vez. Will Munny (Clint Eastwood) es un asesino que cuelga las armas por amor y que vuelve a empuñarlas unos años más tardes para ayudar a unas prostitutas. Como el buen cine clásico, la película cuenta muchas más cosas de las que parece a simple vista.
- Un mundo perfecto (A Perfect World), 1993. Una de las pocas buenas interpretaciones de Kevin Costner en una película de persecución muy bien realizada.
- Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County), 1995. A partir de una mediocre novela, Eastwood logra una pieza hermosísima, contada de una forma compleja que anticipa una cierta preocupación por la narración. Emotiva película que plantea un dilema moral al que seguro de muchos de vosotros os habréis enfrentado, el del deber frente al querer.
- Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the Garden of Good and Evil), 1997. Película sobre el sur, que recoge toda la literatura escrita sobre el tema. Sensacional trabajo.
- Poder absoluto (Absolute Power), 1997. Crítica a la corrupción política en que el héroe es un ladrón de guante blanco.
- Ejecución inminente (True Crime), 1998. El tema ahora es la pena de muerte. Final onírico (y discutido por algunos) para una cinta muy emocionante.
- Space Cowboys, 2000. Clint Eastwood, James Garner, Donald Sutherland y Tommy Lee Jones en una película irrepetible, un canto a la experiencia y al respeto. Aventuras y humor en una de las mejores producciones de Hollywood de los últimos años.
- “Deuda de sangre” (”Blood work”), película con atmósfera y un cierto aire sombrío que no dejaba de inquietar al espectador.
- “Mystic River” (2003), otra sombría obra maestra de Clint Eastwood.
- “Million Dollar Baby” (2005), dónde se entrecruzan buenas dosis de dos de sus mejores películas, los puentes y sin perdón; dureza de la buena, ternura soterrada, desolación final, un forma memorable de narrar que me recuerda a los mejores clásicos. No puedo dejar de preguntarme, ¿cómo serán los futuros años de ese anciano machacado, perdido a sí mismo y más sólo que antes de conocer a su trágica boxeadora?
- “Banderas de nuestros Padres” y “Cartas desde Iwo Jima”, (2007). Con la primera, Esperaba el paraíso, tratándose de Eastwood, pero me quedo a medias. El desembarco en la playa de Iwo-Jima me recuerda al de "Salvar al soldado Ryan", me suena a dejá vu. Me parece valiente y oportuna la visión de Eastwood. Su amargura es necesaria. Pero no es la obra maestra que yo esperaba. Y en cuanto a la segunda parte, he de confesar que, pasé mi infancia creyendo a través del cine y los tebeos, que los japoneses en la 2ª Guerra Mundial eran unos histéricos fanáticos que gritaban ¡Banzai!. Hecho, que a pesar de generar un profundo rechazo por su personalidad, hizo que me fascinaran en la misma medida su cultura, tradiciones y pensamientos. El caso, ha tenido que ser un clásico del cine americano como Clint Eastwood el que nos cuente por primera vez en una película que esta gente eran seres humanos. Lo hace de una forma muy realista y humanista. Me parece que el cine de Hollywood les debía esta película a los japoneses.
Sin olvidar, por supuesto, que Eastwood siempre ha participado de una manera muy activa en las películas que interpreta y que, además, suele producir. Hay títulos tan buenos como “Harry el sucio”, “El seductor”, “En la línea de fuego” o “Dos mulas y una mujer”. ¿Es realmente cierto que aún hay que reivindicar lo obvio?

lunes, octubre 15, 2007

Grindhouse

El estreno del último invento de la asociación formada por Robert Rodriguez y Quentin Tarantino ha llegado precedido de un desconcierto general. Al principio nadie sabía muy bien de qué iba el asunto: que si era una película hecha por los dos, que si eran dos películas, que si se estrenaban juntas, que no, que se estrenaban por separado… Un galimatías enredado con bastante intención por dos sujetos muy inteligentes que han sabido elevar un cierto tipo de frikismo de serie B a la categoría de producto multitudinario respetable. Porque, según van pasando los años, uno descubre que la adolescencia es esa fase en la que creemos que la masturbación y el frikismo son etapas pasajeras en la vida. Pasan los años, y uno se sigue pajeando igual (al menos eso es lo que me aseguran mis amigos) y también sigue siendo un friki, disfrutando como un enano cuando estrenan una película friki.
Tarantino y Rodriguez no sólo no han superado la adolescencia, sino que incluso hacen gala de ello y propugnan que todos sigamos su ejemplo. El primero es un director de culto que siempre ha conjugado un gran conocimiento del cine con sus manías de chiquillo. En sus películas podemos encontrar unos diálogos inmejorables y un ritmo narrativo apabullante, al tiempo que no oculta su gusto por todo lo que huela a cine barato de palomitas, desde las pelis de chinos liándose a leches hasta el gore más visceral. Y esta conjunción le ha funcionado muy bien, reclutando desde el principio a un sinfín de seguidores incondicionales sin que ello haya mermado el reconocimiento temprano de los expertos más sesudos: ahí está la Palma de Oro de Cannes por Pulp Fiction. Por su parte, Robert Rodriguez se caracteriza también por su descaro como realizador, algo que se ve ya en sus primeras películas como El mariachi o Desperado. Pero también queda claro en su soltura para tocar cualquier género, como la dignísima saga de Spy Kids.
No era raro que sus proyectos confluyeran desde el principio, dadas las similitudes de sus planteamientos. Y no hay que negar la química existente entre ellos, que se traduce no en miradas cómplices en la pantalla como una pareja cursi de los años 40, sino en una sensación de libertad que coquetea con el desmadre y, lo que es más curioso, que va acompañada de un absoluto conocimiento de causa de lo que se llevan entre manos. El ejemplo más claro sería el de Abierto hasta el amanecer, una divertidísima película que juega con el planteamiento narrativo del Hitchcock de Psicosis: destrozar la historia a mitad para dejar fuera de juego al espectador. Pero lo que en Hitchcock era un experimento sobre las capacidades narrativas del cine, en Rodriguez y Tarantino es un vehículo para el divertimento puro y duro, para la reivindicación de un tipo de cine que se ha perdido en los últimos años. Esto es, cuando Hitchcock hace que la protagonista de la película muera, truncando el desarrollo normal de la historia, lo hace para explorar el mundo de expectativas y reacciones de quien acude a ver la película. No obstante, Tarantino y Rodriguez dinamitan la historia con la llegada de los fugitivos al bar mexicano con un afán de diversión porque sí, porque ya saben muy bien (en parte gracias a la competencia adquirida por la tradición de cineastas precedentes, como Hitchcock) que el espectador se lo va a pasar pipa.
Porque eso es lo que hacen ambos directores en las películas que han estrenado y que constituyen un homenaje al cine americano de serie B de los años 70. Se trata de un cine de acción, en que lo importante es mantener la tensión del espectador con historias que recuperan el cine fantástico de los años 30, pero pasado todo por el filtro de la desmitificación: vampiros negros, asesinos decapitadores y zombies alelados poblaban las historias de estas películas en las que se han fijado Tarantino y Rodriguez. Se trata de un cine muy poco conocido en España porque, en aquellos años, los espectadores andaban intrigados siguiendo las cuitas de Alfredo Landa tratando de quitarles el sujetador a las suecas. Pero en Estados Unidos las historias de zombies y bichos raros hacían las delicias de los jóvenes que iban a los autocines a meterse mano. Recordemos, y si no lo hacen, ya me encargo yo, que para eso soy la que propone el flashback, que data de aquella época toda una retahíla de películas de serie B, de culto hoy en día, que, con el pasar de los tiempos, se convirtieron en verdades urbanas, como Alligator, o La bestia bajo el asfalto, cómo se tituló aquí en el 89, película que narraba las desventuras de unos enormes cocodrilos que habitaban las cloacas de Nueva York y que estaba basada, remotamente, en hechos acaecidos años atrás, cuando se permitía criar como mascotas a lo caimanes, y una vez que crecían y se convertían en un engorro para la familia los tiraban por el water,…y de pronto se tornaron en única base de crítica por parte de los “cultos” europeos” hacia los pérfidos e “incultos” yanquis…pero este tema lo abordaremos en otro tono la próxima vez. A lo que íbamos, es un cine que forma parte de la educación sentimental de toda una generación y que resulta totalmente identificable para el espectador yanqui.
Lo importante, no obstante, es lo que persiguen ambos directores haciendo estas películas precisamente ahora. Vivimos en un contexto en que resulta evidente que el cine de Hollywood no atraviesa por una etapa demasiado fértil en cuanto a ideas. Como bien sabe cualquier critiquillo gafapasta casual-wear, el cine americano está ahora inmerso en una falta de ideas. Lo que no sabe el gafapasta es que lo que sucede es que ha habido una fuga de cerebros al medio televisivo (las series de HBO y demás), pero eso es otra historia. De cualquier modo, el tema está en que Hollywood está dominado por las modas:
1) remakes y sus secuelas (como King Kong y Ocean’s Eleven);
2) adaptaciones de formatos poco habituales hasta el momento, como los videojuegos o los cómics (Silent Hill, Resident Evil o Spiderman);
y 3) sagas de novelas fantásticas (Harry Potter o El señor de los anillos).
Ante este panorama, llegan Tarantino y Rodriguez y dicen que la solución está en volver a las formas de las películas de los años 70, desde un punto de vista amplio.
En primer lugar, desde un punto de vista empresarial. Planet Terror y Death Proof tienen un deliberado aspecto de serie B. Lo importante no es tanto la calidad visual de las películas (ellos hacen que se vean mal, con algún rollo cortado o sin color) sino las narraciones, los guiones. Es decir, ya está bien de películas en que los efectos especiales están por encima de la historia. Tarantino y Rodriguez propugnan una vuelta a la artesanía a la hora de hacer cine, entendida ésta no como una renuncia a las nuevas tecnologías, sino como una reivindicación de que estas tecnologías tienen que estar al servicio del oficio del cineasta.
El segundo punto de vista sobre el que reflexionan tiene relación con la creatividad. Para hacer una buena historia, vienen a decir, no hace falta complicarse mucho la vida. Coges un asesino y un coche, y ya tienes todo un mundo para entretener al público. O coges a un grupo de personajes variopintos y ponlos frente a un enemigo extremo (como los zombies), y también surgen un montón de posibilidades para la historia. En definitiva, la crisis de creatividad de Hollywood se reduce a unas dinámicas empresariales determinadas: si no hay creatividad en Hollywood, es porque a Hollywood no le interesa, porque prefiere invertir en otras cosas antes que en formar guionistas. Y ambos directores tienen muy claro que las ideas son fáciles de obtener, si se da la dedicación suficiente. De hecho, no se han contentado con hacer dos películas, sino que también han ideado una serie de falsos tráilers cuyo éxito, como en el caso de Machete, parece que va a derivar en un largometraje.
Pero, como nos hallamos ante dos tipos muy listos, no se conforman con lanzar estas reflexiones, sino que también hacen lo que más les gusta: manipular a su antojo el juguete cinematográfico. En Planet Terror, Rodriguez juega continuamente con el espectador, rompiendo sus expectativas (el niño que se vuela la cabeza de un disparo en el coche) y creando iconos imposibles (la chica amputada que lleva por prótesis una metralleta). Para ello, se sirve de un humor de sal gruesa, que busca la carcajada como distanciamiento de las películas a las que cita. Por su parte, Tarantino vuelve a la idea de romper el desarrollo normal de la historia, y acaba convirtiendo el cuento de un asesino en serie en un pseudo-alegato feminista muy gracioso que supone algo así como una parodia descacharrante de productos como Sexo en Nueva York o Thelma y Louise: las mujeres que se vuelven locas por conseguir el último número de la edición italiana de la revista Vogue son las mismas que se lían a hostiazo limpio con el personaje del asesino. Al final, lo que parecía una película de terror acaba convirtiéndose en una hilarante historia ante la que es difícil aguantarse la risa.
Si bien es cierto que son películas violentas, tampoco nadie debe extrañarse por ello. Pero, en este caso, Robert Rodriguez y Quentin Tarantino están más desmadrados que nunca, y su violencia resulta tan evidentemente paródica, que la diversión está asegurada. Yo las he visto juntas, pero me da que tanto da que se vean juntas que por separado. La cuestión está en acudir sin ningún tipo de prejuicio a lo que es la última diablura de estos adolescentes creciditos. Y todo el mundo piensa, lo bien que se lo deben de pasar estos tíos…

domingo, septiembre 30, 2007

¡¡Ahí va la hostia, Julio!!

Tras el derroche de tetas y culos de “Lucía y el sexo”, muchos eran los fanáticos que esperaban una nueva entrega de este estilo. Pero no. Julio Medem llegó en 2005 con “La pelota vasca”, un documental de testimonios sobre la situación política en el País Vasco. Y la película llegó precedida por una artificiosa polémica. Vamos, ni que España fuese Estados Unidos, ni que Julio Medem fuera Michael Moore, y ni que “La pelota vasca” fuera “Bowling for Columbine”. Porque la película de Medem aburre, además de no aportar nada nuevo a la cuestión vasca. Se alabó en muchos foros la valentía de Medem por acometer este proyecto. Y uno no puede más que quedarse perplejo. Porque, como la mayoría de las polémicas en torno a productos culturales que surgen en España, el punto de arranque de la controversia no es el discurso del producto, sino una especie de rencilla idiota agrandada, en este caso, por la actitud de un gobierno, el de Aznar, empeñado en que productos como el de Medem, condenado a un circuito minoritario, se conviertan en taquillazos por el morbo de la situación. Todo arranca, por lo visto, cuando se proyecta la película por primera vez en el 51 Festival de Cine de San Sebastián. Dos de las personalidades entrevistadas, Iñaki Ezkerra y Gotzone Mora, piden que se retire su participación, al discrepar con el resultado de la película. El altavoz entonces lo ponen dos ministros del gobierno, Ángel Acebes y Pilar del Castillo, quienes vienen a decir, sin haber visto la película, que no se puede dar comprensión ni cobertura al terrorismo desde ningún ámbito. A partir de ahí se suceden el cruce de declaraciones y las adhesiones y críticas a la película de Medem (y el documental sin estrenar, es decir, sin que casi nadie lo haya visto). Y es importante este dato porque la película, tras verla, se queda no como un film valiente, sino incluso cobarde. Porque con la cantidad de caras que tiene el prisma vasco, con la cantidad de enfoques, puntos de vista y matices, y teniendo en cuenta la duración del documental (casi dos horas), uno sale de la proyección con la sensación de haber visto una película bien montada pero en la que no se ha aprendido nada nuevo. Porque todo lo que se dice en la película está más que comentado en los medios de comunicación, y no se produce ningún acercamiento exhaustivo (tan solo una aproximación sentimental) a los distintos ejes del film:- el antropológico y lingüístico. Medem destaca toda la retahíla de afirmaciones tópicas sobre el euskera (su antigüedad, su origen desconocido) a modo de muestreo turístico, así como los comentarios referidos al pueblo vasco, considerado como “el único pueblo indígena de Europa”.- el histórico. El trazado que se hace por la historia de ETA es tan resumido como simple, y no digamos ya por la historia del nacionalismo vasco, que se concentra en un par de comentarios sobre el carlismo y Sabino Arana (de quien se resalta, por cierto, su racismo).- el político. Aquí nadie realiza una análisis que vaya más allá de los escuchados mil veces en las tertulias radiofónicas. La solución que aporta la película es el diálogo, pero visto como algo abstracto, ya que no se define por una fórmula concreta de principio. Es tan ambiguo el asunto, que hasta Arnaldo Otegi parece un demócrata convencido cuando dice que “estoy seguro de que si dialogamos, todos tendríamos que pedir perdón por algo”.Sigue sorprendiendo la polémica si pensamos que “La pelota vasca” parece un documental institucional. Casi todos los testimonios que vemos en la pantalla son de personajes políticos de primer orden (aparecen, por ejemplo, Felipe González, Arzalluz, Otegi, Ibarretxe, Benegas, Ardanza), de periodistas reputados (Iñaki Gabilondo, Javier Angulo) y gente del mundo de la cultura con mayor presencia en los medios de comunicación (Atxaga, Muguruza). En definitiva, pocas voces originales y, como consecuencia, pocos testimonios que ofrezcan un punto de vista verdaderamente alternativo. En este sentido, un tema tan delicado como el de la tortura policial más cruel aparece totalmente desdibujado, al ser constatado por una sola voz y de una manera entrecortada. Medem parece darle la razón a González cuando éste afirma que el asunto de la tortura policial se ha exagerado mucho. Es decir, que no aparecen conclusiones interesantes (ni a favor ni en contra), por el escaso rigor ofrecido. El siguiente problema, que se deriva de lo que acabamos de comentar, es lo que se cuenta. Porque al haber tanto político por metro cuadrado, llega un momento en que uno cree que está viendo “Sonrisas y lágrimas”: todo el mundo es bueno, todos tienen razón, aunque, al mismo tiempo, todos reconocen sus errores y estarían incluso dispuestos a escuchar a los demás. Porque a un político sólo hay que ponerle una cámara y decirle que se va a rodar un documental largo para el cine, para que se meta en su papel y asuma el papel de niño bueno. Arzalluz y Otegi realizan una actuación sensacional en este sentido. Es una lástima, en conclusión, que se saque tan poca punta al asunto. Muchos temas se tocan, pero apenas se abordan con un mínimo de profundidad. Así, la participación del clero en Euskadi es otro de los grandes temas que apenas aparecen en boceto. O la “kale borroka”. O el GAL. O la tregua de ETA. Acabamos la película con la sensación de haber visto un informativo de cerca de dos horas. Se dice que Medem ha intentado una fórmula de diálogo para resolver el conflicto. El esfuerzo es loable. Los resultados, una película poco analítica y llena de monólogos políticos, no aclaran gran cosa. Otro tema es el rendimiento electoral que pretendía sacar el Partido Popular atacando una película sin verla. Cualquier excusa es buena. Para eso no hacía falta un documental de dos horas.

lunes, abril 02, 2007

Serás Pink Floyd...! y a mucha honra!! (this one for the Wazquez)

La enésima vuelta de los Rolling Stones (con nuevo disco y gira) supone una prueba más de que esta formación se merece, más que ninguna otra y por si cabía aún alguna duda, la aureola de grupo por antonomasia del rock. Su longevidad, su energía sobre el escenario y una cierta estabilidad en cuanto a grupo (tan sólo hay que lamentar la muerte de Brian Jones y algún que otro cambio, ajustes muy pequeños para un grupo de rock que lleva más de cuarenta años por ahí) le confieren ese premio: vamos, que si me obligaran a elegir una gran banda de rock, sin ningún tipo de duda me quedaría con los Rolling. No obstante, hubo unos años en que parecía que esa etiqueta de "la gran banda del rock" se la iban a quedar otros británicos, los Pink Floyd. Pero las peleas entre sus miembros y el agotamiento de sus propuestas condujo a que Pink Floyd desapareciera del mapa. Y eso que, durante los años 80 y parte de los 90, Pink Floyd, antes que una banda de rock, llegó a convertirse en una marca bajo la cual se desarrollaban una serie de proyectos audiovisuales con un sello de aséptica calidad distintiva.
Porque Pink Floyd era un grupo muy particular. Surgido a raíz del encuentro de un grupo de colegas estudiantes de arquitectura; en sus comienzos (los años 60) no eran más que la banda que acompañaba a un líder destacado, Syd Barrett, un tipo enfundado en psicodelia que se pasaba todo el día fumado, drogado y varios más -ados y paseando su imagen de poeta melancólico por Inglaterra. Barrett se limitó a escribir un puñado de canciones, e incluso consiguió grabar un disco curioso, pero sus gestos de poeta rebelde (perder el hilo de las canciones en pleno directo, por ejemplo) obligó a sus compañeros a tomar una decisión drástica: mandarle allí donde da la vuelta el aire: a la mierda, para que nos entendamos. Desde entonces Barrett siguió arrastrando su imagen de poeta oprimido pero viviendo holgadamente de las rentas de las canciones que escribió, hasta su muerte el pasado año. Tan tonto, desde luego, no fue.
Y a partir de aquí empieza la división entre los fans puristas de Pink Floyd y los fans sensatos. Los puristas dicen que Pink Floyd sin Barrett es como Esteso sin Pajares, como el cine español sin una subvención. Dicen que Barrett era el genio, que su sucesor, Roger Waters, es un simple traidor que llevó a la banda por una senda equivocada con el único propósito de satisfacer su ego personal. Los fans sensatos, sin embargo, creen que Barrett está sobrevalorado y que los hechos hablan por sí solos: la carrera de Pink Floyd debe su éxito al proyecto de Roger Waters, que logró superar el recuerdo de Barrett situando a la formación en el estrellato a pesar de unas determinadas reticencias a comulgar con la industria del disco. Waters no era un tipo común, y eso es algo que se reconoce en Pink Floyd:
- Para empezar, basta con ver las carátulas de sus discos. En lugar de limitarse a ser retratos de los componentes del grupo, las carpetas cuentan con originales diseños e incluso a menudo ni siquiera aparecía el nombre del grupo en la portada. Pink Floyd hizo del anonimato de sus componentes un sello identificativo.- Waters, por mucho que digan sus detractores, dejaba un amplio margen para la creación al resto de los miembros del grupo. Es así como se entiende el crecimiento como letrista de David Gilmour. Consciente de que no era un virtuoso, Waters concibió Pink Floyd como un grupo unido en el que el papel de sus compañeros no se redujera al de meros comparsas. Así, los temas de "The Dark Side of the Moon" aparecen firmados por todos ellos.- Waters evolucionó desde el Pink Floyd de Barrett como un grupo de canciones interesantes a un grupo conceptual que iba más allá de la canción pop: el Pink Floyd de Waters no editaba singles para la promoción de sus discos, y no se trató de un caso único para un álbum determinado (como los Beatles con el "Sgt. Pepper") sino de una política decidida que llevaron a lo largo de toda la década de los 70. Eso no impidió que "The Dark Side of the Moon" fuera en su momento el disco pop más vendido de la historia, algo que sólo podría superar unos años más tarde Michael Jackson.
Esta voluntad de Pink Floyd por dictar sus propias reglas de actuación en el seno de la industria del disco llegó a su punto más álgido con la publicación, en 1979, de su doble LP "The Wall". Concebido en torno a un concepto ideado por Waters (la necesidad de superar los muros interiores -educación represiva, sociedad alienadora, etc.- que restringen la libertad individual), el álbum va más allá de esta concepción primigenia y abstracta para construir un retrato paranoico de un mundo en una encrucijada cultural. No olvidemos que, a finales de los 70 en Inglaterra, en plena fiebre punk, Pink Floyd quería reivindicar su sitio en el panorama musical. Sus complicados montajes en directo, sus barrocas escenografías y sus delirantes simbologías chocaban de lleno con el esquema punk de la destrucción y la reducción a la nada.
No obstante, hay que reconocer que el movimiento punk oxigenó a Pink Floyd. A lo largo de "The Wall", se traza toda una línea de provocación que parte desde el primer tema (tras el preámbulo que, en forma de bucle, abre y cierra el disco): "In the Flesh?". Una banda sustituta de Pink Floyd se presenta con un discurso neofascista con el que irá insultando al público, mientras éste asiste enfervorizado ajeno a las palabras que les espeta la banda desde el escenario. La crítica al seguidismo acrítico de los fans es evidente, y se antoja una manera muy arriesgada de empezar un disco. Por su parte, la simulación de que es una banda distinta la que interpreta el disco podría leerse también como una respuesta sarcástica al juego inocente similar emprendido por los Beatles en el "Sgt. Pepper".
La historia de "The Wall" va narrando la construcción de un muro imaginario al que los distintos elementos sociales van aportando su parte, en forma de ladrillo. El primer clímax llega con "Another Brick in the Wall, part 2", la canción en la que un grupo de niños canta contra un sistema educativo autoritario. Hasta llegar al juicio final de "The Trial", que concluye con el derrumbe del muro. En medio, una serie de temas ("Mother", "Comfortably Numb", y un largo etcétera) que no rompen en ningún momento la unidad temática y sonora del LP.
"The Wall" es un disco incómodo, en absoluto agradable de escuchar; vamos, que no es el mejor LP para tumbarse y echar una siesta. Supone, también, un punto sin retorno en la carrera de Pink Floyd, ya que la envergadura del proyecto (completado con una gira en que se escenificaba la construcción del muro y con una película de Alan Parker) y la dureza del concepto de Waters condenaban a que los posteriores trabajos de éste no fueran más que bocetos de la obra anterior. Así ocurrió con el siguiente álbum, "The Final Cut", y con el abandono de Waters del grupo. "The Wall" le ha ido acompañando a lo largo de estos años, como demostró con su concierto celebrando la caída del muro de Berlín.
Tras su marcha, Gilmour convirtió el grupo en un sofisticado conjunto para oyentes conformistas y aburridos. Disfrazado con un envoltorio de profesionalidad, los discos de Pink Floyd sin Waters parecen una mezcla de las peores obras de Alan Parsons (el productor, por cierto, de "The Dark Side of the Moon") con discos de relajación de esos que ponen en los ascensores de los grandes almacenes. Gilmour se creyó que su banda sería la gran banda del rock, la más profesional y competente, la que mejor iría resistiendo el paso del tiempo. No contaba con que el aburrimiento de sus propuestas acabaría en la nada, ni con el persistente resurgir de los Rolling Stones.