martes, marzo 11, 2008

Hoy...Cruise-Cruz!

Hoy quiero colgar en el blog, la crítica de una película de 2004. La razón: porque sí, porque como el blog es mío...y porque existen indeseables personajillos que sostienen que esta película es bastante buena, entretenida y con tintes históricos muy bien traídos…ja! El film en concreto es “El último Samurái” y su protagonista, como no podía ser de otro modo, el inefable Tom Cruise.
Primero un poco de ambientación y “retrotraimiento”, lo que viene siendo ponernos en antecedentes. Meses tardó en decidir regalarnos a los españoles su última modesta contribución al arte. Al final, unas semanitas después de su estreno mundial, Tom decidió pisar tierras hispanas en aras de esa labor tan ardua como sacrificada que es la de posar ante los fotógrafos, asistir a banquetes y conceder entrevistas: es decir, la promoción de una película.
El interés que suelen despertar sus films es innegable. Y justificado: desde hace años, Tom Cruise es uno de los actores que continuamente se reinventan a sí mismos, además, recordemos que por aquél entonces vivía un momento dulce: su archiconocida y aburrida relación con Pene Cruz, exhibiendo su sonrisa idiota y siempre presto a besarse con la madrileña, eso sí, sólo cuando hubiere una cámara semi-oculta contratada para dar fe del evento.
En este proceso de reinvención al que aludo, marca un antes y un después en la carrera de Tom su película “Misión imposible 2”. Por dos (valga la redundancia) motivos:
- La sonrisa Tom Cruise. Si hasta entonces Tom había sido un guapito chulazo que salía en el cine para que las quinceañeras explotaran su acné (“Top Gun”, “Cocktail”), también es cierto que, en ocasiones y aunque me cueste un triunfo reconocerlo, se mostró como un actor incluso competente: “Nacido el 4 de julio” o “El color del dinero”. No obstante, en “Misión imposible 2”, Cruise descubre en su interior a un gran actor, y desarrolla su sonrisa idiota de poner en cualquier circunstancia, siempre sin venir a cuento.
- Además, Tom se convierte, en esa película, en el prototipo del cowboy americano, de aquél que no sabe distinguir una hamburguesa de un filete: en “Misión imposible 2” Tom se convierte en embajador de su país al mostrar cómo se la manejan los americanos con la cultura extranjera. Me refiero, claro está, a esa aberración consistente en mostrar unas fiestas españolas mezcolanza de la Semana Santa y las Fallas y en la superioridad yanqui al burlarse de un pueblo subdesarrollado como todo aquél que no esté situado entre Dakota del Norte y Texas. Se llega a decir en la película algo así como “Fíjate qué fiestas más bárbaras, sacan a pasear a sus santos para luego quemarlos”. En fin, que si se descuida, con su bagaje cultural, puede llegar a presidente de su país. Por si alguien pone alguna objeción a la responsabilidad de Tom en “Misión imposible 2”, sólo recordaros que no sólo era el protagonista de la película, sino también el productor.
Muestra ésta para ver cómo le ha influido en su vida una chica culta, formada, refinada y elegante como Pene. Esa chica que deslumbró los ojos (y los tímpanos, claro, cuando gritó el nombre de Pedrooooo en los Oscar) de Hollywood. Ese pedazo de actriz que tiene, merced a sus dotes de interpretación, la puerta de la Meca del Cine tan abierta que ha protagonizado obras de la calidad de “Woman on Top”, “All the Pretty Horses” o “La mandolina del Capitán Corelli”, sólo por listar alguna de sus grandes joyas...
Sólo Dios sabía que con una pareja así, la supervivencia de la especie no corría peligro: estaba ya sentenciada. Y el proceso no para. Qué va, al contrario, progresa. Siete minutos es lo que tarda Tom Cruise en poner su sonrisa idiota en “El último samurai”. Si bien es cierto que, en este film, Tom ha optado por la segunda vía, es decir, ver el Japón del siglo XIX desde los ojos de un americano multimillonario y cienciólogo que, cuando viaja, ve los países extranjeros como grandes parques temáticos. Porque la historia no tiene desperdicio. Vamos allá.
Tom es Nathan Algreen, un soldado yanqui que lucha en Little Big Horn (parece que en la historia de la lucha contra los indios no existió otra batalla). Eso sí, Tom es un culto cienciólogo, y, como tal, establece un fino distanciamiento moderno respecto a la mitología de la conquista del oeste: Nathan piensa que Custer era un demente. El caso es que Tom sale traumatizado y desengañado de aquella batalla, y, cual futbolista español en el ocaso de su carrera, acude a Japón para prestar sus servicios como soldado del emperador Meiji. Su cometido será acabar con un pueblecito de samuráis, unos salvajísimos luchadores que sólo cuentan con espadas y piedras para pelear contra el imperio del sol naciente. Por mucho que digan en la película, los hermanos Izquierdo de Puerto Urraco eran más peligrosos y fieros que los quinientos samuráis juntos. El caso es que a Nathan lo hacen prisionero, y los samuráis, en lugar de sodomizarlo y exponer sus testículos en la plaza del pueblo (pues tan fieros guerreros se las pintaban), optan por alojarlo en una casa de lujo, a los servicios de una hermosa japonesa que le someterá a una rehabilitación a base de masajes. Nathan, evidentemente, se olvida de cualquier ideal, y se pasa el bando de los samuráis. A pesar de ser el inductor de una gran guerra final contra el imperio, a pesar de soliviantar a las tropas con razones oblicuas, él será el único superviviente, y volverá él solito al pueblo dispuesto a más altos cometidos: repoblar la aldea, que se ha quedado sin mano de obra varonil.
La sarta de tonterías que vemos en las dos horas y media que dura la perla es el resultado de una amalgama indiscriminada de influencias: todo lo que huele a japonés está metido en la película. Desde Kurosawa al Sho-gun de Richard Chamberlain, pasando por un revival orientalizado de “Bailando con lobos”: da igual cuál sea la minoría tratada en la película, porque lo que cuenta es la comprensión (sólo moral) que ofrece este cine norteamericano hacia esta minoría. Lo próximo bien podría ser ver a Stallone solidarizándose con los gitanos y luchando contra los guardias civiles en Sierra Morena.
Así, las escenas de batalla tienen todas las trampas habidas y por haber: cámara lenta en plan Kurosawa, y miles de truquitos más. La lástima para las factorías de efectos especiales es que la película no se ambienta en el siglo XX, con lo que no se pueden poner bombas ni explosiones, ni ná. Y que, además, al ser una narración con una base histórica, pues tampoco han podido meter trolls de las cavernas u orcos. Un fallo, sin duda. Y, aparte de las batallitas, para qué hablar de resto, si ya sabemos todos que lo que no es acción no cuenta. En definitiva, ni espectáculo, ni entretenimiento, ni nada. Pero, ¿qué se puede esperar de un tío que dejó a Nicole Kidman por Pene?

domingo, marzo 02, 2008

Pozos de Ambición

Famoso por ser director de la generación del videocassette, los repartos modestos, las historias de elevada complejidad, y muy pocos cortes (como muestra un botón: el travelling que da inicio a Boggie nights dura 3 laaargos minutos), Paul Thomas Anderson es, además, uno de esos escasos directores del cine estadounidense a los que Hollywood financia con grandes presupuestos permitiéndole ejercer la autoría, desarrollar su arriesgado estilo, ir de rarito con inquietudes y firmar un cine con ese inconfundible sello personal. Por contra, los estudios que apuestan por él se tiran el rollo con el prestigio crítico del que disfruta este hombre, saber que sus muy personales películas casi siempre van a estar nominadas al Oscar, los Globos de Oro y demás galardones tan ansiados como legitimadores, presumir de su cuadra normalucha dónde también cabe un semental indómito e imprevisible.
Las apuestas de este creador tan dotado para retratar la tragedia y la crueldad, para rebuscar en la infelicidad, la angustia y la desesperación de una representativa galería de compatriotas, para meter el bisturí en una sociedad seriamente enferma, ha logrado resultados brillantes, veáse sino Boogie nights y Magnolia. También ha pegado algún que otro petardazo notable, como en el caso de la pretenciosa, irritante y absurda Punch Drunk Love (con esta maravillosa forma de cagarla que tenemos en este nuestro país, se estrenó aquí como Embriagado de amor).
Con estos antecedentes estaba claro que Pozos de ambición, (basada levemente en la novela de Upton Sinclair, Oil! de 1927) la última y demorada película de alguien muy selectivo y que no se prodiga en sus proyectos, que se lo piensa mucho antes de contar una historia, iba a ser un producto atípico y poderoso, aunque el argumento no fuera nada elevado, sino algo tan recurrente y aún así, arraigado en la cultura americana como la descripción del hombre hecho a sí mismo que consigue hacer fortuna en la tierra de las posibilidades. En este caso, el de un pionero que logra extraer petróleo en escenarios que se consideraban secos.
Y efectivamente Anderson ha logrado una película distinta, oprimente, desmitificadora, sin convencionalismos ni tópicos, más sugerente que explícita, con una violencia física, mental, transparente y subterránea que llega a provocar miedo, con un tono alegórico y simbolista que permite establecer paralelismos entre lo que encarnan ese personaje obsesionado con la riqueza y sin escrúpulos para obtenerla o un farisaico líder religioso que sabe que Dios y los negocios pueden ir fraternalmente unidos, con la ideología, comportamientos y metodología de los que controlan actualmente el poder en Estados Unidos.
Admitiendo que el creador ha hecho una disección implacable y potente de un triunfador corroído por el odio y la desconfianza hacia su prójimo, de alguien torturado, acorazado sentimentalmente y que es capaz de machacar a su único amor en nombre de la ambición depredadora, confieso que el brutal microcosmos que describe no logra contagiarme emoción en ningún momento, que ese despliegue de sentimientos volcánicos y de brutales enfrentamientos paternofiliales me dejan a 0º casi todo el tiempo, y cuando ese infierno interior que está latiendo desde el prólogo acaba estallando, me parece tan grandilocuente como excesivo. Concretamente el desenlace-carnicería lo encuentro de guiñol.
Paul Thomas Anderson tiene un estilo narrativo tan hipnótico y un sentido de la atmósfera tan asfixiante que logra el milagro de que no me desinterese de lo que está ocurriendo en la pantalla durante el arriesgado metraje de 160 minutos, pero sólo me despierta curiosidad y morbo insano, ya que la capacidad de emocionar está ausente.
Cuando salí del cine, les comenté a mis amigos que era más que probable que a Daniel Day-Lewis le cayera el Oscar por una interpretación en la que su histrionismo se pasa de clarooscuro. Y ahí lo tienen: Oscar 2008 a la mejor interpretación masculina.
Esta sensación que les paso a relatar, no la tuve mientras veía la película, ni siquiera al salir del cine, pero a raíz de un comentario que me hizo un amigo y, un análisis profundo de sus palabras, llegué a notar que tenía la fastidiosa sensación de que, efectivamente y cómo ya me habían apuntado…¡¡estaba repitiendo su desaforado personaje de El Carnicero de Gangs of New York!! En aquella me convencía y me aterraba, aquí me suena a innecesario, a ya visto y oído, a sobreactuación. Cosas mías, que debo de ser un piojo verde, ya que la mayoría del personal que conozco, al que respeto sus gustos cinematográficos y que haya visto Pozos de ambición, se muestra fascinado por el trabajo de Daniel Day-Lewis y por la estética y los mensajes de su pretencioso autor. Y es entonces cuando me percato que ya estoy como siempre, ¡cuanto más pienso en esta película pretendidamente turbadora, más antipática me cae, coño!

miércoles, febrero 13, 2008

No country for old men

No es país para viejos’ es una buena película. Basándome en esta aseveración, otorgo al lector a que si alguien dice: "pues, no es pelicula típica de los Coen o algo tan gilipollesco como "menudo truño", o bien lo mande donde da la vuelta el aire, o proceda a retirarle el saludo. Todo vale.

Los Coen dan asco. Hay que empezar por ahí, porque lo cortés no quita lo valiente. Sus películas suelen molar tanto que casi to'kiski se gusta diciendo: adoro a los Coen. Si fuesen naturales de Uzbekistán y su cine sólo pudiera verse entre la bruma de intenso hedor a pies y sobaco de una filmoteca, uno estaría disfrutando de buen cine y encima sería especial. Pero aquí la comercialización de un buen producto a la masa media nos exime de la posibilidad de ser la leche al consumirlo: ¡una verdadera lástima!

El caso es que ‘No es país para viejos’ está muy bien. Lo cuál no me exime, de analizarla de forma mucho más profunda y crítica, con todos los sentidos, porque ni es tan imprescindible como dicen, ni es tan coñazo como cuentan. A lo pragmático.

Vista
Nos encontramos ante una película de suspense con la apariencia de las mejores historias del oeste. Caballeros que se persiguen para ajustar cuentas. De hecho, podrían ser el bueno, el feo y el malo; son el buen hombre con bigote veterano de guerra que habla poco pero cuando lo hace es con sarcasmo, el anciano desorientado y confundido desde que no se le levanta, y el cabrón con pintas, al cual, por cierto, interpreta con gran éxito Javier Bardem. Ganará el Oscar si aún persiste la costumbre de dárselo a quienes hacen papeles de enfermos o disfuncionales. En este caso, nuestro hijo pródigo sólo abre la boca en unas pocas ocasiones y es para soltar frases cortas con voz gutural y cazallosa. A mi, personalmente, me fascinó mucho más la interpretación de Brolin. En cualquier caso, si hay un lugar en el mundo donde no se valora en absoluto a los inútiles ese es Estados Unidos. El éxito de Bardem no puede ser casual.

Por lo demás, a la meticulosa, detallista y gratamente caprichosa fotografía, hay que añadir un ritmo lento e inquietante, sobrecogedor y una banda sonora cojonuda. Tres ingredientes fascinantes. El primero, la fotografía, porque merece la pena ver la película un par de veces para que nuestro cerebro la succione en su totalidad; el segundo, la narración suave, despacito, con buena letra, pero sin pausa y, el tercero, el silencio. Debe ser duro, en este sentido, verla en el cine con todos los ruidos que hay en este tipo de locales, a saber, móviles, carraspeos, Johnattans y Deborahs –sí, por supuesto, naturales de las localidades que une el Metrosur de la CAM- haciendo comentarios en voz alta y crujir continuo de frutos secos y guarrerías varias. Yo, menos mal, decidí ir a verla con mi chico a los cines Ideal en V.O., acción que recomiendo muy encarecidamente, porque éstas películas traducidas pierden todo el encanto.

Olfato
El aroma de ‘No es país para viejos’ no resulta extraño. A ratos, me hiede a España, a saber: carretera comarcal castellano-manchega, veinte de julio a las quince catorce horas. Ese es el rollo. La acción transcurre en El Paso (Texas) y otras zonas del sur de EEUU. Es curioso cómo se presenta siempre en el cine este lugar. Me vienen a la mente películas dispares, pero todas transmitiendo la misma sensación de asco, hastío y aburrimiento. La Frontera (1982), con Jack Nicholson, fue un fracaso pero hay escenas de soledad y cansancio vital muy logradas, incluyendo la sensacional banda sonora de Ry Cooder y su ‘Skin game’ sonando en los putis clandestinos mexicanos. También ‘Paris, Texas’ (1984), de nuevo con Ry Cooder pero esta vez con la que luego fue sintonía de Documentos TV. Qué decir de esta obra de Wim Wenders con guión de Sam Shepard. Es la mortificación en vida sureña por excelencia. La propia obra de Sheppard, donde sus ‘Cuentos de motel’ nos pintan un panorama del sur que ríete tú de atravesar Despeñaperros a pie y con botijo. Del mismo modo que la muy reciente ‘Los tres entierros de Melquíades Estrada’ que al verla tiene uno la sensación en el paladar de que está tragando arenilla.

Es decir, tenemos una película que transcurre despacio en un lugar donde no pasa el tiempo. Buena mezcla. Pero hay una vuelta de tuerca más.

Gusto
Porque resulta que ‘No country for old men’ trata de un tipo al que los tiempos le han dado hasta en el carné de identidad y le han sacado de la circulación. Los monólogos que se marca Tommy Lee Jones, el sheriff, en este sentido, son un tanto dispersos y no invitan ni a tratar de averiguar qué narices está filosofando exactamente, pero hay diálogos geniales, como el que tiene con un compañero que se pregunta: “Tanta libertad… adónde nos ha llevado”. Y el sheriff contesta: “Todo se acaba cuando se deja de decir señor y señora a los demás” (viene a decir, más o menos).

Al final, queda bastante claro que esta entrega de los Coen añade, a su colección de personajes singulares, un tipo a medio camino entre la policía de ‘Fargo’ –estupefacta ante los acontecimientos, frente a la codicia, egoísmo,…- y ‘El hombre que nunca estuvo allí’ dado que este sheriff tiene el don de topar con la clave del meollo dos décimas más tarde de lo necesario para llegar en el momento preciso. Es ‘El sheriff que nunca llegó a tiempo’.

Para mí hay dos decepciones claras en la película: por un lado, la escena clave de todo el asunto queda un tanto deshilachada. Se presta a demasiadas interpretaciones: una moneda en el suelo (que algunos de los que se hayan aburrido ni habrán visto) de la que se pueden deducir bastantes cosas. Igual se trata de arte puro, del puro, puro, del güeno, vaya. Por otro lado, el final tal cuál se plantea, insulta al espectador, y ¡ojo! que no lo digo porque no cubra mis expectativas desde el inicio, lo digo porque, simplemente, ataja de una forma pueril la tensión desarrollada entre los dos personajes durante toda la cinta.
Concluyendo, creo que los Coen, andan un poco de capa caída. Ya se vislumbraba viento de tormenta en “El hombre que nunca estuvo allí”, pero para la posteridad quedan perlas como “Arizona Baby”, “Muerte entre las flores”, la maravillosa “Fargo” o Sangre Fácil.

A recordar: la persecución con perro por el río. A destacar: si hay algo de brillante en la cinta es el tridoblamiento del, para mí, único personaje principal que se nos presenta como tres hombres diferentes pero iguales, con patrones de comportamiento semejantes, principios arraigados y sólidos y valores morales de los viejos hombres de toda la vida. Aunque como diría mi hermana: total, ¡si a los viejos no les gusta el country!


miércoles, enero 30, 2008

Sweeney Todd, directo a la yugular

Adoro los musicales. Desde muy pequeña eran, sino mi género favorito, sí uno de los principales. Me pasaba las horas muertas repasando mi día y convirtiéndolo en un escenario dónde cantar cómo me sentía...no en vano, mi amigo César dice que estar conmigo es cómo ver una película de Disney: siempre cantando.

Adoro a Tim Burton. Reconozco que no hay nada que haya hecho que me disguste, algunas de sus obras tienen algún pero…pero corto, casi insignificante. No me canso de revisar una y otra vez sus cintas, entrar y formar parte de su extravagante pero coherente mundo, es mi pasatiempo favorito.

Y entonces llegó 2008, que no ha hecho más que comenzar, y se ha convertido en un año fantástico: las dos cosas que más me gustan se funden en una para convertirse en, y creo que no me equivoco, lo mejor que va a ofrecernos el panorama filmográfico durante este año.

Y es que Tim Burton ha presentado la adaptación cinematográfica del musical Sweeney Todd. Métanse un momentín en mi piel: ¡¿no son los más felices del mundo en este momento?!

Hace ya una semana que tuve la enorme suerte de verla en el preestreno de Madrid y cada rato que pasa, me gusta más la cinta. Los actores, la fotografía, las letras (pero es que quién haya tenido la oportunidad de ver el musical en teatro, ya sabe de qué estoy hablando), el diseño de producción,…todo!

Tim Burton aborrece los musicales de Broadway, todo ese tufillo sentimentaloide, pero Sweeney Todd le atrajo poderosamente muchos años ha, y tenía que convertirlo en suyo, y no de Broadway. Habló con su inestimable amigo y apasionado de las películas antiguas de terror, le transmitió toda esa pasión, como sólo el pelo más característico de Hollywood sabe hacerlo, y aquí tenemos el resultado: únicamente Burton podría ser capaz de arrancar a Depp esa tremenda timidez que le caracteriza, y ponerle a cantar frente al mismísimo Sondheim.

Desde el primer segundo de metraje todo presagia que esto no va a ser fácil: unos sangrientos títulos de crédito dan comienzo a Sweeney Todd, la curvilínea y barroca forma que tiene Burton de contar historias visuales, pero esta vez atreviéndose con una genial obra maestra convertida en banda sonora, catalogada por los expertos como la más difícil y compleja de cantar en la historia de los musicales, con pasajes increíblemente disonantes. La desaparición de Danny Elfman, en esta ocasión, era más que justificada, la música magistralmente compuesta por Sondheim, necesitaba una carga tenebrista y negra que Elfman no imprime, sus deliciosas melodías no hacían migas con la navaja.

Todos y cada uno de los actores tenían que cantar e interpretar, al fin y al cabo, Sweeney Todd es una historia contada a través de las canciones. Y tenían que hacerlo no sólo frente al director de casting o al productor, sino delante del mismísimo Sondheim, ¿se imaginan que tuvieran que representar una obra de teatro frente a, nada más y nada menos que, Shakespeare?, pues eso...En este trance, también estaba la extravagante Helena Bonham Carter, y es que ser novia del director, en este caso, no era para ella lo que definiría su papel, quería ser la Sra. Lovett por méritos propios. Y vaya si los tenía. Encandiló al mismísimo compositor de la obra. Tanto es así, que la Carter tiene, sin duda alguna, una de las piezas, cantadas e interpretadas, más complicadas de toda la obra: la escena en la que Sweeney Todd y ella entran en la tienda por primera vez es, con diferencia, una de las más completas: la Sra Lovett, tiene que cantar una disonante, rápida y compleja canción al tiempo que prepara una pastel con todos sus componentes, manejar hábil y certeramente un enorme cuchillo y desproveer de cucarachas y bichos varios el mostrador dónde prepara lo que ella misma define como “las peores empanadas de todo Londres”, y lo resuelve de forma simplemente colosal. Cada momento que el tandem Depp-Carter comparten en escena, se comen, literalmente, la cámara. Sus voces empastan a la perfección y su capacidad de interpretación es maravillosa frame a frame.

El resto de los personajes; un solvente y magistral Alan Rickman, que comparte con Depp otro de los momentos más estremecedores y vibrantes de la cinta. Su fiel y nauseabundo criado, Bamford interpretado por un curtido Timothy Spall, Johanna y Anthony, esa secundaria historia de amor interpretada muy correctamente por los jovencísimos y desconocidos Jaime Campbell Bower y Jayne Wisener y por último, el papel del barbero contrincante muy decentemente defendido por un Sacha Baron Cohen que se aleja de su conocida faceta Borat.

Sweeney Todd es la historia de una injusticia, como tantas otras veces, la historia, rizando el rizo desde Burton, de un amor encubierto y retorcido, es un musical de terror, pero también es un drama cautivador y una comedia negra, negrísima. Porque, en realidad, la historia no nos cuenta nada extraordinario, pero la forma de contarla es ágil e hipnótica. Dice la leyenda que está basada en hechos reales y, dicen, que sin dato probatorio no hay crimen, pero son tantas las reseñas acerca del barbero diabólico de Fleet Street, desde el valenciano Jaume Roig, que en 1460 compuso El Espejo (Espill creo que es en valenciano) derramando en sus versos parte de esta historia, hasta los cuentos populares repartidos a lo largo y ancho del S.XIX, que a pesar de no existir esos datos fidedignos, una servidora, al menos, no puede dejar de pensar que cuando el río suena…

Pero volviendo al film, repanchingarse, literalmente, en la butaca para disfrutar, es una acto que pide el cuerpo a los pocos minutos de comenzar el metraje, vemos recuperado el sentido del humor que Burton parecía haber olvidado en otras propuestas anteriores, y comprobamos el acierto, una vez más, al conseguir que el público empatice al instante con sus personajes, pero ¡ojo!, sin perder su seña de identidad; diseño de producción oscuro con todo perfectamente atrezzado, gusto por los personajes atormentados que huyen despavoridos de la bidimensionalidad, filia por las bellezas extrañas, su sentido de lo mágico y lo bizarro mezclados deliciosamente, una obra maestra que no ha precisado justificar su veracidad o no.

La venganza es plato que se sirve frío, todos lo saben: ahora el que no tiene piedad es él, y junto a sus inseparables “amigas”, de forma terrorífica y sangrienta cortará gargantas hasta que la sangre salpique al espectador, saliendo con fuerza de las arterías. Londres, finales del S.XIX, casi en blanco y negro. Una siniestra historia de amor: un chico introvertido, una chica extrovertida, débiles ambos y buscando afecto, pieles de talco y gusto por emplear el "usted". Suelos de madera que crujen. Película aguda y oscura, pero emotiva y trágica. Les aseguro que ya han pasado a la historia del director y del cine esos últimos diez minutos inconmensurables…

Y para los amantes del musical, como yo, diré que, efectivamente, todo lo que huele a Broadway ha sido eliminado de la película. Canciones bandera del musical como la maravillosa y dificilísima “Not while I’m around” quedan denostadas a una pequeña muestra, muy bien traída, por el pequeño Ed Sanders, en el papel de Toby, y por la fantástica interpretación de la Bonham Carter.

Otras tantas piezas se caracterizan por una dificultad vocal altísima, no sin razón, y cómo ya he dicho en algún momento de este soliloquio, la música de Sweeney Todd es de las más difíciles jamás compuestas para una obra teatral. Algunas canciones no son logradas en toda su magnitud por la capacidad vocal de Depp, pero lo mejor de todo esto, es que esa deficiencia está más que sobradamente cubierta por una versatilidad y una emotividad de la que sólo este magnífico actor sería capaz. Contenido cuando debe y extremado cuando toca, el hombre de las mil caras, nos brinda una actuación, quizás, la mejor y más brillante de toda su carrera, y ya es mucho decir, con una sorprendente voz, tanto para propios como extraños, rozando la peculiaridad y el glam de la calidad vocal de David Bowie, fíjense si no lo han hecho porque me terminarán dando la razón.

Y es que, no en vano, Johnny Depp ha conseguido, gracias a esta magistral interpretación, el Globo de Oro al Mejor Actor de Musical y, espero, aunque con la habitual habilidad de la academia para defenestrar su trabajo, obtenga un Oscar por la misma…aunque aquí he de hacer un inciso, porque estando mi adorado Daniel Day-Lewis optando al mismo premio, tendré el corazón dividido pero contento, pase lo que pase.

En definitiva, una auténtica obra maestra, un deleite visual y sonoro, una historia que avanza al ritmo de unas excelsas canciones, a cuál más inverosímil y retorcida, complementadas por exquisitas letras que dotan de un humor negro a la película que consigue contrastar con su melancolía. Su puesta en escena es poderosa e impactante, los decorados aterradores, la fotografía oscura y lúgubre y la banda sonora apabullante en todos los sentidos. Unas magistrales interpretaciones de personajes redondos, llenos de historia, definidos y detectables, actores que están más allá de lo genial. No podía ser de otra manera, Burton sabía que, para dar vida cinematográfica a esta historia, los actores debían cantar y no los cantantes debían interpretar. Sutil, brillante, genial…directo a la yugular.

martes, noviembre 20, 2007

¡Se callen, coño!

Las cumbres entre España, Portugal (porque los portugueses van, ¿no?, vamos, que está más o menos claro que a nadie le importa demasiado si es así o no, pero es por disimular un poco) y nuestras antiguas colonias americanas son una bellísima ocasión para el reencuentro, para empaparnos y rebozarnos, cuál croqueta de pollo, de españolidad, para comer y beber como Dios manda, para montar francachelas con amiguetes y compañeros de correrías varios y para hacer negocios o patrocinar a compañías de tu propio país en su legítimo derecho por abrirse paso en sectores regulados por otros gobiernos. Como es evidente, todos ellos son motivos de peso para que las cumbres en cuestión tengan muy buena prensa.
El tópico dice que España es vista con mucha simpatía en Latinoamérica, que los nativos nos tienen en alta estima porque, a fin de cuentas, somos la Madre Patria, compartimos lengua, religión y cultura y, ¡qué caray!, nos sentimos reconocidos los unos en los otros. Los medios de comunicación, además, aseguran periódicamente que, las empresas españolas que han cruzado el charco, para ofrecer sus servicios de telefonía, agua, energía o autopistas, por mencionar sólo algunos ejemplos, a los sudamericanos, lo hacen incluso, en ocasiones, con un nivel de servicio y respeto al cliente semejante al que les acompaña en su actividad en la península (juzguen por sí mismos cuán contentos andarán). Por último, como es sabido, una de las muchas ventajas que supone tener un Rey (también conocido como “señor Rey”) como Jefe del Estado, además de ahorrarnos molestos trámites democráticos que, como es consustancial a España, nada bueno podrían traer, es que su buen hacer y su permanencia en el cargo le permite tejer unas relaciones privilegiadas con las diversas satrapías con droit de cité reconocido en el orbe, como pueda ser la dinastía saudita o nuestro querido “sobrino” marroquí pero también, como la historia demuestra, con los gobernantes latinoamericanos, incluso cuando éstos sean elegidos democráticamente. Así de bueno es el Rey, así de majete y simpaticón, sí, pero también eficaz. Y no crean, que sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, aplicadamente, se han esforzado en preservar este legado y, como es bien sabido, gracias a ello nuestros lazos con Latinoamérica y sus elites dirigentes son fenomenales y cada día más chachi-pirulis.
Sobre lo que ya no hay tanto acuerdo, pero bueno ¿qué esperaban?, ¡para algo somos españoles!, ¡qué se note!, es respecto de si la recia política de José María Ánsar, en su gallarda maniobra de postrarse a los pies del Emperador a la velocidad del rayo y a continuación emplear el látigo de su desprecio con los “países amigos” de América a poco que se salieran de madre, fue buena o mala para defender esa entelequia llamada “intereses españoles”. Hugo Chávez, con golpe de Estado y todo, fue el que más disfrutó de las caricias de la nueva diplomacia española, algo por lo que el tipo parece bastante resentido...pero, ¿que le vamos a hacer? Así es la ingratitud humana, siempre presente para con España y su grandeza, ¡descastados!. Digámoslo claro, Hugo Chávez no sabe aguantar ni siquiera una broma de nada. Es culpa suya. Y un dictadorzuelo, porque el apoyo popular expresado masivamente en las urnas, como bien podemos explicar a los marroquíes o a los argelinos, por no hablar de los turcos o, como nos pongamos tontos, de los mexicanos o de los estadounidenses, no ha de confundirse con la democracia. Ahora bien, existiendo un amplio consenso sobre la execrabilidad del Presidente de Venezuela, extensible en los medios de comunicación españoles a los que le votan, la cuestión es si la mejor política para afrontar estas realidades es la de Su Ansaridad o, por el contrario, alguna alternativa más...más... “simpática”. Pero héteme aquí que, sobre esto, no seré yo quién se pronuncie. Ustedes mismos.
Por otra parte, sobre nuestro Jefe del Estado y su exhibición del fatídico sábado 10 de noviembre, a la vista de cómo se las gasta la Fiscalía, también me da algo de miedo hacer una valoración sincera. En cualquier caso, se puede constatar la unanimidad con la que los medios de comunicación españoles han jaleado su tabernaria (¡y tan hermosamente española!) intervención en la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno (que, por cierto, por mucho que se empeñen, ni los mismos sudamericanos pueden evitar que supure españolidad por todos sus poros, con esas tertulias con gente interrumpiéndose, pegando gritos, faltándose socarronamente y, si se ponen las cosas bien, llevándose el Monopoly). Las loas que ha recibido desde todas partes (siempre y cuando no crucemos los Pirineos) ensalzan la virilidad del Monarca, la oportunidad de su gesto, los beneficios que para la imagen y los intereses de nuestro país conllevará y, muy especialmente, realzan la competencia y tino que nuestro Jefe del Estado ha demostrado una vez más en el ejercicio de sus funciones.
Como esta unánime valoración interna se combina con un absoluto rechazo, mezclado con perplejidad, por parte de toda la prensa iberoamericana, así como con una visión de nuestro Jefe del Estado en los medios europeos cada día más parecida a la que se tenía de Borís Yeltsin y sus pellizcos a toda secretaria que se pusiera a tiro, hecho éste, que cotejado con varias cabezas pensantes que me rodean, y una vez extraídas sus impresiones al respecto de todo este circo, no tengo yo del todo muy claro. Y digo esto porque, a la vista de los titulares de otros tantos periódicos que he podido leer en estos días, como “Times” “Le Fígaro” “Le Monde” y la versión neerlandesa de “Metro” en Bruselas, en el que he entendido más bien poco (sólo la palabra “mond” que significa “boca”, y poco más…) podemos extraer ya dos explicaciones alternativas:
- En España andamos todos acojonados ante la perspectiva de que la Fiscalía nos pille en un renuncio osando expresar alguna crítica a Su Campechanidad.- La valoración que nuestra opinión publicada tiene de lo que es una actuación diplomática sensata difiere sustancialmente de lo que opinan los sudamericanos (lo que tiene cierta importancia, dado que son ellos los afortunados receptores de nuestros desvelos), pero también de lo que es común en las naciones desarrolladas de nuestro entorno, supuestamente neutrales en todo este asunto.
Ahora bien, eso de que son “neutrales” es generoso. Lo que son, sobre todo, es extranjero y, por definición, envidiosos de España y de su grandeza. Desde ese fin de semana, también, de nuestro Jefe del Estado.
Pero…permítanme que haga flashback en alto: que me dicen del momento "realismo mágico" en el que JC I “El Campechano”, unos segunditos antes de soltar la réplica diplomática del “porque no te callas tú, gilipollas (esto último me apuesto el cuello con ustedes y no lo pierdo a que lo soltó entre dientes…)”, se puso entre la línea visual de ZP y Chávez, señalándolo con el dedo acusador de Dios diciendo “Tú, tú”,…¡ay! Que me recordó a aquellos matones del pueblo de unos amigos que, en cuanto les caía un balonazo fortuito mientras estaban de espaldas, se giraban hacia el campo de fútbol y, al primer pringado que hubiere tenido la mala fortuna de cruzar su mirada levemente con la de semejantes elementos, le reproducían el gesto del rey. Con la posterior apertura de esfínter del pobre desgraciado que sabía que, en pocos minutos, iba a morir si no huía…
Por enésima vez, el Rey al lado del pueblo, como uno más, ya sea un matón de barrio o un directivo de multinacional española (generalmente los primeros acaban siendo los segundos años después, no hace falta nivel de inglés para ello, ni estudios)…eso o que la carísima educación que le hemos pagado al niño para no hacer otra cosa que saber comportarse en estas ocasiones no ha dado más de sí, milagros a Lourdes…y es que en este país de “Lameculos”, lo que en la gente normal es grosería, en el Señor Rey es contundencia…¡manda güevos!
La única realidad de todo este “tinglao” es que tenemos una política exterior de chiste, celebramos y financiamos cumbres que son unos paripes donde, encima, van y nos insultan y donde de nuevo el Señor Rey paga los platos rotos de la inutilidad e incapacidad de este gobierno (que no me va mal, porque total, para lo que hace…). Ha pasado en Argelia, con la visita a Ceuta y Melilla, con el ofrecimiento que hicieron para su mediación en el conflicto de las papeleras y ahora le obligan a defender en solitario la dignidad de España ante la perplejidad de ZP. Con Trini y Desatinos con cara de estarles haciendo un enema, que solo abrió la boca para decirle “si, por supuesto” a Chávez…ZP se cree que la política exterior es como la mili, donde lo mejor es pasar desapercibido, se cree que si no nos quejamos, a lo mejor nadie se va a dar cuenta que nos están sodomizando una banda de republicas bananeras, desde el Chad a Nicaragua pasando por Marruecos (y que conste que lo único que esto implica es que, este nuestro Reino, bebe de esas chabacanerías y cada día más parece una República de Ídem)…
Chávez es un bocazas y el rey ha actuado en reciprocidad, extralimitándose en sus funciones, aunque los verdaderos responsables de este espectáculo son los anfitriones, que deberían haber puesto orden a tiempo. Pero no acaba aquí la cosa, o qué se pensaban que ya, ¿no? ¡¡Almas de cántaro!!...ahora Chávez está cargando contra el Rey, contra España y contra todo lo que se le ponga por delante, y también lo acusa de “golpista” (pa’ mear y no echar gota, que diría aquél), porque, según él, es el Señor Rey quién dirige la política exterior de España…está mu’enterao, el colega…!
Pero que queréis que os diga, o recibimos al ciudadano Borbón con todos los honores de este país…ya sabéis, paellada a escote en Zarzuela, sangría de la güena, de la que hace la Sofi los fines de semana en Marivent… y después todos de putas ¡que paga ZP!…o lo ahostiamos cuando se baje del avión aprovechando para proclamar la república gijonesa del Avilés.
Miren, ni irnos de putas con él…que le gustan las horteras (entre Bárbaras Rey, que si la italiana esa canija y cutre y tal…) ni ahostiarlo (que no queda bonito, coñe, ¡que es un abuelete!), pero, más que nada, porque ya que la vas a liar, la lías bien, no te pares en el que te calles….faltó decirle, ¡qué te calles hostia ya!, ¡que te arreo dos tollinas a ti y la puta esa que te la está comiendo!…sí, sí a ti Ortega, maricona (en este punto debería haberse levantado señalando, con el dedo de las pajas a las nenas, al ex preso por ladrón en Nicaragua, su augusto presidente) y, si se mete por medio, el salvador de Bolivia) o, directamente, haber hecho uso de los 15 días de fiero adiestramiento militar que tuvo para que le dieran el disfraz de Dr. Magneto y le das de hostias a los allí congregados…y punto, que ya lo grabarán en video los de TVE y lo exponen en plan: ahí tienen al Rey de las Españas departiendo amistosamente con sus amigos del cono sur americano….o sea…que para mi gusto se quedó en un bluff….casi se gana el sueldo…
Resumiendo: que soplan buenos tiempos para los republicanos, los españoles, me refiero, no los estadounidenses.
A mí no se me hace muy sorprendente la reacción del monarca y es que ésta, casa perfectamente con los chascarrillos que, sobre su persona, circulan desde hace años respecto a determinados modales barriobajeros, chabacanos y sátiros (cuando hay damas de por medio). Cuestión distinta es que, quienes no se hayan quitado la venda todavía y crean a pies juntillas lo que determinados medios o incombustibles monárquicos les pretenden hacer tragar, se hayan llevado una sorpresa con la frase de marras, tan extendida ya en España, por otra parte, que hasta de politono-techno se me ha disfrazado ya.
Ahora bien, en mi opinión, lo mejor ha venido (como no) de aquí dentro, y es que si en la cumbre se ha comprobado que la fraternidad y amistad no son, precisamente, muy comunes entre determinados países sudamericanos, en España son palabras vacías de contenido cuando se trata de las relaciones entre los dos principales partidos. Especialmente cómicas me han resultado las declaraciones de Don Mariano prestas a sacar la mayor tajada electoralista posible criticando a Zapatero y elogiando la figura del monarca, cuando su guía y prócer espiritual, el marido de la Botella (nótese la sorna), ya había agradecido a ambos su defensa desacreditándole una vez más. No contento con ello, y al no haber sacado el supuesto rédito pretendido, ahora intenta alargar, de un modo ficticio el asunto, solicitando que se llame a consultas al embajador. Grandioso.
Respecto a Chávez, hace mucho tiempo que lo tengo por uno de esos dirigentes a los que siempre cabe prestar atención, pues una nunca sabe los buenos momentos que nos puede deparar. Desde el día en que lo escuché lanzando peroratas contra “Condoleccita” como quien trata de razonar con su caniche, se ganó mi corazón…
Por otro lado, me parece indigno no invitar, al menos, a otros países que podrían aportar mucho en estos debates, tales como Guinea Ecuatorial, Guinea Bissau o Sao Tomé y Príncipe. La que nos estamos perdiendo por esta discriminación geográfica.
En fin, con un poco de paciencia, dado que todos han logrado tener su parte de éxito en la trifulca (Chávez se despacha a gusto pintorreándose del rey a su vuelta a Venezuela, quedando como el más macho ante el imperialismo; el rey ha hecho exactamente lo que sus defensores y entusiastas querían ver; ZP queda como un líder, demasiado por encima, intelectual y, educacionalmente, de la media en esa jaula de grillos), no sería de extrañar que en breve se organice algún sarao en el que el rey, ZP y Chávez se den algún abracito y un "pelillos a la mar" por el bien de nuestros pueblos. Y ahora que alguien me explique por qué Chávez no manda a freír gárgaras a JC, con algo como “cállese usted, abogado de pleitos pobres”. Para mí, que estaba estupefacto por la suerte que estaba teniendo y cómo iba a ser recibido en olor, o más correctamente, en loor de multitudes a la vuelta. Véase: http://cvc.cervantes.es/alhabla/museo_horrores/museo_014.htm
Y digo más,… ¿la Constitución no dice que el rey no puede realizar ningún tipo de acción política sin la sanción del presidente del gobierno o del ministro del ramo? ¿Desde cuándo tiene voz (públicamente digo) fuera del discurso de navidad o discursos escritos por sus negros? JC I “El Campechano” tendría toda la razón del mundo, o no, al decir el ¿Por qué no te callas?, si, pero en una comida privada, jamás en un acto político, del tipo que sea. Será paranoia, pero lo que leo y oigo últimamente alrededor de nuestros queridos reinantes campechanos, cada vez me suena más a otros tiempos, cuando un señor lo designó sucesor. Es la primera vez que le oímos abrir la boca espontáneamente en 30 años, se secuestran publicaciones y se juzga (además hoy), a los autores de una caricatura, la derecha más recalcitrante le insta a actuar contra el peligro separatista so pena de abdicación…Todo esto me suena a campaña de imagen. Ahora falta saber si “El Campechano” recogerá el guante, porque tanto tiempo sin trabajar, por mucho que se lo exija la COPE, yo creo que le costará mucho (si a mí me cuesta cada mañana echarme al tajo, imagínate a él). Me irrita cada vez más que SM trate de tú a todo dios, sin importarle que sea otro jefe de estado sobre el cual no tiene ningún ascendiente. Que pida respeto, pero con la educación debida, no con su bien educado desdén hacia la plebe.
Personalmente, creo que era perfectamente posible reaccionar de otro modo. De hecho, hacerlo de mil y una formas diferentes a la que se produjo. No obstante, los medios españoles van virando: de gesto “ejemplar” y “lección”, pasamos a lo que, más o menos, era una situación excepcional y el Rey “no tuvo más remedio”, por así decirlo, que actuar de esta forma. Bueno, vale, es un avance. De jalear esas formas hemos pasado a “explicarlas” por el concreto y muy peculiar contexto.
La clave no es si Chávez tal o cual. La cuestión es si el gesto del Rey facilita o no las relaciones de España con la región y defiende bien o no los intereses de nuestro país.
De Chávez podemos hablar, pero no es el tema. Podemos empezar por preguntarnos varias cosas cómo:
- ¿Por qué sus formas y modos totalitarios han de permitir respecto de Venezuela que la aproximación pragmática habitual en medios diplomáticos y económicos sea abandonada, a diferencia de lo que ocurre con otras dictaduras, incluyendo no sólo las de corte populista verbenero “chavista” sino las de verdad, como, no sé, muchos de nuestros “socios privilegiados”? Estoy a favor de una política exigente en materia democrática y de derechos humanos, pero que no sea hipócrita, que valga para todos. Que la prensa española trate igual de mal a Chávez que a cualquier otro populista con tendencias autoritarias, aunque sean blancos. Que nuestro Gobierno haga lo propio. Y no digamos ya respecto de las dictaduras con todas las letras, empezando por Marruecos, nuestro fiel aliado y socio, y siguiendo por China, Cuba, Pakistán…
- Los medios de comunicación españoles no pueden defender, en un lapso de un minuto, que “Venezuela es una dictadura sin libertad de prensa y un férreo control por parte del Gobierno de los medios de comunicación” y a la vez que “la prensa venezolana cuestiona la conveniencia e inteligencia de los exabruptos de Chávez”. Es un poco contradictorio, la verdad. Pero aquí es que nos tragamos todo siempre y cuando sea beneficioso para nuestra versión.
Un último dato: en Chile están cuestionándose, con especial interés, el papel de Bachellet, en Venezuela el de Chávez, en Nicaragua el de Ortega… desde la perspectiva de si efectivamente lo hicieron bien, si defendieron de manera pragmática e inteligente los intereses de su país, si se comportaron correctamente. El único país del mundo donde brilla por su ausencia la reflexión crítica sobre la propia actuación (que es la que más ha de interesar a alguien sensato, a una nación sensata, analizar ante todo lo que uno ha hecho o podido hacer mal) es el nuestro, sustituida por una ovación atronadora y cortesana que esconde cualquier posible reflexión…¡qué más se puede pedir que tener shows de estos, que entretienen y permiten a las opiniones públicas sensibles a los gestos de populismo reconciliarse con sus líderes!
Porque lo mejor de todo este asunto es que, a la vez, se califique de “ejemplar” el gesto de nuestro monarca y se haga mofa de la raíz populista de toda una serie de líderes sudamericanos.

El cine al revés

Hay ocasiones en que elegir una tarde de cine vulnera los principios más profundos de cada uno. Me enfrento a una nueva jornada vespertina desierta, en la que me apetece alimentar el único momento de asueto que me puedo permitir y, de nuevo, tengo miedo, pánico, me atrevería a decir...lo cuál me recuerda algo que procedo a relatarles y que, desgraciadamente, me suele ocurrir de manera recurrente...el porqué la pereza, y otras mañas, han hecho tal mella en mí, que en los últimos años sólo una fuerza sobre humana y un aburrimiento infinito han hecho que dejara caer mis huesos por las salas de cine de esta mi ciudad. Y es que, la vez que procedo a relatarles, tenía tintes de tragedia, porque la cartelera, en aquella ocasión, era bastante clara: había cine español para todos los gustos. Estaba, como plato más apetecible, “Cosas que hagan que la vida valga la pena”, con Ana Belén, actriz cuya película más digna continúa siendo “Zampo y yo”, tal vez porque es la única ocasión en que el papel de payaso no lo interpretaba ella. Pero el elenco se completaba con la nueva de Carmen Maura, con alguna opera prima, y con “El Lobo” y “Mar adentro”, que ya llevaban un par de meses en cartel, a pesar de que los representantes de nuestro cine digan que el problema es que las películas españolas las retiran a los pocos días de su estreno. Frente a todas estas opciones, tenía en cartel la típica basura de los yanquis, las últimas obras de directorzuelos como Scorsese o Clint Eastwood. Como el resto ya estaban vistas, se planteaba un dilema: Ana Belén o Clint Eastwood. Ahí traicioné mis más profundas y arraigadas convicciones y decidí que la de Ana Belén ya la vería otro día (a ver si con la espera, con un poco de suerte, la quitan de las salas) y procedí a ver en aquél instante, el último producto comercial de Clint Eastwood.
Candidata a los Oscar en un buen puñado de categorías, hubo quien afirmó que su película era una firme candidata al premio, si bien Eastwood siempre ha estado reconciliado con la industria, y la industria se lo supo recompensar, hace ya varios años, con las estatuillas que ganó al presentar “Sin perdón”. Con o sin galardones, Eastwood iba a volver a sorprender presentando su “Million Dollar Baby”, en la que el mundo del boxeo servía, en esta ocasión, de marco para sus inquietudes.
Existe entre la crítica europea una cierta fascinación ante ciertos temas del cine norteamericano. Se trata de esos que, supuestamente, retratan la sordidez de la sociedad yanqui. Si un director hace una película sobre alguno de ellos, ya tiene ganadas las simpatías de la cinefilia del viejo continente. Principalmente, son tres los temas:
- El jazz. No me refiero al swing alegre y jovial, es decir, aquí no entrarían películas como la biografía de Glenn Miller realizada por Anthony Mann. Hablo de esas películas de viejos jazzmen en el ocaso de su vida, donde el alcohol, las putas, los moteles viejos y los clubes nocturnos cargados de humo representan el mundo decadente de nuestros tiempos. Un poco de novela negra por aquí, algo de bop por allá, y tenemos la obra maestra aplaudida en todo el mundo civilizado. Ejemplo paradigmático: “Round Midnight”, de Bertrand Tavernier.
- Los borrachos. Se acogen a las mismas constantes descritas anteriormente, sólo que los protagonistas, en vez de tocar jazz, son personajes con una vida menos cosmopolita, pero con su particular descenso a los infiernos. Películas más aplaudidas de este género: “Días de vino y rosas”, “Días sin huella” y “Leaving Las Vegas”.
- Y, por último, el boxeo. Aquí sí que no falla. Hay un montón de películas que, a pesar de ser todas diferentes entre sí, se suelen meter en un mismo saco: la corrupción del mundo del boxeo. La lista es interminable: “Gentleman Jim”, “The Set-Up”, “Más dura será la caída”, “Fat City”, “Toro salvaje”, “Jugando a tope”, todas ellas protagonizadas por perdedores. Incluso Rocky Balboa era un perdedor, ya que no podía pasar de un empate a los puntos en su combate contra Apolo.
Clint Eastwood debería haber entrado ya hace tiempo en los altares de la crítica europea: ha hecho su película sobre jazz (“Bird”), los protagonistas de muchas de sus cintas son borrachos (“El sargento de hierro”, “Sin perdón”, “Ruta suicida”) y ahora ya tiene una película sobre boxeadores. No obstante, Eastwood no es un director que pueda fascinar con facilidad a la intelectualidad europea: es republicano, su retrato de Charlie Parker en “Bird” no era para nada hagiográfico, sus borrachos son detestables fascistas y para su última película ha elegido como boxeador a una chica.
Pero no sólo eso. “Million Dollar Baby” apenas se detiene en las corruptelas del mundo del boxeo. No las niega (ahí está, por ejemplo, el momento del soborno a los managers para que acepten combates contra Maggie), pero tampoco se recrea en ellas. Porque, para Eastwood, el boxeo aquí no es más que un espacio más para representar el fracaso, huyendo de cualquier mitificación del deporte.
El argumento de la película es radicalmente sencillo. Frankie Dunn (Clint Eastwood) es el dueño de un gimnasio de boxeo. Lleva años dirigiendo a boxeadores con inteligencia, pero adolece de capacidad de riesgo. De ahí le viene su eterna frustración: no haber conseguido, como manager, ningún título. En su gimnasio trabaja Eddie Dupris (Morgan Freeman), un anciano ex-boxeador que perdió un ojo en su último combate, a la edad de 39 años. Eddie, al igual que Frankie, persigue un sueño hasta que la realidad les confirma su naturaleza de perdedores. Un día llega al gimnasio Maggie Fitzgerald (Hilary Swank), una chica que trabaja de camarera y que decide convertirse en boxeadora, a pesar de superar la treintena. Pese al rechazo inicial, Frankie decide entrenarla y convertirse en su manager. Ambos acarician un título mundial, pero el sueño se desmorona en el último momento con fatales consecuencias para Maggie.
La película tiene un tono tristón, con muchos toques de comedia amarga. Desde un primer momento, el espectador cae en la cuenta de que algo no funciona, de que un tono apesadumbrado domina una narración que arranca de un modo amable. Pero la pesadez del ambiente es innegable: la narración en off de Eddie, el ambiente deprimente del gimnasio y de sus clientes, la música melancólica y la iluminación general de la cinta, uno de los rasgos más trabajados siempre en las películas de Eastwood. Los personajes secundarios contribuyen a la atmósfera que destila fracaso y compromiso a la vez. Frankie Dunn, como el Will Munny de “Sin perdón”, es consciente de que sólo sabe hacer una cosa en la vida. Sólo cuando sus acciones concluyen con la muerte de una persona descubre, como el John Wilson de “Cazador blanco, corazón negro”, que ha llegado el momento de la rendición, del acatamiento de las normas. Dunn vive en su propio mundo, el del boxeo, que se define en la película como un microcosmos en el que todo funciona al revés, en que el fracaso es, por consiguiente, la culminación de una trayectoria vital.
Sin embargo, como ocurría en “Mystic River”, la tristeza está mucho más acentuada que de costumbre. Los personajes de Eastwood se movían bien entre un equilibrio satisfactorio, entre el desastre de su vida pública con una cierta redención final (“El sargento de hierro”, “Poder absoluto”, “Pacto de sangre”, “Space Cowboys”), bien con un fracaso mayor, que suponía la imposibilidad de escapar de su pasado (“Sin perdón”, “Ejecución inminente”). En cualquier caso, como en el cine de Ford y Hawks, Eastwood sugería siempre un complejo mundo interior donde se ocultaban los más profundos sueños y decepciones. Ahí está el ejemplo innegable de “Sin perdón”, con un Will Munny condenado a huir en el deseo de un reencuentro con su mujer. En “Million Dollar Baby”, a Frankie se le hace insoportable la incomunicación con su hija, a pesar de los esfuerzos que lleva a cabo por entrar en contacto con ella. Sólo con la muerte de Maggie entiende Frankie que el éxito no está en su mano, y que le estaba diciendo una mentira piadosa a su boxeadora cuando, en el hospital, le confesaba que nunca abandonaría el boxeo.
La película es bellísima, y ha generado múltiples análisis y comentarios. Profundiza en una obra, la de Eastwood, sencilla y muy coherente. Una obra hecha desde una peculiaridad cultural muy concreta, las manifestaciones propias de la sociedad estadounidense. Ya lo decía Eastwood cuando venía a afirmar que los productos específicos de la cultura norteamericana eran el jazz y el western. Géneros y manifestaciones protagonizados por personas que se encuentran en la frontera. Como en el boxeo. Y, yendo aún más allá, Eastwood se arrima todo lo que puede a esa frontera. Por eso en “Sin perdón” los ganadores son los asesinos. Y por eso en “Million Dollar Baby” quien boxea es una chica. Y no Ana Belén, no. Sino una gran actriz como es Hilary Swank.
Y ustedes se preguntarán: y esta cansina, ¿por qué vuelve a cuestas con Clint? ¿ no qué ya había escrito largo y tendido sobre él? ¿se había dejado cosas en el tintero después de 80 líneas que le dedicó no hace tanto? Pues sí...le profeso tal respeto y admiración que ni cien mil líneas serían suficientes, y...además...¡qué coño! Acaso no es este mi blog, pues algún trifásico tenía que tener, no?

sábado, noviembre 03, 2007

La estirpe de John Ford

En este mes, me vais a permitir un lujo especial: hablar, todo lo que se me ocurra y más, de aquél a quién profeso, junto con otros tantos, una admiración y respeto más allá de las meras apariencias: Clint Eastwood.
Desde tiempos inmemoriales, al menos para mí, se ha tildado a este hombre de fascista. El sinsentido de este postulado se ha venido defendiendo desde hace ya más de treinta años, desde los tiempos de “Harry el sucio”. Pero no hay que preocuparse. Demasiados críticos hay que no son más que personajillos frustrados y envidiosos. Y, como en muchas ocasiones anteriores, los franceses fueron los primeros europeos que se atrevieron a desmontar este despropósito. En Europa, claro, porque en Estados Unidos, fueran o no reaccionarias sus películas, Eastwood iba poco a poco convirtiéndose en el segundo actor más taquillero de la historia del cine, sólo por detrás de John Wayne: sí, retrógrado éste como el que más en su vida privada, pero actor de aventuras y mito donde los haya.
Pero no acaba aquí la trayectoria de calificar de fascista a todo lo que venga de Norteamérica. Muchos esfuerzos se gastaron en calificar a “Centauros del desierto” (1956) de película fascista y racista. Los eruditos de la materia decían (y algunos aún lo insinúan) que la cinta de John Ford protagonizada, curiosamente, por John Wayne, glorificaba la matanza de indios en el far west. Nada más lejos de la realidad, la película muestra lo contrario, la brutalidad de Ethan Edwards, el personaje anti indio encarnado por Wayne del que Ford mantiene en toda la película una clara distancia.
En definitiva, que, retirado Ford, el nuevo fascista era Eastwood. “Harry el sucio” (1971) levantaba ampollas porque parecía cuestionarse la seguridad ciudadana en la sociedad actual. Película de compleja lectura, su director, Don Siegel, peleó siempre contra la calificación de fascista: “Si hago una película sobre un asesino, no quiere decir que lo justifique, al igual que si hago una película sobre un agente de policía con métodos resolutivos”. Desde luego, la identificación con el personaje no está muy clara: la película muestra a un Harry Callahan solitario, misógino, insociable, repulsivo. Una de las secuencias más divertidas muestra a Callahan disparando a unos ladrones al tiempo que se come un perrito caliente que sostiene con una mano. La secuencia, cuanto menos, parece una parodia de todo lo que muchos vieron en la película.
Más datos. Eastwood estrena a mediados de los años 80 “El sargento de hierro”. Polémica de nuevo por el personaje que encarna, un maleducado militar que no para de insultar a sus reclutas durante la instrucción. Los que vieron un alegato belicista en el film, parece que no aguantaron hasta el final de la proyección, en que la contienda contra los cubanos muestra una repulsa a toda la patraña bélica. Los que sí que parece ser vieron todo el film fueron algunos altos cargos del ejército americano, puesto que el cuerpo de marines renegó de la película y lamentó el apoyo logístico proporcionado a Eastwood.
A este batiburrillo se añade la breve peripecia política de Eastwood, alcalde republicano durante dos años de una pequeña localidad californiana, Carmel. Se equivocaron de nuevo los agoreros que vieron en él a un nuevo Reagan. De hecho, el mismo Eastwood suele recordar con sorna aquella etapa de su vida, ya que en más de una ocasión ha afirmado que “mi mayor aportación a la comunidad fue la regulación para la venta de helados en carrito”.
Como punto de inflexión, Eastwood filma en 1988 “Bird”, una biografía sobre Charlie Parker. Filmar un producto que superaba a obras como “Round midnight” del sobrevalorado Tavernier desconcertó a este sector de la crítica, que, de todas maneras, le sigue negando a Eastwood el pan y la sal. Como mucho, hay quien califica a Eastwood como “el último clásico”, expresión que en realidad significa bien poco.
El estreno de “Deuda de sangre” nos volvió a traer a un gran director, con una película oscura, barata, casi de serie B, crepuscular y muy triste. Una pequeña composición de cámara que conmueve por la fragilidad que muestra en sus personajes, especialmente en el de McClube, el ex - agente enfermo del corazón encarnado por Eastwood. Rodada en 38 días, esta pequeña obra es un ejemplo de sencillez, buen hacer y eficacia. Como todo Eastwood.
Una película que se añade a una filmografía envidiable y que reconocemos como única. Veamos los títulos:
- Escalofrío en la noche (Play Misty for Me), 1971. Thriller debut de Eastwood, que encarna a un locutor de radio acosado. Opera prima irregular, pero muy entretenida.
- Infierno de cobardes (High Plains Drifter), 1973. Primer western que dirige y en que se plantea ya un nuevo dibujo del género, una reflexión que le llevará a reconsiderar la historia norteamericana y que supondrá su cima como cineasta.
- Primavera en otoño (Breezy), 1973. Una de sus obras menos conocidas, protagonizada por William Holden. Historia de amor entre maduro y jovencita, fue su primer fracaso comercial.
- Licencia para matar (The Eiger Sanction), 1976. Derroche de aventuras en una película tan distraída como floja en su conjunto.
- El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales), 1976. Nuevo western magnífico, en que se apuntan más rasgos de lo que será la madurez del cineasta. Primera aparición de Sondra Locke, quien sería durante algunos años su compañera sentimental y de reparto.
- Ruta suicida (The Gauntlet), 1977. Magnífico thriller de acción, increíble en su desmesurada denuncia de la corrupción policial, con un magnífico Eastwood que interpreta a un policía alcohólico y acabado.
- Bronco Billy, 1980. Una de sus películas favoritas, una comedia socarrona sobre el sueño americano.- Firefox, 1982. Tal vez, su película más floja. Un argumento ridículo (el robo de un avión nuclear soviético que se pilota con la mente) en una película para olvidar.
- El aventurero de medianoche (Honkytonk Man), 1982. Continúa el proceso de desmitificación del héroe. El hecho de que el personaje de Eastwood muriera al final de la película fue un veneno para la taquilla.
- Impacto súbito (Sudden Impact), 1983. La única de las cinco películas de Harry Callahan dirigida por Eastwood. No llega a la altura de la primera, pero es un thriller trepidante. Recordada por la famosa amenaza de Callahan: “Make my day”.
- El jinete pálido (Pale Rider), 1985. Empieza la madurez del cineasta. Un western basado en “Raíces profundas” que analiza la génesis del mal, en un personaje demoníaco que baja a la tierra para hacer justicia. Western áspero y muy duro.
- Vanessa in the Garden, 1985. Película de encargo realizada para las “Amazing Stories” de Spielberg. Interpretada por Harvey Keitel y Sondra Locke.
- El sargento de hierro (Heartbreak Ridge), 1986. La más lograda película antimilitarista de esos años, menos maniquea que “Platoon” y con un mensaje de denuncia que ya le gustaría para sí a “La chaqueta metálica”. Obra libre como pocas, que plantea múltiples preguntas para que el espectador llegue a sus propias conclusiones.
- Bird, 1988. El descubrimiento para muchos. La vida excesiva y breve de Parker llevada a la pantalla con mucho talento. Lejos de ser una hagiografía, cuestiona la huida hacia ningún lado del músico.
- Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart), 1990. Palma de oro en Cannes, Eastwood narra, según el libro de Peter Viertel, cómo se desarrolló una parte del rodaje de “La reina de África”. Eastwood encarna de manera soberbia a un John Huston más preocupado por irse de safari que por rodar una película. Crítica del colonialismo a que se ha sometido el continente negro, en la cinta se reflexiona además sobre el carácter político de la industria cultural estadounidense. Película, además, que demuestra la ineptitud de Constantino Romero para doblar todos los matices de la interpretación de Eastwood.
- El principiante (The Rookie), 1991. Película menor muy divertida y excesiva. Policiaco de entretenimiento, con un impagable Raul Julia de villano.
- Sin perdón (Unforgiven), 1992. Lluvia de Oscars y reconocimiento definitivo por parte de Hollywood, es uno de los mejores westerns nunca rodados, dedicado a los maestros de Eastwood: Don Siegel y Sergio Leone. Reflexión sobre el carácter inherente de la violencia a la naturaleza humana, sobre la verdadera construcción de la historia de EE.UU. sobre las desigualdades sociales de los desprotegidos, sobre la soledad, sobre un montón de cosas que se van descubriendo viendo la película una y otra vez. Will Munny (Clint Eastwood) es un asesino que cuelga las armas por amor y que vuelve a empuñarlas unos años más tardes para ayudar a unas prostitutas. Como el buen cine clásico, la película cuenta muchas más cosas de las que parece a simple vista.
- Un mundo perfecto (A Perfect World), 1993. Una de las pocas buenas interpretaciones de Kevin Costner en una película de persecución muy bien realizada.
- Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County), 1995. A partir de una mediocre novela, Eastwood logra una pieza hermosísima, contada de una forma compleja que anticipa una cierta preocupación por la narración. Emotiva película que plantea un dilema moral al que seguro de muchos de vosotros os habréis enfrentado, el del deber frente al querer.
- Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the Garden of Good and Evil), 1997. Película sobre el sur, que recoge toda la literatura escrita sobre el tema. Sensacional trabajo.
- Poder absoluto (Absolute Power), 1997. Crítica a la corrupción política en que el héroe es un ladrón de guante blanco.
- Ejecución inminente (True Crime), 1998. El tema ahora es la pena de muerte. Final onírico (y discutido por algunos) para una cinta muy emocionante.
- Space Cowboys, 2000. Clint Eastwood, James Garner, Donald Sutherland y Tommy Lee Jones en una película irrepetible, un canto a la experiencia y al respeto. Aventuras y humor en una de las mejores producciones de Hollywood de los últimos años.
- “Deuda de sangre” (”Blood work”), película con atmósfera y un cierto aire sombrío que no dejaba de inquietar al espectador.
- “Mystic River” (2003), otra sombría obra maestra de Clint Eastwood.
- “Million Dollar Baby” (2005), dónde se entrecruzan buenas dosis de dos de sus mejores películas, los puentes y sin perdón; dureza de la buena, ternura soterrada, desolación final, un forma memorable de narrar que me recuerda a los mejores clásicos. No puedo dejar de preguntarme, ¿cómo serán los futuros años de ese anciano machacado, perdido a sí mismo y más sólo que antes de conocer a su trágica boxeadora?
- “Banderas de nuestros Padres” y “Cartas desde Iwo Jima”, (2007). Con la primera, Esperaba el paraíso, tratándose de Eastwood, pero me quedo a medias. El desembarco en la playa de Iwo-Jima me recuerda al de "Salvar al soldado Ryan", me suena a dejá vu. Me parece valiente y oportuna la visión de Eastwood. Su amargura es necesaria. Pero no es la obra maestra que yo esperaba. Y en cuanto a la segunda parte, he de confesar que, pasé mi infancia creyendo a través del cine y los tebeos, que los japoneses en la 2ª Guerra Mundial eran unos histéricos fanáticos que gritaban ¡Banzai!. Hecho, que a pesar de generar un profundo rechazo por su personalidad, hizo que me fascinaran en la misma medida su cultura, tradiciones y pensamientos. El caso, ha tenido que ser un clásico del cine americano como Clint Eastwood el que nos cuente por primera vez en una película que esta gente eran seres humanos. Lo hace de una forma muy realista y humanista. Me parece que el cine de Hollywood les debía esta película a los japoneses.
Sin olvidar, por supuesto, que Eastwood siempre ha participado de una manera muy activa en las películas que interpreta y que, además, suele producir. Hay títulos tan buenos como “Harry el sucio”, “El seductor”, “En la línea de fuego” o “Dos mulas y una mujer”. ¿Es realmente cierto que aún hay que reivindicar lo obvio?