jueves, noviembre 05, 2009

Agónico

De nuevo, superados los últimos acontecimientos que me tenían más centrada en el trabajo que en el placer, vuelvo a la carga. Y es que la ocasión, lo merece. Javitxu, cuando leas esto, que sepas que va por ti!! Vivimos un otoño invadidos por películas sin ningún tipo de interés cinematográfico llenando nuestra cartelera pero…cuál súper héroe, salido de quiénsabedónde, aparece, una vez más, el nuevo icono de la progresía posmoderna, el ídolo de los pijoprogres, es un avión, en un pájaro, no…es: Alejandro Amenábar.
Y es que, a estas alturas, es más una obviedad que una hipótesis, que el cristianismo destruyó el Imperio Romano. Roma sobrevivió apenas sin inmutarse a la enorme crisis de legitimidad imperial del siglo III, con sucesivos emperadores que iban siendo asesinados por sus sucesores, pero no pudo sobrevivir a la disyunción de la legitimidad entre emperadores y obispos, al buenísimo fanático cristiano y, en particular, al afán por acaparar cargos y prebendas que desde un principio caracterizaría a los cristianos en el poder, ese “quítate tú para ponerme yo” tan propio del cristianismo.
Comento esto porque una dando, contra sus propios principios, una nueva oportunidad a Amenábar, por aquello del tema, esperaría que una película sobre Hipatia, y sobre la destrucción de la biblioteca de Alejandría por parte de los cristianos, una película que se vende a sí misma como una virulenta y “valiente” crítica a la intolerancia, fuese mínimamente dura con la Cristiandad.
En lugar de eso y, como no podía ser de otro modo, se nos ofrece una película sorprendentemente complaciente con el cristianismo, que deja claro, por una parte, que los cristianos provenían de las clases bajas, los desposeídos, los depositarios de lo que de fervor revolucionario pudiese haber en el Imperio Romano; por otra parte, según se nos explica los cristianos se limitaban a responder a la provocación previa del paganismo, según la siguiente secuencia: los cristianos hacían alguna inocente bromilla a los paganos o a los judíos, éstos respondían de forma desmesurada, con una matanza, y los pobres cristianos, que a fin de cuentas eran más, y en una demostración, adicionalmente, de que Dios estaba con ellos, pues contestaban a la agresión como buenamente podían y oye, si se llevaban a unos cuantos paganos por delante qué se le iba a hacer, ellos se lo habían buscado. Por último, queda claro que, tarde o temprano, e indefectiblemente, casi todo el mundo acababa convirtiéndose al cristianismo, y digo yo que sería porque creían en la Resurrección y todo lo que ésta llevaba aparejado, ¿no? ¿O vamos a insinuar, a estas alturas, que la gente se convertía al cristianismo por conveniencia, por cicateros motivos materialistas? Por último, el único milagro digno de tal nombre que aparece en toda la película es realizado por un exaltado cristiano, que, cual Jesús en el lago Tiberíades, pero adaptado y mejorado, camina por encima de las llamas sin inmutarse (mientras que un émulo pagano, puesto que Dios no está con él, arde en la hoguera).
Frente a todos estos hechos incontestables, Amenábar se afana en mostrar lo malos que son los cristianos, así en general, y cómo destruyeron un mundo anterior que era, naturalmente, de puta madre, un mundo de tolerancia religiosa y afán por el saber científico. Un mundo que, por supuesto, y si Amenábar se hubiese documentado algo y no se hubiese limitado a soltar cuatro tópicos lo sabría, llevaba siglos desaparecido en lo que se refiere al saber científico.
Pues, si bien la tolerancia y el integracionismo de toda clase de cultos y deidades fueron siempre consustanciales al Imperio Romano (razón por la cual el cristianismo nunca encajó muy bien en el Imperio, dadas su fundamental intolerancia y cerrilismo que aún hoy lo definen), desde luego es vender una cabra muy grande la venta de humo que hace Amenábar en la película, en plan “mirad cómo los cristianos destruyeron la sabiduría del mundo antiguo”. Esto podía ser cierto en el período helenístico anterior al ascenso de Roma, pero no durante el Imperio, caracterizado precisamente por la parálisis y el desinterés por la ciencia y la técnica más allá de lo aprendido siglos antes de los griegos.
Pongamos un poco de orden: la clave no es si hay una religión o muchas; la clave es si se hace algún caso a la religión, si la religión ostenta algún poder social o está afortunadamente arrinconada. En el contexto del Imperio Romano, con o sin cristianismo, Hipatia era, claramente, la excepción, y no la regla (y bueno, sí, el ascenso del cristianismo exterminó todo interés por el saber científico hasta que las sociedades bajomedievales lograron medio desembarazarse de los curas, pero ¿acaso habría ido mejor la cosa sin cristianismo? ¡Cuánto daño ha hecho la marcha de César Vidal de la Cope, ya nadie le escucha y sus revolucionarios postulados históricos caen en saco roto!).
Como, por otro lado, de Hipatia no se sabe prácticamente nada, salvo que era una tía de puta madre y que se la cargaron los cristianos de forma particularmente asquerosa (la desollaron viva utilizando afiladas conchas marinas, la descuartizaron y quemaron sus restos), Amenábar tiene un terreno fértil para inventárselo absolutamente todo, incluyendo un hipotético redescubrimiento del heliocentrismo de Aristarco de Samos por parte de Hipatia. Inventa tanto Amenábar que incluso se inventa las únicas cosas que sabemos de ella:
1.- su muerte, que en la película queda considerablemente aligerada (en un nuevo ejemplo de implícito descargo de las culpas del cristianismo).
2.- Hipatia murió con 60 años, que en aquella época la acercarían más a la imagen de un Sócrates mujer, que a este pimpollo, formal pero deseable, parca pero apetecible, asexuada pero cachonda. Sí, la descafeinada científica, que parece desarrollar sus razonamientos geniales con el Quimicefa o auxiliada con un libro de los “Jóvenes Castores”, toma el cuerpo de una treinteañera en edad de merecer y no es la efigie de la venerable anciana que debía ser, y que haría inteligible su papel en aquella historia, y su ascendente sobre tan altos mandatarios.
Puestos a inventar, lo más divertido de la película es, sin duda, la no-historia de amor de Hipatia, consagrada a la ciencia, con Orestes, uno de sus alumnos más aventajados, y que acabará convirtiéndose en prefecto de Alejandría. Orestes, el pobre hombre, intenta todos los recursos habidos y por haber para ligársela: primero el clásico acercamiento de macarra de bar; cuando esto falla, y en lo que es, sin duda, el momento más gay y más ridículo de toda la película, Orestes intenta ganarse a Hipatia demostrándole su lado sensible y se pone a tocar la flauta ante un montón de espectadores en el teatro de Alejandría. Orestes, que había hecho un Rodríguez Zapatero con la flauta (aprendió en un par de tardes), toca fatal, como el culo, un desastre, pero incomprensiblemente todo el público le aplaude a rabiar, en lo que no sabemos si es un ejemplo del poderío de los ricos en el mundo antiguo, con todos sus conciudadanos dispuestos a loarles, o de indulgencia metrosexual con “el pobre chaval, que está enamorao” (y no sea que no le aplaudamos y se ponga a tocar de nuevo).
Pues bien, cuando la música, comprensiblemente, también falla, Orestes, inasequible al desaliento, vuelve a la casilla de salida y se presenta como el machito violento que las nenas desean que sea, coge un gladium y se dispone a acabar con todos los cristianos que se le pongan por delante. Pero, como la virilidad no está reñida con la nobleza, sino que, bien al contrario, ambas se necesitan y alimentan mutuamente, Orestes también ejerce su magisterio para proteger a los discípulos cristianos de Hipatia del odio de sus correligionarios paganos.
Tanto esfuerzo es, de nuevo, infructuoso, así que a Orestes sólo le queda el último recurso: hacerse pasar por amigo de Hipatia, dejar que pasen los años en un silencioso acoso, y ver si suena la flauta (la metafórica, no la que toca tan horriblemente mal), ora por insistencia, ora por encantamiento de Hipatia ante el poder de Orestes, ya prefecto de Alejandría cuando nos los volvemos a encontrar, años después del primer –y último- choque de trenes entre paganos y cristianos, saldados con la victoria del cristianismo en la ciudad y su apropiación de la mítica Biblioteca de Alejandría (que los cristianos destruyen y convierten en un corral de cabras, en una nueva metáfora sutil de Amenábar). Hipatia ha logrado colocar a sus discípulo en puestos de poder (no sólo Orestes, sino que también tiene por ahí a un nauseabundo curilla como obispo de Cirene, primera colonia griega en Egipto, al oeste de Alejandría), pero la ola procristiana es de tal magnitud que se lo lleva todo por delante, también a Hipatia, ante la impotencia de sus supuestos protectores.
En resumen: ¿está bien la película? Pues por mi parte, me pareció un truño infumable y pretencioso. Por un lado, está claro que se trata de una película que se diluirá cual azucarillo en el DVD, dado que sus virtudes se acumulan, casi todas ellas, en el plano visual, con espectaculares imágenes de Alejandría, y en la caracterización histórica, tan bien hecha que la película no parece española. Por otro lado, la historia es bastante floja, efectista y falaz. Queda claro que Amenábar quería soltarnos otra parábola moral tan de su gusto, liviana a la par que previsible. Y la parábola funciona como funcionaría una película de Michael Moore: convenciendo a los ya convencidos y sin cambiar un ápice la opinión de nadie. Pero, por último, estamos hablando de Alejandría, de meterse con los cristianos, y del Imperio Romano (aunque el Imperio, propiamente dicho, sale más bien poco), tres factores que toda persona de bien tendría que sopesar cuidadosamente. Además, creo que Amenábar debía haber sido más sincero en el tratamiento de este telefilm, digo… película: tras él éxito cosechado con el hijo, debería haber dado ahora una oportunidad a la madre: la gran musa de nuestro cine y de nuestra SGAE, Pilar Bardem tendría que haber sido Hipatia, en aras de la credibilidad histórica. Si le preocupaba el hecho de que actriz tan amojamada no atrajese a un público hormonalmente revuelto, con hacer la película a través de flash-backs (recurso poco trillado) donde la mostrase en una infancia lejana y voluptuosa, no hacía falta contratar a la Weisz, la misma Elsa Pataki podría haber dado la réplica: ya me la veo a cuatro patas, en la arena, explicando a Euclides la Cuadratura del Círculo… todo hubiese quedado perfectamente alicatado.
En fin, que si os apetece verla, allá vosotros, en conclusión, mucho mejor hacerlo en el cine que más adelante.

domingo, septiembre 06, 2009

El buen pastor

Hace ya varios fines de semana, de esos que lo único que apetece es apachurrarse en el sofá y dedicar el tiempo a ver pelis y a recuperar, si es que es posible, la salud mental y física que me está quitando el trabajo y, a modo de katarsis, elegí “El buen pastor” como vía.
Así es. El aspecto primordial por el que destaca esta película es por su ritmo, unánimemente calificado por quienes no les ha gustado el film como angustiosamente lento y, de propina, como una narración liosa por los flashbacks, recurso cinematográfico propio de progres, gafaspasta y demás gente que van de listos “porque no follan”. Todas las personas que sostienen este tipo de argumentos sobre El Buen Pastor merecen ser deportadas a Treblinka. La película es larga como una semana sin fútbol, pero en ningún momento aburre a las oropéndolas porque, constantemente y de forma muy directa, va soltando información. Los personajes son abundantes y desfilan por cuatro líneas de investigación distintas: la infancia y juventud del protagonista, la II Guerra Mundial y meses posteriores, la preparación de Bahía de Cochinos y la consumación de la cagada de invasión y búsqueda de los chivatos que la malograron. En este sentido, parece mentira que la gente se queje de los saltos de una época a otra y al mismo tiempo de que la película es lenta. Digo yo que el problema sería si fuese rápida, que no te enterarías de nada. Pero no, el pueblo lo quiere todo, que como ovejas se les lleve por la cañada real, que no es tortuosa, y a buen ritmo, que no les gusta estar parados porque se aburren.
Lo cierto es que es imposible aburrirse si uno, tranquilamente, va atando los cabos que se le están planteando. No es un enredo indescifrable. Todo va cayendo por su propio peso. No hay que haber leído a Cortazar, ni escuchar a Prokófiev, ni recitar a Góngora. Pero qué se le va a hacer. En cualquier caso, si por algo renquea la película, que a todas luces se ha filmado con intención de marcar un hito cinematográfico, es por no lograrlo. Puesto que determinadas situaciones o relaciones entre personajes no poseen la suficiente intensidad como para entusiasmar al espectador como en todo buen peliculón de treinta mil pares de cojones que se precie. Aunque en su descargo hay que señalar que Matt Damon, el protagonista, está interpretando a una especie de autista que no dice palabra ni aunque le pillen los huevos con dos motorolos de 1991, cosa que extralimita las posibilidades de la obra, claro está.
El Buen Pastor es también una película de espías altamente novedosa. En primer lugar porque en ella no aparece Michael Caine. “Y ahora sale Michael Caine” lo adelantará en vano su cerebro cada cuarto de hora. Pero no, no sale el cabrón. A esta gran pérdida hay que añadirle el cambio de formato: la película no va de espías, sino más bien de funcionarios. No aparece aquí el típico espía que escapa por el alcantarillado de Barcelona de un Cobi que regala globos a los niños pero que resulta que es un agente del KGB al que el protagonista da muerte con un chicle-bomba que le dio un talibán en Yemen a cambio de una funda de cuero y terciopelo para llevar los dátiles de la merienda con un poco de estilo y caché. Encontraremos, por el contrario, a tipos grises, sin gracia, mileuristas y, en el caso del protagonista, hosco, adusto y vinagre a más no poder.
Resulta sorprendente que toda la pasta que Robert De Niro ha ganado últimamente con sus películas alimenticias, se la haya gastado en comprar en una subasta las gafas glam setenteras de Elton John, ponérselas a Matt Damon y rodar una especie de historia de la CIA. Sobre todo porque la cosa al final le ha salido por 85 millones de dólares -aproximadamente la mitad de lo que ha costado el Hospital San Pedro de Logroño, que será uno de los más modernos de España, y unas siete toneladas de zapatos para Elton- que tal vez sea demasiado para un film sin naves, explosiones o mujeres en cueros. En todo caso, el resultado final puede que no sea el esperado por los que han aforado, pero qué duda cabe de que se trata de una buena película en la que se muestra lo perra e inquietante que es la vida en los servicios secretos. Tiene su rollito de trascendencia existencial en la relación paterno filial de Matt con su padre, con su justicia poética a gusto de la interpretación del consumidor, una intriga bien lograda y lo más bonico, a mi juicio, que es el heroísmo kantiano del protagonista, que llegado el momento hace lo que tiene que hacer diga lo que diga la socialdemocracia o su portera.
La elección de Matt Damon como protagonista es uno de los puntos más conflictivos de la cinta ¿Lo hace bien? ¿mal? ¿regular? Cuesta creerse a un jefazo de la CIA con esa sonrisa Melrose Place, pero como no sonríe nada más que al principio, cuando sale vestido de mujer, tampoco da a lugar poner el grito en el cielo por el chico. Y de ser mala designación la suya, no sería el único punto débil, tanto personaje al final sí puede hacer que se te olvide alguno y no lo reubiques al final, cuando se forjan los destinos, por no hablar de lo contrario, es decir, otros, como Joe Pesci, haciendo de mafioso en un paso atrevidísimo en su carrera, sólo están para tomarse un té con Matt cuando se supone, o lo pide la lógica del espectador, que deberían entrar más en litigio ¿o si no para qué salen? ¿Para pellizcar el presupuesto? A ver si va a resultar De Niro un buen político pepero para Baleares. Otros, por su parte, como Fernando Torres, están que ni pintados en el papel de niño triste e inseguro que no trae más que desgracias. El acierto ahí es de Oscar. Una mano limpia a la otra, pensará Robert.
Chuflas en el guión a mi me salen tres o cuatro. Pero no son de alcance y una, por lo menos, se debe a que pasan de entrar en el asunto, aunque se hubiera agradecido. No abundaremos sobre ello para no desvelar media película. Así que, en resumen, señores, que no, que El Buen Pastor no es una puta mierda.
“El buen pastor” es una gran película. La prueba es que (aunque he de aclarar que yo esto lo digo desde la convicción moral que me proporciona que no se me hiciera larga en ningún momento) una está encantada de la vida a pesar de los fallos a la hora de explicar algunas cosas, de la planicie de los personajes, de que Angelina Jolie no esté guapa, de que no se explote el filón cinematográfico que es la homosexualidad reprimida de la familia del protagonista que sólo sale a la luz en la tercera generación y los trastornos que supone en su vida personal y profesional este terrible secreto (especialmente cómo el último miembro de la saga, ya más liberado psicológicamente del sentimiento de culpa, pierda la autocontención que llevó a sus ancestros a una nunca bien ponderada prudencia), de que no se entienda nada sobre el carácter secreto de una sociedad que poco más y tiene como miembros a todos los que se cruzan por la calle con el protagonista…
Creo que esta película tiene la estructura de una tragedia griega, y de lo que trata en realidad (el rollo del espionaje y la CIA es para despistar) es del viejo tema de la inexorabilidad del destino.
Tal y como veo yo la película, el autismo del protagonista, así como su carrera profesional y vida personal (si es que a lo que tiene ese pobre hombre se le puede llamar vida personal, o simplemente “vida”) deriva del trauma que le crea la muerte de su padre. Minutos antes de descerrajarse un tiro en la nuca, el tipo le larga un espích que ni el Magistral de Vetusta acerca de las horrísonas consecuencias que puede acarrearle a uno la mentira. Si mientes te morirás viejo, pobre y solo, y tú cadáver será devorado por tus gatos en el frío suelo de baldosa hidráulica de tu vivienda de protección oficial de Orcasitas, le dice el padre, ejerciendo aquí de Casandra. Y a continuación, sin tener siquiera la decencia de esperar los cuatro minutillos que hacían falta para que el chaval se fuera al jardín y no presenciase el espectáculo, va y se mata. Como para no tomárselo en serio.
A partir de ahí, Matt lo pone todo de su parte para evitar el horrible futuro que le han vaticinado. Así, se ve compelido a prescindir por el resto de sus días del don de la palabra (de boca cerrada no salen moscas) e incluso del uso de los músculos faciales (que ya se sabe que los ojos y gestos pueden ser también muy mentireiros), aterrorizado ante la idea de que si habla, igual se le escapa alguna pequeña trola o exageración, iniciándose así de forma imparable la secuencia de acontecimientos que lo conducirán a la miseria existencial total que le han predicho.
Creo que es ese mismo miedo el que le empuja a echarse una novia sorda, (y una amante en el camino, a la que él cree sorda, como alimento para sus filias, y que resulta ser una espía alemana, además de tener una mujer, en el fondo, sorda) anticipándose probablemente a hipotéticos momentos de debilidad y caída en la tentación. Si alguna vez miento, parece decirse el protagonista, al menos esta tía no me oirá, que casi, casi es como no mentir. Por otro lado parece que el chico ya se barruntaba que terminaría trabajando en esto del espionaje, y no se me ocurre mejor esposa para un espía que una sorda, obligada por naturaleza a la discreción.
…y es que ser espía es duro y sobre todo, solitario.
En este sentido, la película se beneficia de una realización que bordea el estilo oriental. Los silencios son más significativos que los diálogos, las miradas valen más que las palabras, los actos siempre se imponen a las palabras. Un guión pausado, muy milimetrado, perdedor y que requiere la atención casi permanente del espectador. Una muy buena dirección de fotografía con planos muy bien iluminados, un montaje al uso y un reparto de lujo que no defrauda. Angelina Jolie muestra una elegancia superior a la apreciada en sus últimas películas y encarna al único personaje que imprime emoción a una película deseadamente fría…enhorabuena. Bobby!!

martes, enero 13, 2009

The Spirit (2ª parte)

Pero existe otro aspecto no menos importante que el anterior. Y es que el referente, la fuente de la película es el cómic de Will Eisner. Un poquito de Wikipedia: The Spirit es la criatura que desarrolló Eisner en los años 40 y principios de los 50. A lo largo de una larga serie de historias auto conclusivas de siete páginas, el protagonista era un justiciero enmascarado que se enfrentaba a Octopus, un malo maloso que cometía sus fechorías en Central City, trasunto de Nueva York. Con esta premisa tan sencilla, Eisner explotó todas las posibilidades del medio, hasta el punto de que pronto Spirit dejó de ser siquiera un personaje importante en su propia serie. Las historias le servían a Eisner para jugar con el lenguaje del cómic, para experimentar con la composición de página, con las viñetas, la rotulación, etc…, y también para ofrecer un retrato de la sociedad neoyorquina de los años 40. Al final, en la serie, los secundarios protagonizaban las historias, y los personajes principales se quedaban como meros espectadores de las distintas vivencias de los habitantes de la ciudad. A este respecto, uno de los relatos más memorables de Eisner era “La historia de Gerhard Shnobble”, en que reflexionaba sobre los sueños, angustias y frustraciones del neoyorquino medio.
Con The Spirit (y también con sus obras posteriores), Eisner se estableció como el gran referente del cómic. Supo abrir nuevos horizontes expresivos y para ello se sirvió fundamentalmente del cine. Una de sus principales influencias fue el cine de Orson Welles, y, de hecho, Welles aparecía caricaturizado a modo de homenaje en una historia de The Spirit, en la que se le cambiaba el nombre por el de Awsome Bells. Es por todo lo anterior que la adaptación al cine del cómic de Eisner suponía, por concepto, una vuelta de tuerca en ese juego que quiere articular Miller al respecto de las especificidades de ambos lenguajes. Y aquí ha chocado con la crítica especializada. Porque una cosa es que las adaptaciones se hagan sobre tebeos de superhéroes, y otra muy distinta es que alguien decida tocar una de las obras más reverenciadas de la historia del tebeo. Los puristas se han escandalizado porque, ¡Dios mío!, no parece una película de Eisner. Es decir, no parece una película de Orson Welles de los años 40. Yo creo sinceramente que cuando se hacen estas críticas, uno no se detiene a mirar que el calendario ya marca 2009. Es decir, que el calendario marca que el cómic de Eisner, por muy moderno que sea, se dibujó hace 60 años, y que en este tiempo han cambiado muchísimas cosas, desde las técnicas de producción cinematográfica hasta los hábitos de consumo de los espectadores. Adaptar no significa copiar. Según algunos amigos expertos, el cómic de Eisner está muy bien, pero desde mi óptica, el proceso de diálogo que supone cualquier ejercicio de adaptación comporta una conversación entre dos partes, en la que la parte que está situada en 2009 tiene mucho que decir. Adaptar The Spirit siguiendo al pie de la letra el estilo de Eisner habría sido tan absurdo como hacer un remake de Casablanca con un actor igual a Bogart y de nuevo en blanco y negro.
Es, por ello, encomiable el esfuerzo de Miller. Sin embargo, la película resulta absurda, aburrida en exceso, fallida, incompleta y disparatada. Porque se trata de una propuesta primigenia que aún habría de cuajar para acabar de entender el proyecto que Miller quiere edificar como cineasta. Tampoco hay que concluir que el futuro del cine tenga que pasar por Miller, pero me resisto a denigrar del todo un producto que presenta de una manera intencionada las limitaciones que todo el mundo le ha achacado. Miller no ha adaptado, en el sentido más tradicional y retrógrado del término, una obra de Will Eisner. Al contrario: ha cogido unos personajes de Eisner, ha prescindido de otros (esto ni lo tuve en cuenta al ver al peli, básicamente, por absoluto desconocimiento, no aparece Ebony.), ha retocado a algunos (se le ve la cara a Octopus… ¡y es negro!) y, para remate, la imperdonable jugarreta de colarnos con calzador a la inefable Paz Vega. Con este proceso, ha creado su propio Spirit, en una película que profundiza en las formas apuntadas en Sin City, y a la espera de los nuevos derroteros que ha de tomar su cine en el futuro. El resultado es, es esta ocasión, y por decirlo de un modo suave, discutible, pero más discutibles son los resultados de Lars von Trier y a todo el mundo le parece estupendo. Y la verdad, puestos a elegir, Miller, al lado del danés, resulta la mar de elegante. Por lo menos no disimula sus experimentos bajo una tela de fisnas intelestualisdas.

The Spirit (1ª parte)

Ahíta ya de tanta panzada navideña y consciente del frío siberiano que rige la calle, me he aventurado a acercarme al cine y elegir algún que otro título que me quitase el abotargamiento villancilero. Héteme pues ahí, frente a la cartelera de un cine cualesquiera de Madrid, tratando de desentrañar un producto medianamente aceptable para poder entrar en la sala y abandonarme durante unas horas. La elección no fue complicada porque lo que buscaba era distraerme, nada profundo o kantiano, sólo cine de entretenimiento en estado puro,…así que pedí dos entradas para “The Spirit”. Risueña y, por qué no decirlo, orgullosa de la elección, porque a mí el cómic es un género que me entretiene, me introduje en la sala y, ahí, es dónde comienza la pesadilla. No podía dejar de pensar, mientras iban apareciendo los títulos iniciales en la película, que Hollywood está inmersa en una desesperada huida hacia adelante desde hace ya varios años; en esta carrera, los cómics se están convirtiendo en un flotador con forma de Pato Donald, ayuda a mantenerse a flote un cierto tiempo, pero a la larga, será inútil, porque el naufragio está más que asegurado. Desde la llegada a la sociedad de toda esa caterva de asesinos matarrazas y ladrones robacaramelos llamados “cibernautas”, la industria del cine vive sumida en una continua angustia porque sabe que le quedan cuatro telediarios a un modelo de negocio tradicional que se resiste torpemente a remodelarse para atender a las nuevas demandas. Los del cine les echan un vistazo a los de la música y, claro, se les caen los pelos del sombrajo. Además, por si acaso alguien no se ha percatado aún, una buena parte de los talentos cinematográficos (guionistas y directores de renombre) se han venido retirando a territorios más apacibles como las series de televisión o los videojuegos y, los que se han quedado, se dedican a la producción sin ton ni son de productos de consumo rápido y olvido aún más veloz. En esta situación, la adaptación de cómics se ha constituido como un valor seguro, ya que la gente no lee libros, pero sí sigue leyendo tebeos, y los targets de consumo de la industria del denominado, de forma tan cursi como innecesaria, “noveno arte” van creciendo. Conclusión: miel sobre hojuelas.
Hasta aquí todo correcto. En los últimos años, Hollywood se ha dedicado a hacer películas sobre superhéroes y todos quedaban contentos. Los del cine, porque se forraban. Los de las editoriales, porque también se forraban. Y los espectadores, fascinados por ver vivitos y en movimiento a todos los héroes que les habían acompañado en ese duro tránsito llamado adolescencia. Todo era inofensivo, virginal, inocente cual susurro de enamorado al lóbulo de la oreja de la persona a la que coges de la mano en el parque cuando te enamoras. Todo era un sueño hasta que llegó Frank Miller. Para quien no lo conozca (que de todo hay en la viña del Señor,…), Miller fue una especie de enfant terrible del cómic mainstream en los 80 al revitalizar series como Daredevil y Batman. Su labor como dibujante y, sobre todo, como narrador suponen un punto de inflexión en la historia del tebeo de superhéroes y, de un modo paralelo a su coetáneo Alan Moore, haciendo renacer de sus cenizas una forma de expresión que salía muy tocada de la persecución censora que empezó a sufrir el cómic en los años 50. En esto, el cómic siguió un proceso similar al cine.
Miller fue aclamado de inmediato como una figura ineludible a la hora de entender la modernidad en el cómic. Sus obras mostraban una osadía sólo asumible por su dominio del medio. El público compraba sus tebeos, y los críticos le adoraban. Pero llegó un día en que Miller decidió que necesitaba expresarse en el cine, que centrarse sólo en el cómic se le quedaba pequeño, y ahí ya empezó una cierta desafección con los críticos expertosos que ha degenerado en un divorcio total con su última película, The Spirit, puesta a caer de un burro por muchos críticos, y aquí llega lo llamativo, antes incluso de que se entrenase.
¿Por qué ha pasado esto? Hay que entender, para empezar, que el paso por el cine de Miller es una opción muy personal. El carácter de las películas en las que ha participado muestran una primacía de lo visual sobre lo narrativo que llama la atención en un cineasta proveniente del mundo del cómic. Máxime en alguien que en el cómic era respetado, sobre todo, por su trabajo como escritor. En el fondo, todo suena a que Miller concibe el cómic como un medio narrativo, por oposición al cine, del que se queda con su componente visual. Si en su producción de tebeos destacaba su fuerza narrativa, en una película como The Spirit la narración le importa bien poco, y busca únicamente un espectáculo visual. En esta cinta, los personajes resultan ridículos, apenas existe un ritmo narrativo y, como prueba de ello, la voz en off sólo aparece al principio y al final, sin preocuparse en vehicularla como un elemento homogéneo en el relato. Lo único que le interesa es que ni un solo plano deje de ser un auténtico espectáculo estético. Si para ello tiene que sacrificar el resto de aspectos, tampoco pasa nada. Y eso es algo que asume Miller de forma deliberada, incluso da la sensación de que llegando a una especie de parodia intencionada: ahí está el delirante momento en que el personaje de Octopus aparece vestido de Hitler bajo el estandarte que rememora la película El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, el ejemplo por antonomasia de la autonomía absoluta de la estética en el cine. En ese momento, ver a Octopus con uniforme nazi, constatamos que a Miller sólo le interesa la sorpresa en el espectador, puesto que esa secuencia representa el momento culminante de la ruptura de la película con cualquier tentación narrativa convencional.

miércoles, diciembre 17, 2008

Independence Day


La película que nos ocupa hoy, además de haberla echado por enésima vez, esta pasada semana, la televisión privada, fue una de las de mayor éxito de público en la historia del cine, algo lógico viendo la unanimidad de la crítica en ponerle un Cero Patatero.
Independence Day es una película entretenida, emocionante, espectacular y con un desenlace más original de lo que pudiera suponerse. Pero eso no es todo: llegados a este punto, creo firmemente que ha llegado la hora de que alguien reivindique esta superproducción como película verdaderamente intelectual, incluso visionaria.
Ya se que siempre estoy con lo mismo, pero cada vez que he defendido a ultranza esta cinta mis amigos se han reído de mí en mi propia cara…y ustedes dirán: -pasa de tus amigos de una vez y búscate otros- y debería, pero es que, de vez en cuando, ¡me ponen los pies en la tierra!
Por ellos, intentaré refutar, una por una, todas las injustas descalificaciones que ha recibido para que vean (si no lo han hecho ya) que estamos ante un gran clásico:
“Es la típica superproducción yanqui, el héroe incomprendido salvando al mundo”: En primer lugar, los protagonistas son gente normal, gentes comunes como usted y como yo, no musculosas en plan Schwarzenegger. En segundo lugar, ¿qué tiene de malo que sea la típica superproducción yanqui? Eso, más bien, es garantía de calidad, ¿no?
“Es una película reaccionaria”: habría que ver porqué eso es malo, pero, en cualquier caso, no es cierto: Los protagonistas de Independence Day son una amalgama de razas, culturas y religiones que se unen para salvar al mundo de manera altruista, renunciando a sus intereses egoístas (además, el único “malo” humano de la película es un auténtico WASP).
“Los americanos idean un plan para salvar el mundo y todos los demás los siguen como borregos”: ¿Pero usted en qué mundo vive? ¿No ha visto Kosovo, Bosnia, la Guerra del Golfo, Irán…? ¡A ver si tenemos claro quién manda aquí! ¿Alguien se creería una película en la que el presidente Aznar idea un plan para salvar el mundo? ¡Por favor! Los americanos siempre innovan, son los primeros en todo; que también lo sean en la película es totalmente normal, esto casi es cine documental.
“El presidente de Estados Unidos combate a los alienígenas con un caza… Ridículo”. Se ve que quién hizo esta aseveración no tuvo la precaución de seguir las noticias del caso Lewinsky; los presidentes de Estados Unidos siempre pueden sorprendernos. Por otro lado, imagínense que a McCain le hubiera dado por ganar las elecciones presidenciales, nos podríamos haber ido preparando para ver películas en que el presidente salva el mundo a bordo de una fragata o un barco pesquero.
“La historia es ridícula, el guión es patético”. Sin duda, compañeros, ustedes prefieren Nouvelle Vague, una escena de un tío mirando al horizonte durante 40 minutos, porque “expresa mucho más”. La verdad es que el guión es bastante sólido, con alusiones culturales de gran calado y un final sorpresivo y emocionante (¿Quién podía pensar que la Nueva Economía, en forma de virus informático, iba a acabar con los extraterrestres?).

Simplemente ¡fantástica!

martes, noviembre 11, 2008

Munich

Nunca antes el mundo occidental estuvo tan reconciliado con su pasado. Un día vuelve la movida, al día siguiente el cabaret alemán. La moda retro salpica también al arte. Los escritores contextualizan, los poetas homenajean, los músicos versionean, los pintores reinterpretan. También los cineastas miran hacia atrás. Y nos llegan “remakes” y variaciones de series televisivas muy famosas.
Nadie se mantiene al margen de esta tendencia. Ni el mismísimo Spielberg. Antes de Spielberg siempre hay que decir Mismísimo, porque está un peldaño más allá. Mismísimo equivale a anteceder “la” al nombre de una folclórica, por ejemplo, La Piquer. El Mismísimo Spielberg.
El Mismísimo Spielberg fue capaz de coger las películas gore de la productora Troma y convertirlas en una epopeya como Salvar al Soldado Ryan. La sangre de broma y las vísceras se convertían en una… epopeya, ya lo he dicho hace un momentín. No es cuestión de insistir. A Spielberg ningún género se le resiste, de las aventuras a la ciencia-ficción pasando por las películas familiares. Poca cosa le quedaba por hacer, y el Mismísimo ha hecho una de ellas: la adaptación de una serie.
Para ello, sagaz como sólo el Mismísimo puede serlo, ha tomado como excusa la matanza de Septiembre Negro en las Olimpiadas de Munich y la posterior reacción de los servicios secretos israelíes ante la masacre. Si creó una epopeya partiendo de la Troma, ¿qué no hará con esta base? ¡¡¡Agárrense los machos!!!: un drama de ecos shakesperianos para conseguir modernizar, al gusto de hoy, los incomparables episodios del equipo A.
El Equipo A, se emitió en la década de los ochenta. Un grupo de mercenarios bondadosos era contratado por una damisela para desfacer entuertos. Cada personaje era un arquetipo, un arquetipo de esa serie, porque fuera no te ves a nadie así, fuera de la cárcel o un sanatorio mental. Lo podemos llamar Arquetipo-A. El argumento era el mismo. Una vez contratados se enfrentaban al malo, al que le daban un cachete. El malo, soliviantado, contraatacaba haciendo de las suyas. Esto hacía enfadar al Equipo-A, cuyo cabeza, Aníbal, interpretado por George Peppard, ideaba un plan. El plan siempre era el mismo. Ir tieso después de crear un tanque en el garaje y repartir lo que en el argot boxístico se conoce como somanta hostias. El listo, el fuerte, el loco y el guapo, pues estos eran los arquetipos, vivían entonces una batalla llena de peripecias, tiros, asaltos y piruetas donde nadie moría. Explotaban coches en mil pedazos, ardían sus depósitos, se despedazaban arsenales escondidos en cobertizos, pero nadie moría. Muchos erróneamente la califican por ello de serie infantil. Pero en plena época Reagan, con la guerra fría, la guerra de las galaxias, el invierno nuclear y el veranillo del membrillo, la ingenuidad brillaba por su ausencia. El Equipo-A transmitía al bloque soviético un mensaje de amenaza, como el que le hace a un enemigo el gesto de cortarse el cuello con el pulgar.
El Mismísimo ha cogido esto y claro, al tratarse de un genio, lo ha elevado. Donde había una amenaza velada encontramos ahora el símbolo del caos que nos rodea en el siglo XXI, la confusión, el terrorismo, la guerra santa. Pero sobre todo el caos.
Como homenaje a Spielberg, esta crítica será caótica a partir de ahora y tendrá su spoiled nosequé, que en el argot de los críticos quiere decir que voy a destripar su argumento. También hay, como los lectores más inteligentes habrán percibido, un homenaje al cine clásico. Esta peli hace un siglo que se estrenó, de hecho en 2004 estuve de vacaciones en Budapest y yo misma presencié unas cuántas escenas en rodaje de la susodicha, aunque verla, verla, lo que se dice verla, pues…ha sido hace unos pocos meses en “dividí”. No hay dejadez en ello, bueno,…un poco sí,…aunque más que dejadez me atrevería a decir, pereza, pero sí hay un canto al pasado, cuando las películas permanecían en cartel durante meses para que las pudiera ver el pueblo. Por eso, y por el respeto que me merece el pueblo, siendo una servidora parte también de él, “manqueme”pese.
El talento de Spielberg estructura la película en coches explotados, esto es, circunstancias caóticas y brutales que no producen muertos. Aquí, en vez de esos no-muertos lo que nos encontramos es una no-coherencia. O sea, hay una alegoría de coches explotados en pasajes de la película en la que no es que haya coches explotados, sino una imagen de aquellos. ¿Que qué carámbanos quiero decir con eso? Ni puta idea, estoy tan perdida como ustedes, como el pueblo. Hay mucho caos aquí, pero hay que mirarlo de frente, aunque asuste. Si en el Equipo-A reventaba un coche, en Munich revienta un conjunto de escenas. Si en el Equipo-A salían de las ventanillas los supervivientes, aquí sale de las ventanillas, simbólicas por supuesto, la lógica. Y así, el Mismísimo consigue plasmar el sin dios, el gran sin dios hodierno, la crisis interior del Ser Humano y la Inmarsecibilitud en general. Pero primero procedo a presentar al nuevo Equipo-A(niquilador) que surge en los servicios secretos israelíes y al que encomiendan la misión de matar a una serie de terroristas palestinos. Esta vez son cinco:
a) El que hace de Aníbal.- Eric Bana. Un líder nato que sufre mucho. ¿Por qué el tipo sufre tanto? Todo les sale perfecto, matan a malnacidos, no se cargan a ningún niño ni inocente. Y además el trabajo parece más divertido que estar en la oficina. Cuando hay asesinato se pega unas carreras por la calle y hace unos aspavientos y pega unos alaridos que si estuviese allí el profesor de espionaje lo revienta de una patada en los cojones. Pero el caos no tiene escroto.
b) El que hace de M.A. Barracus.- Aquí no es fuerte, sino un canijo barbudo, pero tiene la misma habilidad para hacer bombas que M.A. para hacer tanques con un poco de bricolaje. Si nos ponemos tiquismiquis no sabe hacer bombas, pero es que ahí está de nuevo la teoría del caos. Su primera bomba por poco ni le hace un rasguño a la víctima. En la segunda casi se carga a su jefe y vuela un edificio. Otra se le encasquilla. Es el clásico experto en bombas. Además fabrica por afición una especie de cachivaches de juguete muy amenos, con cualquier cosilla. Aquí estamos, claramente, ante un homenaje a McGyver, otra serie ochentera.
c) Murdock “el loco”.- Es un tipo que nos sabemos lo que pinta. Caos puro. En un momento determinado enloquece y entra con una granada a cargarse a un tío, después se lleva al recepcionista del hotel donde estaba la víctima -¿por qué?- y lo sueltan tras darle dinero. ¿Por qué? Amigos míos, el caos no entiende de porqués.
d) Templeton.- Es el nuevo James Bond rubito, un tipo duro que cuando van al Líbano a cepillarse a nosequién va caóticamente desarmado y, al margen, está en todos sitios vestido de modelo maricón con pintas, lo ideal en un agente del Mossad para no llamar la atención. Pero el caos es como un camaleón si se interioriza lo suficiente.
e) El que hace de Spielberg.- El alter ego del director aporta sensatez, sosiego, la voz de la experiencia. Se dedica a limpiar la escena de los crímenes, y sólo lo hace una vez (cuando tirotean al cuenta cuentos palestino). Entra y recoge los casquillos después de que lo matasen sin silenciador, a riesgo de que por allí ande un guardia urbano o Spiderman. Después ya no limpia nada más. El caos no tiene por qué pasar el plumero.
Y ahora unos cuantos coches explotados simbólicos, presentados de manera arbitraria, que cumplen la función de eje del caos:
Coche por los aires 1: El Equipo-A(niquilador). Se ha resumido sus características caóticas, las propias de un comando especializado en eliminar terroristas letales.
Coche por los aires 2: Sorprende y pasma que Spielberg filmara una escena de sexo con una embarazada, pero alma de cántaro, quítale el camisón a la chica ya que rodabas por fin bebido, caótico y cachondete ese día.
Coche por los aires 3: Los franceses que buscan personas. Encuentran a quien sea en dos minutos y medio. Llega la asesina holandesa a sueldo y, apenas ha matado, ya tienen su dirección. A todo esto no trabajan con gobiernos, pero a pesar de lo del Líbano siguen trabajando para el sufrido protagonista. Y no sólo eso. El sufrido protagonista -después de dejar claro que trabaja para Israel- va a casa del jefe de la “empresa”, que le dice “llámame Papi” Le contesta “no puedo, ya tengo padre”. 22 segundos después los une un vínculo paterno-filial de la virgen santísima, con desprecio al hijo verdadero incluido, que llevaba toda la razón. Pero, ¿qué hace la razón contra el caos? Nada, he de responder entre risas conmiserativas.
Coche por los aires 4: El “limpiador”, a pesar de las advertencias del sufrido protagonista, se acuesta con la puta-asesina. Erección y caos caminan juntos.
Coche por los aires 5: Cada miembro del Equipo-A(niquilador) tiene una especialidad. Pero además en cada fregado van los cinco pegando tiros a pesar de la edad de algunos de ellos y la falta de forma física de todos salvo del sufridor y James Bond. El caos trae músculos de serie.
Coche por los aires 6: Una vez la puta-asesina mata al limpiador, no ponen apenas precauciones cuando saben que van a por ellos. No sólo eso. Cuando van a por la holandesa, el que hace bombas dice que no puede más y se va. Y no hay plan para ponerse a salvo de los posibles perseguidores, simplemente, y sabiendo todos que hay quien está interesado en quitarles del medio…se va a casita. Allí emprende un soliloquio con su confusión interna.
Coche por los aires 7: Cuando se saben carne de cañón no hacen nada para protegerse de forma especial. Van cayendo uno a uno y como si no pasase nada. Todo tratan de resolverlo con llamadas a Papi e Hijo, Sociedad Limitada. Ellos saben, y así lo manifiestan, que resulta estúpido ponerle puertas al campo del caos.
Coche por los aires 8: Localizan en Tarifa al palestino más peligroso. Como el Equipo-A(niquilador) se caracteriza por el carácter despierto de sus componentes, ya sólo quedan dos, Dumb y Dumber, que los demás han sido pasados a pistola, cuchillo y bomba. Llegan a Tarifa, se acercan armados y vestidos de camuflaje primavera-verano al chalé del enemigo público de la humanidad nº 1 y… nada, llegan, saltan la tapia tan campantes y p’adentro, lo típico. El chalé está lleno de palestinos que se suponen peligrosos, pero fuera no hay centinelas, tan sólo un jovencito que se acababa de afeitar el bocio y al que matan cuando los descubre, generando todavía más desasosiego en el protagonista.
Coche por los aires 9: En un momento determinado, Dumb Bana charla con un palestino porque coinciden en un piso franco que les proporciona en Grecia Papi e Hijo, Sociedad Limitada con otros terroristas palestinos a los que les habían dado el mismo piso, el piso franco del caos. Al principio se apuntan con sus armas y a punto están de darse un disgusto. Pero el equipo-A(niquilador) están al quite y uno se identifica como etarra, el otro como miembro de las Brigadas Rojas, etc..., al margen de su aspecto físico y acento en inglés (y hay que suponer además que un vasco, y por tanto más español que nadie, sabe inglés). Y al final duermen todos allí compartiendo la habitación de la madre de todos los caos como estudiantes universitarios. Pues en ese momento de la película, decíamos que Dumb habla con un palestino. El palestino le suelta una cantinela fanática. Sin embargo, el sufridor, en mitad del caos, aprende algo inasible, porque queda como impactado y un poquito hermanado con el muchacho, al que luego matará, pero con los ojos vidriosos y temblando, como un dibujo animado japonés. El caos, como la procesión, se lleva por dentro.
Coche por los aires 10: Cuando van a matar a la asesina holandesa, se dirigen a su barco-casa en bicicleta, fundiéndose con el paisaje. Allí trucan unas bombas de inflar las ruedas para convertirlas en armas letales con una bala dentro al golpear un extremo. Y de esa guisa entran en el barco-casa de la asesina-puta con sus bombas-pistola para eliminarla, montando además las bombas-pistola mientras entran, desafiando al caos y a la posibilidad de que la asesina, por las características de su profesión, tenga un revólver a mano. Pero el caos exige que los héroes no utilicen armas, tan sólo bombas-pistola de Ikea a medio montar, con una bala cada una, y son tres entonces los que quedan -Dumb, Dumber y Milikito-; más que suficiente en un mundo lleno de desorden físico y metafísico.
Coche por los aires 11: Atormentado hasta el límite del sin dios interno, el protagonista le hace el amor a su esposa. Ya sin embarazo, sigue sin quitarse el camisón. El ayuntamiento resulta sumamente desagradable, por el estado de nervios de Dumb Bana. Sin embargo, la esposa le mira arrobada tras reventarle la matriz y suelta un “te quiero” en lugar de haber parado para que su chico fuese a tranquilizarse mediante la ingestión de un goyur de pero cogido de la nevera. El caos puede invertir la realidad….y generarla de forma espontánea porque acompasando a los envites de Dumb, éste es capaz de ver en flashback imágenes de cómo sucedieron las cosas, tal cuál que las hubiera presenciado mismamente… ¡con dos cojones!
Coche por los aires 12: El Equipo-A(niquilador) se desplaza por multitud de países como el caos por su casa, sin necesidad de intérprete ni del caos que los parió.
Coche por los aires 13: En la última media hora casi no pasa nada. Son los puntos suspensivos del caos o la calma que siempre precede a otro sin dios.
Y entonces la película termina y pone directed by Steven Spielberg y el espectador se llena de preguntas.

lunes, octubre 20, 2008

La vida de los otros

Estoy que lo tiro...

Esta simpática película supone el intento más serio, desde el estreno de Top Secret a principios de la década de los ochenta, por reflejar de manera fidedigna la vida en Alemania Oriental, y en particular la presencia continua de la policía secreta (la Stasi) y su afán por fiscalizar la vida privada y opiniones de sus conciudadanos como sólo un alemán sabría hacerlo. Es, en resumen, una película sobre “comunistas nazis”, lo mejor de lo mejor en malos cinematográficos; pero es, también, una película intimista, insólita, revolucionaria, como diciéndonos “es que los comunistas nazis no estaban tan mal, hombre”. Y su sociedad, preciso es reconocerlo, tampoco.
Los personajes que aparecen en el film pertenecen, cierto es, a las elites administrativas de la RDA (las fuerzas coercitivas del Estado), o bien a algo mucho peor: a los intelectuales de la “cultureta” de Alemania Oriental (¡e imagínense la de subvenciones a fondo perdido que tendría el arte en un Estado socialcomunista!). Pero la verdad es que los comunistas, en realidad, vivían de puta madre. Todos pertenecían al sector público, lo cual significaba seguridad laboral y un trabajo muy poco exigente. Y todos tenían unas soluciones habitacionales cojonudas, en ocasiones con más de 50 metros cuadrados. Y aunque la película, por aquello de impedir minucias como la libertad de pensamiento y opinión a sus ciudadanos, tienda a ser crítica con la composición y fundamentos de la RDA, la verdad es que el asunto impresiona: ¡trabajo y vivienda para todos y aún sobraba dinero para montar una policía secreta que ríase Usted de la masonería y para hormonar atletas que luego arrasaban en las Olimpiadas! De hecho, los desafectos al régimen lo son porque quieren seguir siendo subvencionados mientras se dedican a criticar a la RDA en el extranjero, y claro, o una cosa o la otra, así que acaban represaliándolos (que tampoco consistía, el represaliarlos, en darles un “paseo” en plan español, simplemente dejaban de subvencionarlos y ya está; que no es poco, justo es reconocerlo, en un modelo social en el que todo dependía del Estado).
La película nos cuenta la historia de un dramaturgo afecto al régimen que ve, sin embargo, como su entorno va llenándose de represaliados de la calaña anteriormente mencionada (democrataizantes, críticos, insatisfechos, pequeño-burgueses, en resumen: ambiguos). Al mismo tiempo, dicho dramaturgo pasa a ser investigado por la Stasi, con el pretexto de garantizar su compromiso con la causa, pero con el propósito real, mucho más mundano, de que el ministro pueda tirarse a la novia del dramaturgo, que es, según el ministro, “la más bella perla de Alemania Oriental”. Una chica, a decir verdad, tirando a normalita, pero que, claro, en un contexto lleno de mujeres hormonadas con barba que se hacían los 110 metros vallas en 14 segundos, debía estar para mojar pan.
Uno de los amigos represaliados del dramaturgo se suicida, con lo que el chaval comienza a tomar conciencia. Como además, y más o menos al mismo tiempo, su musa (“la más bella perla de Alemania Oriental”) le pone los cuernos con el ministro, el hombre, definitivamente, ve la luz de la situación de inveterada injusticia en la que viven sus congéneres y se pasa, ideológicamente hablando, a Occidente.
Todo el proceso es seguido por un espía de la Stasi, encargado de registrar las actividades del dramaturgo y su mujer (actriz de teatro con las ínfulas que se le suponen), firme creyente en el comunismo y que, precisamente por eso (por comprobar cómo se utiliza el comunismo como pretexto para medrar, deshacerse de los enemigos políticos en la cúpula del Partido o que dichos enemigos puedan, por fin, mojar), acaba ayudando al dramaturgo y propiciando que éste no sea finalmente encausado por la Stasi. Y eso que a la musa, “la más bella perla de Alemania Oriental”, a la que la Stasi le había pillado atiborrándose de unas pastillas de sospechoso origen (¡incluso la Perla se hincha a anabolizantes!), le había faltado tiempo para convertirse en confidente y denunciar a su amado. Y todo -justificación moralizante- porque la susodicha se jugaba, en caso contrario, tener que abandonar su carrera de actriz (carrera, dicho sea de paso, dependiente de las obras estrenadas por el dramaturgo al que había denunciado).
La película es –relativamente- dogmática, en especial cuando hace referencia a lo malos y amorales que eran los cargos del Partido; pero probablemente refleje bien el ambiente asfixiante de una sociedad regida por un sistema totalitario (y con décadas de experiencia en la materia, además). Y, desde luego, para todos los amantes del acontecer histórico –en especial un engendro tan fascinante como la RDA y su Muro- resultará interesante.
Además de una gran película, La vida de los otros, del director alemán Florian Henckel, es una fuente de reflexiones; no sólo de carácter cinematográfico, sino también social y cultural en sentido amplio.
La primera reflexión que la película sugiere viene dada por su contenido. Afecta a lo que en ella se nos cuenta y nos empuja hacia otras consideraciones. Por ejemplo: ¿por qué en algunos países la sociedad se interesa por su pasado reciente mientras que en otros, como en España, éste sigue siendo tabú, cuando no materia de confrontación directa? O bien: ¿por qué en países como Alemania, con una historia tan cruel o más que la nuestra, los ciudadanos pueden acceder a los archivos policiales del Estado mientras que en España siguen siendo territorio prohibido todavía? ¿Alguien puede imaginarse a cualquiera de nosotros solicitando en comisaría su expediente policial de la época anterior, no ahora, que queda lejos, sino en los primeros años de la democracia?
La segunda reflexión es más extensa y alude a los intereses de la sociedad española de este momento; intereses que se comprueban en las conversaciones privadas de las personas, pero también en la literatura y en el cine que aquí se llevan. Ambas comprobaciones nos llevan a la conclusión de que vivimos en un país sin pasado, pero también sin presente y sin futuro. O, mejor, con un pasado borrado por un presente sanchopancista que sólo espera del futuro que el bienestar conseguido no se nos vaya de las manos. De ahí las conversaciones que uno escucha en los establecimientos públicos, la mayoría de las cuales versan sobre las pequeñas cuitas de una gente acomodada e insolidaria, además del fútbol, de los programas de televisión de moda y de los regímenes de adelgazamiento. Cierto que hay gente que habla de otras cuestiones y que las conversaciones no han de versar necesariamente sobre los grandes temas que afectan a la humanidad desde que está en el mundo para indicar que éstos preocupan realmente, pero cualquiera que ponga la oreja por las calles españolas se sorprenderá del nivel de las conversaciones habituales de la gente.
Ese nivel se refleja -o al revés: se retroalimenta- en la literatura y en el cine que se hacen, cuyos temas van a tono con los intereses mayoritarios de los espectadores. En lugar de ser al contrario: que la literatura y el cine contradigan éstos, obligando a sus destinatarios a un ejercicio de reflexión distinto del que hacen habitualmente. Algo que, por falta de costumbre, cada vez interesa menos, como cualquiera puede comprobar en las colas de los cines o en las librerías de paso (las de las estaciones y los aeropuertos, pero también las de las grandes superficies, que es donde se venden los libros), escuchando los comentarios de la gente. “Recomiéndeme una novela, pero que no sea de pensar”, o bien: “Yo ya sólo voy al cine a ver películas divertidas”, son las frases más comunes que uno oye en esos sitios.
Lo peor es que los escritores y los directores de cine, salvo excepciones, piensan igual que ellos. Un vistazo a lo que se publica o un repaso a nuestra cartelera bastarán para descubrir los temas que mayoritariamente ocupan a nuestros escritores y directores de cine, con las excepciones de rigor de siempre. Y no digamos a la televisión, un medio que parece dedicado a abotargar al espectador en lugar de a despertarlo de su sueño. En general, los temas de que se ocupan son los mismos de los que la gente habla, contribuyendo así a la superficialidad ambiente. Y aún peor: alimentando ésta con sus aportaciones, pues muchas veces pasan al imaginario público, que se nutre en gran medida de los temas que la televisión y el cine y, en menor grado -pues poca gente lee-, la literatura de moda les ofrece.
Seguramente en otros países el nivel no es muy diferente (me refiero a los de nuestra área geográfica), pero en España llama más la atención por cuanto hace sólo unos pocos años vivíamos en un mundo que nada tenía que ver con éste; un mundo más parecido al que La vida de los otros cuenta y del que aquí ya nadie se acuerda. Como en La repentina riqueza de los pobres de Kombach -otra película espléndida-, la sociedad española ha olvidado sus orígenes y parece que la abundancia que ahora disfruta le impide reconocerse en historias y sucesos que existieron realmente. Y que existen. Porque, mientras la mayoría de los españoles hacen regímenes de adelgazamiento y comentan el último programa de televisión de moda o el escándalo más candente de la actualidad social, otros siguen viviendo ajenos a aquélla, no sólo en otros países, sino en el nuestro, bien porque todavía no han podido desentrañar su propio pasado, lo que les hace vivir de una manera extraña el presente, bien porque éste no ha sido tan generoso con ellos como con la mayoría de sus compatriotas. Lo cual les convierte en elementos incómodos para éstos, salvo que callen lo que les pasa y se dediquen a divertirse y a ser felices igual que ellos.
Para finalizar, una tercera y última reflexión: el desprecio por la vida de los otros no se corresponde, en cambio, con el interés creciente que en nuestro país existe por las vidas de los otros, esto es, por los acontecimientos que afectan a las personas que, por la razón que sea (su condición de personajes públicos o su omnipresencia en la televisión, especialmente), son pasto del interés general de la sociedad, preocupada del más mínimo detalle de cuantos afectan a su privacidad. Cualquiera entiende que hablo de ese periodismo rosa (marrón habría que llamarlo) y de esa insana voracidad social que han convertido las revistas y las televisiones en auténticos estercoleros y que han hecho de la persecución del otro un ejercicio de impunidad, cinismo y ensañamiento que ya quisieran para sí los actores, reales o de ficción, del Estado que dio vida a La vida de los otros. Que fue Alemania del Este, pero que bien hubiera podido ser éste en el que vivimos si nuestros directores de cine se interesaran por esas cosas, aparte de por divertir al público.